Discernimiento político: el maniqueísmo (V)


Mons. Agus­tí Cor­tés             El maniqueísmo fue una doctrina que profesó la secta fundada por Manes en el siglo III de nuestra era. Venía a ser una mezcla de religiones orientales, gnosticismo y judeocristianismo. La Iglesia luchó contra ella, pues, junto a elementos que sonaban a cristianos (liturgia, iniciación, salvación, etc.) escondía numerosos errores, entre ellos la negación de la libertad y responsabilidad sobre la propia vida. San Agustín, en su búsqueda de la Verdad, fue maniqueo durante nueve años, hasta que comprobó sus muchas contradicciones y la degradación humana a la que conducía; después de convertido y en su calidad de obispo, fue incansable en sus esfuerzos por poner en evidencia los errores maniqueos. Lo más característico de esta doctrina es la división, clasificación y radical separación y lucha constante entre la Luz y la Tiniebla, el Bien y el Mal, lo puro y lo impuro, cada uno con su principio (divinidad), el menosprecio del cuerpo y de la materia, como emanación del mal, la promoción del grupo de elegidos organizados jerárquicamente, etc.

Que sepamos, hoy no existe esa secta. Pero éstas y otras doctrinas, en el fondo, obedecen a modos de pensar y actitudes ante la vida, que perviven a lo largo de la historia, porque están dentro de cada uno. La clasificación neta entre buenos y malos, la lucha contra los que se consideran malos, que siempre son “los otros”, la explicación de todos los males apelando a la responsabilidad de esos enemigos, pues de ellos no puede salir más que el mal… Son actitudes y mentalidades que impregnan la vida cotidiana, la convivencia entre particulares y entre grupos, entre ideologías y aficiones, entre amigos y enemigos.

No podía faltar el maniqueísmo, como actitud y mentalidad, en el mundo de la política. El adversario político es malo, absolutamente malo, y causante de todos los males sociales. Está por verse un elogio del adversario político, aunque sea pequeño (fuera de los casos en que el adversario fallezca y formalmente parezca correcto reconocerle algún mérito). Sería demasiada nobleza.

El maniqueísmo tiene éxito porque da sensación de claridad y seguridad. Lo difícil es pensar, poner un interrogante a lo que uno piensa y buscar respuestas, incluso más allá del propio grupo ideológico. El maniqueo tiene muy claro quién es malo y quién es bueno, qué es lo justo y qué es lo injusto. Para él el mundo está nítidamente clasificado y la bondad y la justicia están de su parte.

Ya sabemos que a los políticos se les recomienda transmitir claridad y seguridad: es lo que la gente necesita. Pero Jesús en el Evangelio nos enseñó que

– Vemos una brizna en el ojo ajeno, sin reparar que en el nuestro puede haber una viga.

– En el mundo, y en el propio corazón, conviven el trigo y la cizaña. Nuestra indignación y nuestro celo por cambiar el mundo seguramente se equivocará, confundiendo la hierba mala y la buena.

– Es mejor dejar el juicio en las manos de Dios Padre, que conoce nuestros corazones y sabe cuáles son los tiempos oportunos.

El discernimiento político no es fácil. No sólo requiere un mínimo de inteligencia, sino también virtud. Por ejemplo, la virtud de la longanimidad, esa que posee el que es inteligente y humilde, el que camina en la verdad con ojos claros y pondera las doctrinas y las políticas sin dejarse deslumbrar. La Verdad siempre es mayor.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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