Dos claves más


Mons. Manuel Herrero            Todos, o casi todos, tenemos idea de lo que es una clave que, aunque parezca lo contrario, sostiene el arco de piedra, y de las claves musicales, clave de sol, de fa, etc…, que hacen posible la lectura y la interpretación de una pieza musical.

La vida cristiana también tiene su clave, que sostiene todo que es Jesucristo, y que hace posible leer y vivir la existencia con sentido, con alegría y esperanza. El papa Francisco, en su Exhortación “Gaudete et Exsultate” -alegraos y regocijaos- nos ofrece unas claves fundamentales para vivir según Jesucristo, para ser cristianos de verdad. Hace dos domingos presenté tres notas. Hoy os presento las otras dos.

La cuarta nota es la comunidad. Decían los antiguos que un cristiano solo es un cristiano nulo. Soy cristiano con otros que son mis hermanos. Un cristiano solo, sin la ayuda de los otros, sin la ayuda de una comunidad eclesial, es muy difícil, yo diría que imposible, que pueda vivir su fe y menos hoy. «Es tal el bombardeo que nos seduce que, si estamos demasiado solos, fácilmente perdemos el sentido de la realidad, la claridad interior y sucumbimos» (GE, 140).

Jesús vivió y vive en comunidad con el Padre en el Espíritu; Jesús vivió y convivió con los apóstoles y discípulos, que sin duda no eran los mejores hombres de aquel tiempo, pero Él compartió la vida con ellos. Él los envió a continuar su misión de dos en dos. La Iglesia es una comunidad de hermanos que creemos en Cristo y queremos vivir con Él y desde Él continuando su misión.

La comunidad, por una parte, es el espacio donde experimentar la presencia de del Señor Resucitado, donde compartir la palabra, la Eucaristía, que nos hace hermanos, discípulos y misioneros; pero, por otra, os donde nos vamos configurando con Cristo, donde Él y su Espíritu nos va labrando y haciendo a su imagen. Y esto a través de pequeños detalles de cada día, como pasa en nuestras familias, como pasó en la familia de Nazaret.

El papa se detiene en los pequeños detalles que aparecen en el Evangelio. «El pequeño detalle de que se estaba acabando el vino en una fiesta. El pequeño detalle de que faltaba una oveja. El pequeño detalle de la viuda que ofreció sus dos moneditas. El pequeño detalle de tener aceite de repuesto para las lámparas por si el novio se demora. El pequeño detalle de pedir a sus discípulos que vieran cuántos panes tenían. El pequeño detalle de tener el fueguito preparado y un pescado en la parrilla mientras esperaba a los discípulos de madrugada» (GE, 144). Son los detalles del amor que lleva al matrimonio a vivir tres palabras: permiso, perdón y gracias.

El individualista sólo piensa en sí, sólo busca su bien, se aísla, y empobrece y eso le lleva a la muerte. Ser cristiano es compartir la vida, el pan, la sal, las alegrías y penas, lo que Dios hace en nosotros y en el mundo, su Palabra, su Cuerpo y Sangre, su misión, su cruz y su gloria.

La quinta nota o clave es la oración constante. «Finalmente, aunque parezca obvio, recordemos que la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración. El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor. No creo en la santidad sin oración, aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos» (GE, 147). Y esto no un día, sino como una actitud constante, aunque se manifieste en determinados momentos. Necesitamos, como los enamorados, porque de eso trata la vida cristiana, de amor, de momentos solo para Dios, en soledad con Él, tratando como el Amigo que nos ama. Y esto lo necesitamos todos. En la oración estamos con el que nos ama como nadie nos ha amado en el pasado, en el presente y en el futuro, nos comprende, nos perdona, nos besa, nos abraza, nos habla, nos acompaña, nos ilumina, nos instruye, nos hace reposar y descansar. Y esto en comunidad, pero también en soledad, porque para Él somos únicos e irrepetibles.

No se trata de evadirnos del mundo y sus problemas, no; es adentrarnos en el misterio de cada persona, de cada circunstancia y situación. Es ver las cosas y afrontar la vida con los ojos y el corazón de Dios. Es recordar con el corazón agradecido las acciones de Dios en favor de los hombres, las del pasado, el presente y las del futuro, con cada uno y con todos, acciones siempre marcadas por la misericordia. Orar es abrirse a Dios desde nuestra debilidad como el niño pequeño se abre a su madre esperándolo todo de ella. Es vivir la fraternidad intercediendo por otros. Es admirarse y asombrarse, es cantar su amor, su ternura. Es experimentar que Dios está con nosotros, y nadie ni nada puede separarnos de su amor. Pero, no lo olvidemos, es también escucharle a Él, que tiene Palabras de amor, de vida eterna, Palabras que iluminan en el sendero de la vida, también en las cañadas oscuras. La oración expresa y fomenta lo que somos hijos y hermanos.

+ Manuel Herrero Fernández, OSA.

Obispo de Palencia

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