El testimonio de Santa Teresa de Jesús

Card. Juan José Ome­lla             Este lunes, quince de octubre, se celebra la fiesta de Santa Teresa de Jesús. Esta santa es, sin duda, una de las grandes figuras femeninas de la Iglesia católica y la primera mujer declarada doctora de la Iglesia universal, por san Pablo VI, el 15 de octubre de 1967.

Santa Teresa expresa la vivencia de la fe cristiana, que nos lleva a vivir en la comunión de la Iglesia. Cristo –contemplado en su humanidad y en su divinidad- es el centro de todo el pensamiento teresiano. Esta es la primera lección que nos propone. Debemos profundizar más en el conocimiento de Cristo, en su realidad humana y en su realidad trascendente. Debemos conocer su historia, cómo se hizo hombre, cómo vivió inserto en la cultura de su pueblo y cómo se nos manifiesta. Podemos hacerlo a través de los escritos bíblicos, de las confesiones de fe de la Iglesia primitiva y de las decisiones de los primeros concilios ecuménicos.

Santa Teresa de Jesús es una maestra del sentido de Iglesia. Ella, en el momento de su muerte, dijo: «Al final, Señor, muero hija de la Iglesia». Ciertamente, fue hija de la Iglesia, no solo en el momento de su traspaso, sino durante toda su vida. El amor a Dios y la contemplación de Jesucristo la hicieron amar profundamente la Iglesia y trabajar en la Iglesia y para la Iglesia. Si seguimos el testimonio de la santa de Ávila, nos puede ayudar a revitalizar nuestro sentido de comunión con la Iglesia y a hacer de la Iglesia una misma casa, una misma escuela, en la que convivan los diferentes carismas, vocaciones y espiritualidades.

La reformadora del orden carmelita, con la fundación de las carmelitas descalzas y los carmelitas descalzos, vivió en un momento histórico nada fácil, en unos «tiempos recios», como decía ella. Era consciente de sus limitaciones ante los problemas del mundo y de la Iglesia de su tiempo. Pensemos, por ejemplo, en el drama de la ruptura de la unidad del cristianismo en Europa, con la reforma protestante. A pesar de todo, no dejó de hacer -como también decía ella- aquello poco que es en mí. Todos nos debemos preguntar si hacemos por la Iglesia y por la sociedad de hoy aquello que nosotros podemos hacer, aunque nos pueda parecer que es poca cosa.

Teresa de Jesús fue también una gran maestra de oración, siempre presente en su enseñanza como un camino de amistad con Dios. Ella nos puede enseñar a vivir con entusiasmo este tiempo de paz, de alegría interior, de luz, que es -como decía ella- un diálogo de amor con quien sabemos nos ama.

 

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Ar­zo­bis­po de Bar­ce­lo­na

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.