Unidad: futuro y responsabilidad de todos

Card. Antonio Cañizares                    Un texto del profeta Jeremías (23, 1-6) que nos evoca, por semejanza, la situación que vivimos hoy en el mundo, y en España. Estamos con parecida dispersión y división del texto del Profeta: grupos enfrentados, naciones en lucha, intereses contrapuestos, confrontación de religiones, familias divididas, gentes exiliadas, “memoria histórica” para dividir, para reabrir de nuevo heridas ya curadas, para confrontarse; sigue habiendo hambre y mucha pobreza, mucha gente sin un pedazo de tierra donde ponerse en pie, mientras otros nadan en la abundancia o pasan de largo de la miseria de sus hermanos, una masa ingente que no cuenta; continúan los secesionismos y nacionalismos interesados e ideológicos que destruyen la unidad –bien moral a mantener–; no pocos que deberían ser guías de los pueblos y de las gentes, servirles y unirlos, pero anteponen sus propios intereses, los de su clase o los de su grupo o movimiento, los de su partido o los de su ideología al bien común, al bien que reúne y unifica; en lugar de reunir, dispersan; en lugar de servir a la verdad que se realiza en el amor, acuden a la mentira como arma para sus propios “intereses”; en lugar de guardar a las gentes las llevan a la intemperie, a las periferias existenciales, y las dejan abandonadas; siguen levantándose muros y barreras, alimentándose el odio y la confrontación; demasiados muros ideológicos, muchas veces de odio, de afán de dominio, de miedo…, demasiada exclusión en nuestro mundo de hoy, a pesar de todas las globalizaciones; aun la misma cultura aparece fragmentada y dispersa, es el fragmento no la verdad, y así se dispersa y se disgrega en las opiniones subjetivas, en los pareceres particulares, en la dialéctica del dominio de las mayorías o los poderes de las minorías, o de la opinión pública dominante, y de esta manera nos vemos sumidos en la desorientación, en nuestro mismo interior nos vemos divididos. No encontramos la unidad, no hallamos la paz, ni alcanzamos la reconciliación entre nosotros. Si pensamos en nuestra patria, ¿no comprobamos esa situación de división, de desconcierto, de…? División, que, además, se acentúa cuando se trata de cuestiones de fondo, fundamentales: la posición por ejemplo, ante la vida y la protección de la vida naciente o de la madre gestante, o la vida terminal. Y cuestión fundamental que genera división y conflicto es la posición ante la familia asentada sobre la firme base de la verdad del matrimonio entre un hombre y una mujer como unión de amor estable, indisoluble, entre ambos, reconocida legalmente y abierta a la vida; o la unidad de la “casa común” que es España amenazada de destrucción por secesionismos y nacionalismos que apoyan intereses particulares y, se diga lo que se diga, no son más que ideología. Esta situación surge cuando se opone al bien común y al bien de la persona y de la verdad, intereses particulares, ideológicos, de poder; o cuando todo esto está alimentado y conducido por falsos pastores o guías, conductores de los pueblos que en lugar de reunir dispersan, en lugar de servir al bien común de las personas, de los hombres, utilizan, se sirven de ellos, los instrumentalizan; cuando falta el amor y la misericordia y sobran los egoísmos, los subjetivismos individualistas, cuando se falta a la verdad, cuando no se busca el bien para todos que es la unidad y la comunión de todos y entre todos. Así, si miramos bien el panorama actual, nos encontramos con la descomposición, la disgregación, la desvertebración de nuestra sociedad, en particular la de España: eso es lo que tenemos o nos disponemos en las vías de tenerlo, ¿no es cierto?

Pero también, en este contexto, el domingo, en la Liturgia católica, leímos, además del texto de Jeremías citado, también a San Pablo en su Carta a los Efesios (Ef 2, 13-18), y leímos, además, el Evangelio de Marcos (Mc 6, 30-34): ante el panorama descrito antes en estos textos últimos aparece una luz grande que abre un gran horizonte. Me dirán algunos que esto podría valer, vale, para los creyentes, para los cristianos solo. Pero está en el ámbito de la razón en cuanto tal, la razón universal. Es cierto, vale para los cristianos. Pero también los cristianos hemos de ofrecer lo que somos y creemos, aportar, desde la razón y la fe, nuestra responsabilidad a la construcción de la “casa común”, a la unidad: responsabilidad que es ante Dios y, por tanto, ante los hombres. Y leímos que “no temamos”, no tengamos miedo, confiemos de verdad: Dios mismo viene en nuestra ayuda ahí; Él sí que nos guía, más aún, es el verdadero guía y pastor de los hombres, que nos cuida y nos lleva a la unidad, reconcilia y restablece la paz: “Yo mismo, dice por boca de Jeremías, reuniré al resto de mis ovejas de todos los países y las volveré a traer a sus dehesas para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen: ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá”. ¿Quién no ve en algunos guías de hoy el cumplimiento de esta promesa de Dios? ¿Quién no ve, por ejemplo, en la persona de los Papas San Juan Pablo II, o Benedicto XVI, o Francisco, o en tantos otros que, como ellos, sí que son verdaderos guías de la humanidad, que cumplen esa promesa de Dios de unidad y reconciliación? Hay más. Leímos en San Pablo: “Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos, judíos y gentiles, una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio”. Así ha creado “un hombre nuevo” y “reconcilió con Dios los dos pueblos”, los ha unido “en un solo cuerpo mediando la cruz”. Esta es la verdad que nos hace libres. Cristo no sólo trae la paz, Él mismo es la paz y la reconciliación; su sangre derramada, su cuerpo entregado, su cruz redentora nos ha liberado del odio, que es manifestación del pecado, causa de la disgregación; y Él nos introduce en el amor inmenso de Dios que reúne, une, salva y reconcilia. Y en el texto de Marcos escuchábamos: “Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. Todo esto es una gran esperanza. Aquí está la responsabilidad de la Iglesia que ha de colaborar en la construcción de la “casa común” y ha de trabajar por la superación de la disgregación, la división, el enfrentamiento, la descomposición, la destrucción, y ofrecer el norte que conduzca a la unidad, que siempre es luz, aurora esperanzada de nuevo y grande futuro. En Cristo se otea y está el horizonte de ese nuevo futuro, de una humanidad nueva y renovada.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
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Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014