Discernimiento político (III): la política familiar

Mons. Agustí Cortés             Entre las cuestiones más significativas a la hora de realizar el discernimiento político están todas aquellas que giran en torno al matrimonio y la familia. Las calificamos de “más significativas”, porque en sí mismas tienen una importancia enorme, y porque es en el ámbito del matrimonio y de la familia donde los políticos parece que se encuentran libres i “sueltos” para expresarse y decidir.

Desde estas páginas hemos subrayado que las políticas concretas han de nacer de convicciones profundas, es decir, de ideales, de formas de entender el mundo, la vida, etc. Pero de hecho frecuentemente parece que estas convicciones, o están simplemente ausentes o no se quieren aplicar. Entonces surge lo que llamamos “pragmatismo político”.

El pragmatismo político hoy está presente en muchos campos de la política, debido a la crisis de pensamiento profundo y de ideales. A menos que se considere como “ideal” gobernar únicamente al dictado de los hechos, de las encuestas o de la moda reinante. Esto es muy peligroso, porque el poder de los medios de comunicación, apoyados por las nuevas tecnologías, hoy es tan grande que resulta relativamente fácil crear artificialmente sentimientos y estados de opinión en una gran masa de gente.

El caso es que hoy pocos políticos responderían cabalmente a la pregunta ¿qué entiende por familia, por matrimonio, por educación, etc.? Todos, sin embargo, legislan y adoptan decisiones políticas sobre estas materias. Entonces nos viene a la mente la sospecha de que el único apoyo que los políticos tienen para defender sus posturas es de hecho el número de votos emitidos a su favor. Ello es democráticamente legítimo. Pero, dada la facilidad que existe hoy para “mentalizar” las masas, la escasa formación que hay sobre estas cuestiones, y la tentación de ganar votos a toda costa, la sospecha de pragmatismo, y de populismo, que es su consecuencia inmediata, está bien fundada.

El político ha de saber que toda ley y toda praxis política, además de regular la vida del ciudadano, también produce un efecto “educativo” en la mayoría del pueblo. Esta mayoría llega a pensar que todo lo que legalmente está permitido, es moralmente bueno. Algunos idiomas usan palabras distintas para expresar “lo que se puede hacer físicamente o legalmente” y “lo que se puede hacer moralmente”. Nosotros hablamos sin distinguir de “poderse hacer una cosa”, sin precisar si nos referimos a la capacidad física de hacerla, o a si está permitido porque no te sancionan según la ley, o si es realmente bueno desde el punto de vista moral. Olvidar estas distinciones favorece el vacío moral en nuestras conductas humanas y también incluso en la misma vida política.

La situación se hace más grave cuando desde la vida política se defiende la separación e independencia radical de las cuestiones que afectan a la vida privada del político (en este caso, las cuestiones que responden a la moral o la ética personal) y las cuestiones relacionadas con la vida pública. Fácilmente se llega así a justificar muchas decisiones y conductas políticas absolutamente pragmáticas: “son las encuestas, las mayorías, el partido, la opinión en la calle… que me está obligando a ello”.

Nosotros, por el contrario, pensamos que el valor y la dignidad del político se ha de medir por su capacidad, su inteligencia y su valentía, para hacer posible la realización de grandes ideales. Seguramente, si las políticas familiares no responden a este planteamiento, asistiremos a una degradación de nuestra sociedad.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.