El deporte como escuela de vida

La Iglesia y el deporte mantienen una enriquecedora relación. Prueba de ello es el documento ‘Dar lo mejor de uno mismo’, publicado por la Santa Sede el pasado 1 de junio. Y es que tanto en la práctica deportiva como en la vida, asegura el papa Francisco, se trata de “hacerlo lo mejor posible”. El verano es un tiempo propicio para crear hábitos que, durante el año, resulta imposible por falta de tiempo. Quizá este periodo estival sea una oportunidad para iniciarse en la práctica deportiva, disfrutando de sus beneficios tanto para el cuerpo como para el alma. El nuevo documento pontificio, del que recogemos algunos de los pasajes más destacados, es un buen estímulo para plantearse este reto.

 

Alegría y entrega. Dar lo mejor de uno es un tema fundamental en el deporte, ya que los atletas se esfuerzan individual y colectivamente para lograr sus objetivos en el juego. Cuando una persona da lo mejor de sí misma, experimenta la alegría del deber cumplido. Todos quisiéramos poder decir un día, con San Pablo: “He peleado hasta el fin el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe” (2Tim 4,7).

Desarrollo integral. El vínculo entre la Iglesia y el mundo del deporte es una maravillosa realidad que se ha fortalecido a lo largo del tiempo, por lo que la comunidad eclesial ve en el deporte un instrumento poderoso para el crecimiento integral de la persona humana. Comprometerse en el deporte, de hecho, nos lleva a mirar más allá de nosotros mismos y de nuestros propios intereses, de una manera sana; entrena el espíritu de sacrificio y, si se organiza bien, promueve la lealtad en las relaciones interpersonales, la amistad, y el respeto a las normas.

Escuela de virtudes. La Iglesia valora el deporte en sí mismo como un campo de la actividad humana donde virtudes como la sobriedad, humildad, valentía y paciencia pueden encontrarse y fomentar la belleza, la bondad, la verdad, y donde puede testimoniarse la alegría. Este tipo de experiencias pueden ser vividas por personas de todas las naciones y comunidades de todo el mundo, independientemente de su edad, del nivel social o nivel deportivo. Es esta dimensión la que hace del deporte un fenómeno global verdaderamente moderno y, por lo tanto, algo en lo que la Iglesia está apasionadamente interesada.

Unión del ser humano. La visión unificada del ser humano ha sido expresada ya en la Sagrada Escritura y por diversos teólogos como la unidad de “cuerpo, alma y espíritu” o bien de “cuerpo y alma”. Esta comprensión unitaria de la persona humana fue consecuente con la formación de la actitud cristiana frente al deporte. Según Juan Pablo II, la Iglesia tiene en estima al deporte porque ésta valora “todo cuanto contribuye constructivamente al desarrollo armónico e integral del hombre, alma y cuerpo. En consecuencia, alienta cuanto tiende a adiestrar, desarrollar y fortificar el cuerpo humano con objeto de que éste se preste mejor a alcanzar la madurez personal.

Visión espiritual. La comprensión de la persona humana como una unidad es también el fundamento en el que se apoya la Iglesia para resaltar en sus enseñanzas la dimensión espiritual en el deporte. De hecho, Juan Pablo II describe el deporte como “una forma de gimnasia del cuerpo y del espíritu”. Como él mismo expresó, “la actividad deportiva, además de destacar las ricas posibilidades físicas del hombre, también pone de relieve sus capacidades intelectuales y espirituales. No es mera potencia física y eficiencia muscular; también tiene un alma y debe mostrar su rostro integral”.

Libertad y responsabilidad. Creados a imagen y semejanza de Dios, hombre y mujer están llamados a participar en la creación divina. Pero la libertad conlleva responsabilidad, ya que las decisiones libres de cada ser humano impactan en las relaciones de uno mismo, en las de la comunidad y, en algunos casos, en las de toda la creación. El deporte nos recuerda que ser verdaderamente libres es también ser responsables.Compromiso. En la “cultura de usar y tirar”, los compromisos duraderos con frecuencia nos asustan. A este respecto, el deporte nos ayuda a mejorar enseñándonos que vale la pena comprometerse con desafíos a largo plazo.

Espíritu de sacrificio. Las personas que practican deporte están muy familiarizadas con el sacrificio. No importa cuál sea el nivel o el tipo de actividad que realicen, en equipo o individualmente: el deportista debe someterse a la disciplina y la concentración en la tarea que tiene entre manos si quiere aprender y adquirir las habilidades necesarias. Para lograr esto a menudo hace falta que la persona siga un programa reglado y estructurado. Aprender y mejorar en un deporte implica siempre un encuentro con la derrota, la negación de sí mismo y el desafío.

Individuo y equipo. Cada miembro es único y contribuye de modo particular al equipo. El individuo no se difumina en el conjunto, porque cada uno es valorado en su especialidad. Todos ellos tienen una importancia que hace al equipo más fuerte. Un gran equipo está siempre hecho de grandes individuos que no juegan solos, sino juntos. En los deportes, los dones y talentos de cada persona se ponen al servicio del equipo.

Alegría en la entrega. La gran mayoría de las personas no practica deporte con el fin de obtener dinero o fama. Sin embargo, para el atleta comprometido, los momentos de alegría se encuentran generalmente junto con el sufrimiento o los sacrificios de un tipo u otro y después de un gran esfuerzo mental y físico. Esto nos enseña que la alegría verdadera, profunda y duradera a menudo surge cuando nos comprometemos sin reservas con algo que amamos.

Vida armónica. El armonioso desarrollo de la persona tiene que estar siempre entre las prioridades de todos los que tienen responsabilidad en el deporte, ya sean entrenadores, directivos o educadores. Esta palabra, armonía, se refiere al equilibrio y el bienestar y es esencial para experimentar la verdadera felicidad. El desarrollo armonioso de la persona en su dimensión física, social y espiritual ha sido reconocido como una contribución al bienestar psicológico y a la prosperidad de la humanidad. Estamos empezando a contemplar desarrollos positivos en algunos lugares donde “muchas personas sienten la necesidad de encontrar formas apropiadas de ejercicio que ayuden a recuperar un equilibrio saludable de mente y cuerpo”.

Igualdad y respeto. Cada ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y tiene el derecho de guiar su vida con dignidad. Todos tenemos el mismo derecho de experimentar y llenarnos de las múltiples dimensiones de la cultura y del deporte. Todos tenemos el mismo derecho a promover nuestras capacidades, así como ver respetadas nuestras propias limitaciones.

Rivales “hermanos”. El mensaje de la Iglesia sobre la solidaridad nos muestra que existe un estrecho lazo entre la solidaridad y el bien común, entre solidaridad y el destino universal de los bienes, entre solidaridad y la igualdad entre los pueblos, entre solidaridad y la paz en el mundo. La solidaridad en el sentido cristiano va más allá de los miembros del propio equipo. Incluso puede incluir un miembro del otro equipo cuando está en el suelo y ya no puede levantarse sin ayuda.

Visión de vida. A través del deporte, los seres humanos pueden experimentar la belleza. Como señaló acertadamente Hans Urs von Balthasar, la facultad estética del ser humano es también una característica decisiva que estimula la búsqueda del sentido último. Si se aplica una visión antropológica tan integral, el deporte puede ser visto como un campo extraordinario donde el ser humano experimenta algunas verdades significativas acerca de sí mismo en la búsqueda del sentido último.

 

(José María Albalad, Iglesia en Aragón)

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