¿Las misiones cambian el mundo?

Mons. Agus­tí Cor­tés             Un año más celebramos la Jornada Mundial de la Evangelización de los Pueblos (DOMUND). El mensaje que ilumina nuestro compromiso misionera este año es “La misión cambia el mundo”. Un mensaje que sintoniza con el deseo, compartido por una gran mayoría de nosotros, de que el mundo realmente cambie.

Desde hace muchos años vivimos del prejuicio (muchas veces no confesado) de que todo cambio es a mejor. La necesidad de huir, del sufrimiento o del problema presente, nos lleva a olvidar la pregunta de si realmente la situación nueva será mejor. Nos ocurre esto incluso en la convivencia y las relaciones personales: cambio de domicilio, de amigos, de pareja, de trabajo, de ideas, etc.

Es verdad que la acción misionera de la Iglesia cambia el mundo. Recordamos que nos referimos a la misión en la frontera de la fe, la llamada “missio ad gentes”, es decir, la evangelización en los lugares donde la fe o la Iglesia no está establecida. ¿En qué sentido la misión cambia el mundo? Se trata de un cambio verdaderamente revolucionario.

Nos fijamos en la persona, en el misionero o la misionera, que entrega su vida a la evangelización. El cambio del que hablamos antes ha de estar en el misionero: su cambio personal hará posible el del mundo. El cambio, la revolución, se produce en el corazón del misionero: él es un creyente en Cristo, que, al vivir sinceramente su fe, siente un gran impulso a salir de sí mismo y abrirse al mundo entero para anunciar, comunicar el tesoro que lleva dentro. Un impulso casi irresistible, que rompe toda cerrazón, todo individualismo. Ya en esto se produce una gran revolución, pues la mayoría de las personas viven centradas en sí mismas, buscando solo la satisfacción de sus propias necesidades…

La salida de sí mismo, que es propia del misionero, tiene como objetivo llegar a la persona del otro, también a su corazón (como decía San Pablo a los corintios, a quienes había evangelizado: “Vosotros sois nuestra carta de recomendación escrita en vuestros corazones”, 2Co3,2). Entonces, el cambio revolucionario se produce en aquellos que, por la palabra, el testimonio y la vida del misionero, llegan a creer en Cristo. En ellos también se produce el cambio del mundo.

En esto también hay una novedad. El individualismo que existe en nuestro mundo incluye aquella actitud que dice: “que cada uno piense y crea lo que quiera, siempre que no estorbe o perjudique a los demás…” El misionero no comparte esta postura, pues no se puede desentender de la vida de los otros: para él son hermanos, a pesar de la distancia física o cultural. Y sabe que, a pesar de reconocer sus valores, esas vidas no hallarán el camino de la verdad y la salvación si no se produce en ellas el cambio de mente y de corazón, que a él mismo le aportó la libertad y la paz.

Las misiones no tienen sentido si no partimos de la novedad radical que Jesucristo trajo al mundo. Esta novedad constituye lo esencial de todos los cambios que la fe cristiana ha producido y produce en la humanidad. Esa novedad viaja en cada uno de nosotros allá donde vivimos la fe con autenticidad, es decir, allá donde alcanza nuestro amor. El misionero es aquel cristiano que ha visto trasformado su amor hasta tal punto que decidió entregar a Cristo su vida, traspasando las fronteras, para servirle en las personas y en los pueblos que más necesitan vivir el cambio y la novedad de la fe.

Quizá nosotros amamos en ellos a los que están lejos y son también hermanos.

 

† Agus­tí Cor­tés So­riano

Obis­po de Sant Fe­liu de Llo­bre­gat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 307 Articles
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.