A través de la palabra


Mons. Julián Ruiz Martorell           Queridos hermanos en el Señor:        Os deseo gracia y paz. Estamos acostumbrados a oír el canto de las aves, el aullido de los perros, el maullido de los gatos, el cacareo de las gallinas, el balido de las ovejas y multitud de sonidos emitidos por toda clase de animales. Entendemos que se trata de pautas eficaces de comunicación. En algunos casos da la sensación de que el sonido está muy articulado y expresa variedad de sentimientos y situaciones.

El ser humano tiene una enorme capacidad de comunicación a través del lenguaje. Es admirable que los sonidos emitidos lleguen a expresar palabras cálidas, conceptos precisos, y comuniquen acontecimientos, narraciones, relatos, situaciones, experiencias.

Las personas no solo dicen cosas, sino que se dicen a sí mismas. En el tono de voz, en las flexiones, en las pausas, en el timbre, se refleja el mundo interior que cada uno vive, disfruta  y sufre. Cuando hablamos, se trasluce lo que nos alegra y lo que nos preocupa, lo que nos inquieta y lo que nos tranquiliza, lo que nos ilumina y lo que nos entristece.

A través de la palabra se establece una corriente de comunicación. Hay algo que va más allá de la emisión de sonidos. Es algo más que una simple experiencia sonora. Se establece un puente que une lo distante. Se crea una relación que permite valorar lo distinto.

En nuestra vida cotidiana, aunque caben otras muchas posibilidades, se pueden observar tres niveles de comunicación entre las personas: hablar “a”, hablar “de” y hablar “con”.

1) A través de la palabra hablamos a las personas. Les transmitimos ideas, consejos, exhortaciones, fragmentos de nuestra historia. De nuestro corazón y de nuestros labios fluye un torrente de vida y experiencia. El caudal puede saciar la sed de quien escucha, aliviar sus dolencias, consolar sus penas, acompañar y celebrar sus logros, compartir su gozo.

2) A través de la palabra hablamos de las personas, de lo que les ha sucedido, de su comportamiento y actitudes, de sus éxitos y fracasos, de sus posibilidades y actitudes, de sus situaciones y sufrimientos, de sus expectativas y proyectos.

3) Pero es importante que, a través de la palabra, hablemos con las personas. Y, en este caso, no se trata solamente de oír lo que se nos dice, sino que hemos de escuchar con la atención puesta en la persona que se comunica. Tampoco se trata de aguardar, con más o menos paciencia, nuestro turno de réplica para discrepar o para asentir. Hay momentos en que ni siquiera escuchamos lo que se nos dice porque, de modo consciente o inconsciente, estamos elaborando mentalmente un discurso alternativo.

El diálogo no se realiza como una simple suma de monólogos. A través de la palabra se produce el milagro de la comunicación. El “yo” se abre al “tú” para construir la novedad del “nosotros”, para tejer una red de relaciones, para establecer vínculos, para afianzar amistades, para experimentar la alegría del amor.

Es preciso custodiar el silencio para que las palabras no sean superfluas. Es necesario preservar la potencia de las palabras no pronunciadas, para que broten fecundas en el momento oportuno y en la ocasión propicia.

La Virgen María supo abrir los labios para expresar la riqueza de su mundo interior porque aprendió a guardar silencio, saboreó el significado de los acontecimientos, descubrió el sentido de la vida y pronunció las palabras apropiadas que orientaron definitivamente la historia de la salvación. Por eso, la veneramos como modelo de comunicación, porque es mujer del silencio y del “sí”. Porque es Madre de la escucha dócil y portavoz de palabras de esperanza. Es Madre de la Palabra hecha carne.

Recibid un cordial saludo y mi bendición.

+  Julián Ruiz Martorell,

Obispo de Huesca y de Jaca

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