Hacernos creíbles


Mons. Se­bas­tià Tal­ta­vull            «Por sus obras los conoceréis». «Las palabras se las lleva el viento». «Dicen y no hacen». Todo esto lo oímos decir con frecuencia y somos muy sensibles a valorar el testimonio, la coherencia personal, la sinceridad, la unidad de vida. La razón es que la exigencia empieza por uno mismo. No nos podemos aprovechar de nadie amparándonos en el chantaje de imponer a otro lo que uno no está dispuesto a hacer para él mismo.

Fijémonos. Cuentan que, en la India, una madre muy preocupada por su hija fue a ver a Mahatma Gandhi para que le aconsejara qué tenía que hacer. Quería que hablara con su hija porque no dejaba de comer dulces y eso le era muy perjudicial para la salud. Gandhi accedió a hablar con aquella joven de muy buen gusto, pero dijo a su madre que no lo haría hasta después de tres semanas. Aquella madre salió un poco decepcionada y contrariada. Después de tres semanas llevó a su hija y Gandhi la recibió, habló con ella y todo fue muy bien. La madre, sin embargo, llena de curiosidad, no partió sin preguntarle por qué había esperado tres semanas en recibir su hija y hablar con ella. Gandhi, con tono humilde le dijo: «Era yo quien necesitaba tres semanas para sacarme el mismo defecto”.

La transparencia de los hechos proviene de una gran libertad interior y deja la conciencia bien tranquila. El bien nunca se impone, se contagia con el testimonio. Por ello, Jesús es tan contundente cuando en el Evangelio dice: «Quita primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mt 7,5). El papa Pablo VI, aplicándolo a muchos aspectos de la vida, lo concretó diciendo que «el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testimonios que a los maestros, y si escucha a los maestros es porque son testimonios» (EN 41).

Qué bien cuando con humildad nuestra única intención es ayudar a que cada uno sea él mismo, sin renunciar a ello; qué bien si nadie es forzado a claudicar de sus legítimos principios; qué bien si, siendo transparentes, ayudamos a que los demás también lo sean.

+ Se­bas­tià Tal­ta­vull

Obis­po de Ma­llor­ca

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