Crónica de un día histórico: El padre Arnáiz ya es beato

La meteorología concedió una tregua y más de 8.500 personas han podido asistir el sábado 20 de octubre a la beatificación del Padre Arnaiz celebrada en la catedral de Málaga y sus alrededores

El apóstol del Sagrado Corazón de Jesús en Málaga, el Padre Arnaiz ya es beato. Un gran lienzo con la imagen del jesuita nacido en Valladolid en 1865 fue descubierto en los primeros minutos de la celebración eucarística llevada a cabo esta mañana en la Catedral de Málaga, tras la lectura por el cardenal Giovanni Angelo Becciu, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, de la Carta Apostólica en la que el papa Francisco concede que «pueda ser llamado beato y se pueda celebrar su fiesta en los lugares y, según las normas establecidas por el derecho, el día 18 de julio de cada año, día de su nacimiento para el cielo».

El lienzo, obra del pintor malagueño Raúl Berzosa, engalanó el primer templo malagueño abarrotado de fieles (más de 2.000), mientras que alrededor de 6.500 siguieron la celebración a través de pantallas gigantes instaladas en los alrededores de la Catedral.

Aunque la lluvia se hizo presente con fuerza en los momentos previos al inicio de la celebración, durante la misma, el cielo concedió una tregua permitiendo que los fieles instalados en el exterior pudieran seguir la celebración sin mayor incidencia.

En la monición de entrada, una de las misioneras de las doctrinas rurales, asociación fundada por el nuevo beato, ha recordado las palabras proféticas del entonces obispo de la Diócesis de Málaga, San Manuel González, el día de la muerte del jesuita ahora elevado a los altares: «Yo espero que la Iglesia hablará algún día y dirá a los hombres cuáles han sido las virtudes del Padre Arnaiz». La misionera ha afirmado que estas palabras se han cumplido hoy, pues la Iglesia ha hablado y ha inscrito al tan querido sacerdote en el número de los beatos.

El rito de beatificación ha tenido lugar nada más comenzar la celebración, tras el canto de entrada. El obispo de Málaga, Jesús Catalá Ibáñez, acompañado de los postuladores de la causa, se ha dirigido al representante del Santo Padre, suplicando del papa Francisco la inscripción del Venerable Siervo de Dios Padre Arnaiz entre los fieles beatificados por la Iglesia. Posteriormente, la postuladora de la Causa de beatificación, Silvia Correale, ha relatado brevemente los principales hitos de la biografía del Padre Arnaiz. Seguidamente, el cardenal Becciu ha proclamado la carta apostólica firmada por el Santo Padre y terminada su lectura se ha descubierto el lienzo con la imagen del beato instalado en la girola del altar mayor sobre la imagen de la fe que corona el tabernáculo y se han procesionado sus reliquias hasta colocarlas cerca del altar donde han permanecido durante la celebración.

Durante su homilía, el cardenal Giovanni Ángelo Becciu, prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos, se preguntó: «¿cuál es el mensaje que el Beato Tiburcio Arnáiz Muñoz ofrece a la Iglesia y a la sociedad de hoy? Él representa para todos nosotros, singularmente para los sacerdotes y las personas consagradas, el ejemplo del hombre que no se conforma con lo ya conquistado sino que, siendo dócil a las exigencias del espíritu, se propone entregarse a Dios con mayor radicalidad. De aquí nace su decisión de ingresar en la Compañía de Jesús tras doce años de ministerio diocesano. Él respondió al amor de Dios a través de una creciente entrega en el ministerio y en el amor por los últimos, los descartados. ¡Cuánta necesidad hay, en nuestros días, de abrir el corazón a las necesidades espirituales y materiales de tantos hermanos nuestros, quienes esperan de nosotros palabras de fe, de consuelo y de esperanza, así como gestos de atenta acogida y de generosa solidaridad!»

«Presentar a Tiburcio Arnáiz Muñoz, hoy, a la Iglesia, significa reafirmar la santidad sacerdotal, pero sobre todo supone dar a conocer a un ministro de Dios que hizo de su existencia un camino constante, luminoso y heroico de total entrega a Dios y a los hermanos, especialmente los más débiles. Él se sentía corresponsable de los males espirituales y morales, así como de las heridas sociales de su tiempo y era consciente que no podía salvarse sin salvar a los otros. Esta asunción de responsabilidad, esta madurez de fe, este estilo de presencia sacerdotal y cristiana en el mundo, son también necesarios en el actual contexto eclesial y social, el cual tiene extrema necesidad de la presencia y del compromiso de sacerdotes, de personas consagradas y de fieles laicos que sepan testimoniar con coraje y firmeza, con entusiasmo e ímpetu, su mismo sentirse con Cristo, en Cristo y por Cristo, convirtiéndose en testigos creíbles del Evangelio. El nuevo Beato representa para la Iglesia de hoy un modelo que estimula a vivir de Cristo, al tiempo que para toda la sociedad supone una antorcha capaz de iluminar la historia de nuestros tiempos.».

Además de Mons. Becciu y Mons. Catalá, la Eucaristía ha sido concelebrada por el nuncio apostólico de Su Santidad en España, Mons. Renzo Fratinni; por el arzobispo emérito de Pamplona, el cardenal Fernando Sebastián Aguilar, por el arzobispo de Granada, Mons. Javier Martínez, y por obispos de diócesis como Segorbe-Castellón, Córdoba, Asidonia-Jerez, Cuenca, Cádiz y Ceuta, Almería, Madrid, Valladolid, Sevilla y Jaén.

De parte de la Compañía de Jesús han concelebrado Antonio España SJ, provincial de España; Vicente Luque SJ, vicepostulador de la Causa y postulador durante la fase diocesana; Elías Royón SJ, vicario episcopal para la Vida Consagrada de la Archidiócesis de Madrid; Pascual Cebollada SJ, Postulador General de la Compañia de Jesús y Fernando Motas SJ, Superior de la Comunidad de Jesuitas del Sagrado Corazón, Málaga.

Junto a ellos, numerosos sacerdotes diocesanos y religiosos de distintas congregaciones que elevaron el número de concelebrantes a 170. 100 de ellos se encargaron de distribuir la comunión.

Entre las autoridades asistentes, Francisco de la Torre, alcalde de Málaga; Joaquín Villanova, alcalde de Alhaurín de la Torre; José Sánchez Moreno, alcalde de Álora; José Aurelio Fernández, alcalde de Canillas de Albaida; Salvador Urdiales, alcalde de Alfarnate; Antonio Benítez, alcalde de Alfarnatejo; José Antonio Víquez, alcalde de Yunquera; Francisco López, Jefe Provincial de la Policía Nacional en Málaga e Ignacio García, comandante naval de Málaga.

Entre los inscritos, personas, de toda la provincia de Málaga y devotos de Granada, Cádiz, Cáceres, Córdoba, Álava, Madrid, Almería, Sevilla, Ávila, Santa Cruz de Tenerife, Jaén, Castellón, Badajoz, Melilla, Ciudad Real, Toledo y Valladolid.

En esta celebración han participado un total de 300 voluntarios y se han acreditado 50 profesionales de medios de comunicación.

Homilía del Cardenal Becciu en la beatificación del Padre Arnaiz

“Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios” (Lc 12,8).

Queridos hermanos y hermanas,

Estas palabras que hemos escuchado en el Evangelio nos recuerdan nuestra responsabilidad de ser testigos de Jesús. Mientras estaba rodeado por la multitud que lo seguía, Jesús, antes de hablar a las miles de personas, se dirige a sus discípulos y les recuerda un hecho que sucederá al final de los tiempos: el juicio final. Este será pronunciado por Dios Padre, juez justo, rodeado de ángeles, y en la presencia decisiva del Hijo del hombre. Este no es otro que el mismo Jesús. Él, mientras habla a los discípulos, es consciente de que el Padre lo ha destinado a actuar como el Hijo del hombre en el último día, cuando desempeñará la función de abogado de los justos, es decir, aquél que tiene el poder de decidir por cada persona ante el tribunal de Dios. Y esto es lo que sucederá: el que sea reconocido por Él se salvará; quien no sea reconocido por Él será condenado. La intervención del Hijo del hombre en nuestro favor dependerá de un hecho preciso: ¿hemos reconocido o no a Jesús en el curso de nuestra vida? Reconocerlo o negarlo en este mundo será decisivo para nuestro destino final. La posición que asumamos ante Cristo será decisiva para nuestro destino eterno; todo se jugará en dos palabras: “me reconocerá” o “me negará”.

Reconocer a Cristo significa no tener el temor de declararse cristianos, siendo testigos de su Evangelio y de los valores en él contenidos. Negar a Cristo significa rechazar tanto a Él como a su enseñanza de vida, de amor, de justicia, de paz, de fraternidad. Es más, ¡negar a Cristo significa no haber experimentado su amor!

Y el reconocimiento de Jesús debe hacerse “ante los hombres”, es decir, públicamente; de hecho, poco antes él mismo había recordado: “lo que digáis al oído en las recámaras se pregonará desde la azotea” (Lc 12,3). El amor de Dios que ha tocado nuestros corazones en algún momento de nuestra vida debe brotar y volverse efusivo y operativo. Si se secara, todo perdería color, sentido, luz. Seríamos como sarmientos separados de la vid, que únicamente sirven para ser arrojados al fuego.

La fe profesada con los labios debe manifestarse en una actitud de amor total hacia el mundo y hacia las realidades que nos rodean. El creyente está llamado a ser presencia viva y penetrante del Evangelio en el tejido cultural y social en el que vive. En este sentido, el Santo Padre Francisco afirmó: “Recordémoslo bien todos: no se puede anunciar el Evangelio de Jesús sin el testimonio concreto de la vida. Quien nos escucha y nos ve, debe poder leer en nuestros actos eso mismo que oye en nuestros labios” (Homilía en la Basílica de San Pablo Extramuros, 14 de abril de 2013).

El beato Tiburcio Arnáiz Muñoz, con el intenso sabor de su fiel testimonio del Evangelio hasta el heroísmo, supo impregnar de la doctrina de Cristo el ambiente en el que vivió, contribuyendo así a la misión de la Iglesia en el mundo. Con su vida, marcada por las buenas obras, nos ofrece un claro ejemplo de fe sincera y profunda, enriquecida por el sentido de la presencia de Dios y por la disposición a conformar su existencia con la voluntad divina. El intenso y fructífero ministerio apostólico de este celoso sacerdote e hijo espiritual de San Ignacio de Loyola se ejerció sobre el fundamento de la fe y de la caridad, todo orientado a la edificación de las almas y a la salvación de quienes fueron objeto de su cuidado pastoral. Su vivaz y cálida predicación se convirtió en un motivo decisivo para la conversión de muchos, especialmente durante las misiones populares, a través de las cuales llevaba a cabo una intensa y fructífera evangelización y promoción social.

Él fue un pastor según el corazón de Cristo y un misionero de la fe y de la caridad. Fue el típico ejemplo del “pastor con olor a oveja”, como hoy diría el Papa Francisco. Fue un intrépido heraldo del Evangelio, especialmente entre los más humildes y olvidados de los llamados “corralones”, los barrios más pobres y también más hostiles a la Iglesia de Málaga, consumiendo su vida por el prójimo, sostenido por un gran amor a Dios. Él encontró el valor fundamental de su vida sacerdotal y religiosa precisamente en el don de sí mismo y en el ferviente ministerio de la Palabra. De este rasgo esencial de su fisonomía pastoral hizo partícipes a un grupo de fieles laicas, comprometidas con la catequesis en las zonas rurales, que aún hoy, reunidas en la sociedad de vida apostólica de las Misioneras de las Doctrinas Rurales, realizan un apreciable apostolado.

¿De dónde provenía todo este ardor apostólico del Beato Tiburcio Arnaiz Muñoz? De una vida espiritual intensa, que encontró su culmen en la oración y en la Eucaristía: precisamente de aquí él obtenía la fuerza para poder gastarse sin reservas en el ministerio sacerdotal. Esta unión con el Señor, fruto de la fe, era la razón de su esperanza y se manifestaba después en el amor a los demás. En el encuentro orante con Cristo, corazón con corazón, él fue madurando poco a poco en ese conocimiento del Señor (Ef 1,17), al que nos invitaba San Pablo en la segunda lectura, obteniendo así un “espíritu de sabiduría” (ibíd.) a través del cual formaba y guiaba las conciencias en la incansable actividad del confesionario, punto de referencia en la Iglesia del Corazón de Jesús para los penitentes de Málaga y de otros lugares, de la dirección espiritual, de los retiros y, sobre todo, de los Ejercicios espírituales predicados a personas de todas las clases sociales.

Queridos hermanos y hermanas: ¿cuál es el mensaje que el Beato Tiburcio Arnáiz Muñoz ofrece a la Iglesia y a la sociedad de hoy? Él representa para todos nosotros, singularmente para los sacerdotes y las personas consagradas, el ejemplo del hombre que no se conforma con lo ya conquistado sino que, siendo dócil a las exigencias del espíritu, se propone entregarse a Dios con mayor radicalidad. De aquí nace su decisión de ingresar en la Compañía de Jesús tras doce años de ministerio diocesano. Él respondió al amor de Dios a través de una creciente entrega en el ministerio y en el amor por los últimos, los descartados. ¡Cuánta necesidad hay, en nuestros días, de abrir el corazón a las necesidades espirituales y materiales de tantos hermanos nuestros, quienes esperan de nosotros palabras de fe, de consuelo y de esperanza, así como gestos de atenta acogida y de generosa solidaridad!

Presentar a Tiburcio Arnáiz Muñoz, hoy, a la Iglesia, significa reafirmar la santidad sacerdotal, pero sobre todo supone dar a conocer a un ministro de Dios que hizo de su existencia un camino constante, luminoso y heroico de total entrega a Dios y a los hermanos, especialmente los más débiles. Él se sentía corresponsable de los males espirituales y morales, así como de las heridas sociales de su tiempo y era consciente que no podía salvarse sin salvar a los otros.

Esta asunción de responsabilidad, esta madurez de fe, este estilo de presencia sacerdotal y cristiana en el mundo, son también necesarios en el actual contexto eclesial y social, el cual tiene extrema necesidad de la presencia y del compromiso de sacerdotes, de personas consagradas y de fieles laicos que sepan testimoniar con coraje y firmeza, con entusiasmo e ímpetu, su mismo sentirse con Cristo, en Cristo y por Cristo, convirtiéndose en testigos creíbles del Evangelio.

El nuevo Beato representa para la Iglesia de hoy un modelo que estimula a vivir de Cristo, al tiempo que para toda la sociedad supone una antorcha capaz de iluminar la historia de nuestros tiempos.

Que su ejemplo nos acompañe y su intercesión nos sostenga. Por eso le invocamos: ¡Beato Tiburcio Arnáiz Muñoz, ruega por nosotros!

(Diócesis de Málaga)

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