Tiempo para la amistad

Mons. Agustí Cortés            Es normal elegir, en la medida de lo posible, la compañía con la cual pasamos el tiempo de las vacaciones. Si podemos, solemos elegir los amigos o la familia, en el supuesto de que su presencia al lado signifique una satisfacción, una alegría añadida al descanso y y al disfrute de la vida.

También en esto hay pequeños intereses. Elegimos los amigos más divertidos, los más afines, los que facilitan más el acceso a determinadas experiencias… Pero también podemos proponernos vivir las vacaciones para profundizar el amor y la amistad. La familia, los amigos, también merecen algo de nuestro tiempo, un tiempo que sirva para que crezcan los lazos de conocimiento y amor mutuo.

Si no se proyecta así el tiempo de vacaciones, existe el riesgo (frecuente por lo demás) de que se salga de él peor que como se había entrado. Vivir juntos, decidir juntos, compartir experiencias, es una prueba que mide la calidad de la relación: puede crecer la amistad o puede ponerla en crisis e incluso hacerla desaparecer.

Para que esto no ocurra, lo primero que hemos de hacer es no planificar las vacaciones pensando solo en uno mismo. Las vacaciones pueden llegar a ser una de las vivencias más egoístas de todo el año. Y es que el deber impuesto por el trabajo cotidiano se suele vivir así: “impuesto”, controlado desde fuera de la propia voluntad, con lo cual las vacaciones se buscan como el tiempo en que uno hace lo que quiere, libre de imposiciones. ¿Por qué cargar, entonces, con las necesidades del otro?

Pensar así no facilita el auténtico disfrute del tiempo libre. Lo mejor sería recibir el mejor amigo y compañero para las vacaciones, es decir, Jesús. Como hemos dicho desde estas páginas, recibir a Cristo, su presencia viva y cercana, es garantía del mayor gozo. Hablando de nuestra amistad con Él, recordemos que se quiso identificar ante sus discípulos como “amigo” frente a la imagen del “amo” (Por cierto, algunos que se dicen “amigos”, en realidad se comportan como “amos”). Según Él, ser amigo significa, ante todo, dos actitudes fundamentales: la comunicación (“os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre”) y la donación de sí mismo por quienes se ama (“nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” Jn 15,13-15). También es verdad que, para seguirle, exige reciprocidad, amarle sobre todas las cosas (cf. Lc 14)

También es verdad que, para seguirlo, exige un tipo de reciprocidad, estimarlo sobre todas las cosas (cf. Lc 14). Nunca conseguiremos esta reciprocidad. Pero bien es verdad que nuestra amistad con Jesús reúne las dos condiciones esenciales del auténtico amor: ser exigente y a la vez ser fuente de alegría y plenitud.

En definitiva invitamos a “mantener despierta y activa una conversación amigable con Jesús en cualquier momento de las vacaciones”, dejar que su presencia ilumine, llene de sentido, estimule el crecimiento y empape estos instantes que nos proporciona el tiempo libre.

Con un compañero así al lado, y con su mismo Espíritu en el corazón, la vida se hace, no solamente más “soportable”, sino mucho más positiva, mucho más en crecimiento, en ascenso, como un camino que no deja subir hacia la verdadera felicidad. También las vacaciones son un buen peldaño en esta subida.

Por ello es un amor que pide una cierta reciprocidad. Una reciprocidad que nunca alcanzaremos (siempre nos querrá mucho más y más perfectamente), pero que lo podemos vivir si nos abrimos a su presencia por gracia y como un regalo.

Con un compañero así al lado, con su espíritu en el corazón, ya se puede hacer camino. Será un camino que asciende hacia la verdadera alegría. Y entonces las vacaciones, el tiempo libre, constituirá un buen escalón. El cielo no serán “unas vacaciones continuadas”, pero las vacaciones de hoy pueden ser un buen escalón en esta subida.

La presencia de Jesús nos estimula a salir de nosotros mismos, de forma que se ensancha nuestra capacidad de amistad y, por tanto nuestro espacio interior para recibir muchos más compañeros de camino, disfrutando de su compañía.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.