¡Felices Vacaciones!

Card. Ricardo Blázquez             En los meses de julio y agosto trabajadores y estudiantes, familias enteras, toman vacaciones, es decir, descansan temporalmente de la ocupación habitual. Unos días de descanso es una práctica ya extendida en nuestra sociedad. No lo ha sido siempre, ni lo es aún para todos;  muchos países y sociedades no pueden permitirse todavía unas vacaciones.

Un tiempo de descanso, unas vacaciones, es un derecho cuya conquista se consiguió en un largo forcejeo social. Es ciertamente un derecho; y es también una necesidad vital, y a veces un deber. Durante los meses de trabajo se acumulan fatigas y cansancios, que requieren algún tiempo para asumir nuevamente con renovada dedicación las tareas diarias. Además, el ritmo laboral en nuestras sociedades suele ir acompañado de prisas, horarios que se cruzan, preocupaciones que se superponen, agitación y nerviosismos. Es comprensible que unos días de descanso sean necesarios para la armonía de la persona. Nos fatigan más las preocupaciones que las ocupaciones, la sobrecarga de inquietudes que el trabajo, la atención sobreañadida que las horas de esfuerzo laborioso.

Las vacaciones, el descanso temporal, no consiste en estar horas y horas con los brazos cruzados; es penoso tener que llenar con entretenimientos el aburrimiento y el fastidio. Como dijo San Pablo “muy ocupados en no hacer nada” (2 Tes. 3,11). Descansar no equivale a inactividad completa. Se descansa en la vida familiar más intensa y sosegada, en la comunicación con los amigos, en la contemplación de la naturaleza admirable y bella, en la lectura reposada que lentamente abre ventanas al pasado narrado por la historia, al futuro soñado por la fantasía, a la reflexión pausada sobre cuestiones demasiado tiempo preteridas, al paseo y el deporte, a la comensalidad con personas sentadas en torno a una mesa que reconforta. El descanso vacacional no debe convertirse en una carrera saturada con diversiones que fatigan el cuerpo y el espíritu. Si los cristianos contemplativos dedican su tiempo primordialmente al trato con Dios, ¿por qué no puede haber más horas dedicadas a la lectura espiritual y a la oración? No es fácil hallar el reposo del cuerpo, de la mente y del espíritu. Muchas veces cesamos en la actividad pero el molino interior no cesa de agitar las aguas del corazón. Por esto, podemos decir que el descanso es un derecho y un deber, y también es una oportunidad que nos ofrece la creación y un regalo de Dios. Dios nos da el descanso, como bellamente dejó escrito Unamuno en el epitafio de su tumba en el cementerio de Salamanca, de cuya universidad que celebra este año los 800 de su fundación, fue mucho tiempo excelente Rector. “Méteme, Padre eterno, en tu pecho, /misterioso hogar; / dormiré allí, / pues vengo deshecho del duro bregar”. El descanso es reposo tras las fatigas del camino, es alivio después del sufrimiento, es respiro después de cargar durante tiempo con el peso que agobia la vida.

Quiero a continuación abrir el horizonte a otro tipo de descanso, que tiene que ver con el pueblo peregrinante de Dios. La carta a los Hebreos (3, 4-4, 13) hace un comentario libre del Salmo 95, 7-11, que rezamos frecuentemente como “invitatorio” al comenzar el Oficio de las Horas. En estos capítulos son centrales las palabras, “escuchar la voz del Señor”, “hoy” y “entrar en su descanso”. Dios nos ofrece también hoy su descanso si escuchamos su palabra. Se unen en el comentario de la carta diversas situaciones histórico-salvíficas; en primer lugar se hace referencia al episodio narrado en el libro de los Números 13-14, en que se cuenta cómo los israelitas se rebelaron contra Dios porque el relato de la tierra explorada los decepcionó. El tema del reposo hace también una referencia al reposo de Dios después de la creación (Gén. 2,1), “el séptimo día, Dios descansó”, que subraya la dimensión trascendente del reposo sabático para los judíos o dominical para los cristianos. El hecho histórico de Núm. 14 se une con el canto litúrgico del Salmo 95, cuando los israelitas ya habitaban la tierra de la promesa. Si el autor de la carta dirige esta exhortación a los cristianos de su tiempo significa que también en aquel “hoy” Dios los invitaba a escuchar su voz para entrar en el descanso. El “hoy” es una fecha móvil, que se dirige a miembros del pueblo de Dios en diversas situaciones de la historia. Hay un descanso reservado en la patria del cielo y prometido para nosotros también hoy, si escuchamos su voz y la obedecemos. “Esforcémonos por entrar en aquel descanso, para que ninguno caiga según el ejemplo de aquella rebelión” (Heb. 4,11). Con la obediencia a Dios, que une nuestra voluntad con la suya, se derrama en nuestro espíritu una serenidad pacificadora. En este nivel recibimos el descanso que nos hace vivir tranquilos. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt. 11,29). Podemos depositar las preocupaciones en Dios y nuestra “carne descansará serena” (Sal.16,9)

El espíritu no tiene vacaciones. Disfrutar de unas vacaciones merecidas no significa prescindir de Dios ni abandonar la asamblea dominical de los cristianos. ¿No puede ser el verano una oportunidad para reavivar la memoria de lo que recibimos en la familia y parroquia, en nuestros lugares de nacimiento e infancia? El domingo es la pascua semanal, en que celebramos la resurrección del Señor y entramos en el descanso que anticipa el reposo eterno. Así rezamos a Dios Padre en la Eucaristía: “Hoy, tu familia, reunida en la escucha de tu Palabra y en la comunión del pan único y partido, celebra el memorial del Señor resucitado, mientras espera el domingo sin ocaso en el que la humanidad entrará en tu descanso” (Prefacio X dominical de la Misa). La Eucaristía del domingo nos comunica el sentido más profundo del descanso.

Queridos amigos, a todos deseo felices vacaciones. ¡Que pueda descansar nuestro cuerpo y nuestro espíritu!

+ Ricardo Blázquez

Cardenal Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)