Pablo VI y las mujeres

Ante 2500 obispos, en la segunda sesión del Concilio Vaticano II se escuchó: “¿Dónde está la otra mitad de la Iglesia?”. Era la voz del cardenal Suenens, que se hacía eco de la ausencia de la presencia femenina.

En el discurso de apertura de la siguiente sesión, el 14 de septiembre de 1964, Pablo VI saludó a las auditoras pensando que estaban allí, participando por primera vez en la historia de un concilio ecuménico (en realidad se incorporaron solamente una semana más tarde porque no habían sido aún convocadas formalmente por los responsables de la logística vaticana…).

Las madres del Concilio”, obviamente haciendo alusión a “los padres conciliares”, fue la denominación, entre cariñosa e irónica, que muy pronto recibieron en la prensa estas 23 mujeres (10 religiosas y 13 laicas, entre ellas una sola casada que asistió con su esposo). Quienes pensaron que la representación femenina sería solo simbólica, se equivocaron. No hubo restricciones para que las auditoras participaran en las congregaciones generales, cualquiera fuera el tema tratado, aunque sin voz ni voto. Su incidencia, según consta en los archivos, fue significativa en las comisiones principalmente para mejorar el famoso “Esquema XIII” que luego sería dado a conocer como Gaudium et Spes, Constitución sobre la Iglesia en el Mundo Moderno y el decreto sobre el Apostolado de los Laicos. El Espíritu Santo se valió de la pluma de estas mujeres para la redacción de algunos puntos de dichos documentos.

Múltiples insultos y calumnias debió padecer el Papa tales como: masón, filocomunista, conservador, etc. También se le tildó de misógino y, después de la aparición de Humanae Vitae, de homosexual. Sus actos y palabras, a los que se agrega la investigación realizada para el proceso de beatificación que puso al descubierto la raíz de estas últimas difamaciones, demuestran la falsedad de las acusaciones. Fue Pablo VI quien convocó a mujeres idóneas – escogidas por su desempeño como laicas en organismos internacionales de representación femenina, como activistas viudas de guerra y como religiosas dirigentes de máximo nivel – en contra de aquellos padres conciliares que sostenían la prohibición paulina respecto a la intervención de mujeres en las asambleas (1 Cor 14-34).

Se distinguieron varias “madres del Concilio” que después de su conclusión fueron convocadas por el Papa para diferentes encargos. Entre ellas había una española, Pilar Bellosillo, presidenta de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católica (UMOFC), elegida dos veces como portavoz del grupo de auditoras. A pesar del reconocimiento de sus aportaciones, no obtuvo el permiso para hablar durante las congregaciones generales. Sin embargo, si recordamos que por ese entonces ni la Banca o el Consejo de la Magistratura italianos, ni la Corte Suprema de los Estados Unidos contaban con presencia femenina, la incorporación de mujeres al Vaticano II efectuada por Pablo VI resultó una decisión audaz.

Pablo VI y el sacerdocio femenino

En el contexto internacional, la elección de Montini coincidió con la gestación de Mayo ’68. En la década de los 60 surgieron, entre otros, los movimientos antisistema, pacifistas y un nuevo feminismo socio-cultural: había que poner fin a la discriminación por sexo en todos los ámbitos y culturas, además de lograr la paridad de derechos de hombres y mujeres. Principalmente en el post-concilio, algunos teólogos y una élite de mujeres formadas postularon vigorosamente el sacerdocio femenino, junto a peticiones de hermanos cristianos separados.

La seriedad de dichas contribuciones le llevó al Papa años de análisis y discernimiento hasta que, en 1976, esclareció el tema en la Declaración sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, Inter insigniores. La Iglesia, en la línea del Concilio, se manifiesta contra toda discriminación que afecte a los derechos fundamentales de las personas – y por ende de las mujeres – por ser contraria al plan de Dios. Subraya, entre otras consideraciones, la necesaria participación femenina cada vez más activa en la vida de la Iglesia, siendo “noble y comprensible” que haya mujeres deseosas de ser ordenadas sacerdotes, y el problema ecuménico suscitado por la admisión de pastoras en comunidades cristianas de la Reforma (Pablo VI, con sentida preocupación por el diálogo ecuménico, el año anterior había mantenido correspondencia epistolar fraterna con el Arzobispo de Canterbury sobre las ordenaciones de mujeres dentro de comunidades anglicanas).

La Declaración especifica una serie de razones, tales como el comportamiento de Jesús, quien en varias ocasiones contradijo las costumbres y leyes judaicas que discriminaban al sexo femenino y sin embargo no por ello confirió el sacramento del orden sagrado a mujeres, y el hecho de que el sacerdocio en sí no forma parte de los derechos de la persona y por ende no puede ser incluido en la reclamación de paridad de derechos; concluye diciendo que “la Iglesia, por fidelidad al ejemplo de su Señor, no se considera autorizada a admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal”. Nada ha cambiado desde entonces.

Otras palabras y acciones de Pablo VI con relación a las mujeres

Veamos sólo grandes hitos. Entre los mensajes que acompañan la clausura de Vaticano II (1965), el Papa escribe uno a las mujeres, confiriéndoles la responsabilidad de hacer penetrar el espíritu del Concilio “en todas las instituciones” y en “la vida de cada día”, y a las cristianas y no creyentes les confía el salvar la paz del mundo. Promulga una encíclica mariana, Marialis cultus (1974), en la que advierte que cierta literatura vocacional no encuadra la imagen de la Virgen con el Evangelio y con las condiciones de la vida contemporáneas; en cambio, presenta a María como modelo para las mujeres que se desempeñan en los ámbitos familiar, político, social, cultural y científico. Por primera vez en la historia proclama a mujeres doctoras de la Iglesia: Santa Teresa de Ávila y Santa Catalina de Siena (1970), hecho por el cual son reconocidos sus aportes originales al magisterio de la Iglesia, en virtud de su capacidad y ciencia teológica.

Además, Pablo VI constituye una Comisión para el estudio sobre la mujer en la sociedad y en la Iglesia, compuesta por varias de las mujeres destacadas durante el Vaticano II y miembros de la Curia romana. Esta Comisión, según el discurso inaugural del Papa (1973) debía “recopilar, verificar, interpretar, revisar, desarrollar ideas sobre la función de las mujeres en la comunidad moderna”. A pesar de las disputas internas, produjo dos informes: uno con propuestas concretas al Sínodo de los Obispos (1974), y otro final, que en su sexta sesión (1976) fue evaluado por el Papa como un “rico dossier” para la Iglesia universal y las iglesias locales, a las que recomendó revisar y promover el aporte activo de las mujeres a nivel diocesano. Parte de la Comisión se involucró incluso en la discusión sobre el sacerdocio femenino y en el Año Internacional de la Mujer.

Pablo VI se sintió también interpelado por el Año Internacional de la Mujer de Naciones Unidas (1975), por lo cual constituyó un Comité a fin de preparar una contribución y participar en forma proactiva al evento, a la vez que envió una elogiosa carta a la Secretaria General de dicha Conferencia Mundial, manifestando la necesidad de hacer justicia a la mujer, relegada por el hombre a una situación de inferioridad. A este Comité le dedicó dos discursos poniendo en evidencia que la promoción de la mujer en la sociedad y en la Iglesia constituía “un signo de los tiempos”.

Conclusiones personales

Subrayo la dedicación de este Papa, en cantidad y calidad, a las mujeres. Un dato: 10 son los escritos oficiales (discursos, cartas, etc.) que durante su pontificado Pablo VI dirigió específicamente a los laicos; de ellos, 8 fueron focalizados en la temática de las mujeres, o sea, el 80%.

Lo que me llama la atención en su magisterio referido a la mujer es, por un lado, el cambio de paradigma: ya no es más “la culpable” del pecado de Adán sino “la reconciliadora” llamada a realizar la unión y la paz entre los hombres, y, por otro, que la considere “corresponsable” junto con el varón, no sólo de la familia y la educación de los hijos, sino de la lucha contra el analfabetismo, las nuevas esclavitudes modernas, etc., para contribuir al desarrollo integral de la humanidad. Respecto a la relación hombre-mujer, las expresiones claves que utilizará son: igualdad innata, complementariedad efectiva e integración armoniosa.

Así mismo, se destaca su coherencia: hechos y dichos van de la mano.  Si tomamos en consideración el contexto histórico, Pablo VI estuvo a la vanguardia en la cuestión femenina y abrió caminos que aún hoy hemos de transitar, dentro y fuera de la Iglesia.

María Lía Zervino
Servidora

(Fundación Pablo VI)

Agencia SIC
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