Reflexiones de última hora a propósito del caso «Aquarius»

Card. Antonio Cañizares              Ante la terrible emergencia de los 629 refugiados que han llegado el domingo al puerto de Valencia, recobra gran actualidad lo que escribí hace unos meses y que glosaré en este artículo. Estos días estamos sobrecogidos ante el drama de los refugiados, huidos, inmigrantes que llegan a nuestra tierra, a las puertas de Europa pidiendo ayuda y acogida. No podemos permanecer indiferentes, menos aún los cristianos, ante este hecho de tan grandes magnitudes en nuestro tiempo. Ante este hecho, tan dramático e inhumano de los 629 africanos­ subsaharianos que han venido aquí, Valencia y particularmente la diócesis valenciana está reaccionando, creo, ejemplarmente como me dijo el Papa la semana pasada a propósito, para entendernos, de la emergencia del barco «Aquarius».

La magnitud y gravedad del asunto del «Aquarius» nos está haciendo tal vez olvidar el drama de esos otros miles que nos llegan por pateras u otros medios estos días a las costas españolas, especialmente las andaluzas, también a las italianas. No los podemos olvidar, ni cerrar nuestros ojos ante el drama del África subsahariana, o del África en general, ni ante los macabros negocios de las mafias, a las que hay que perseguir y eliminar, por su corrupción más terrible: eso sí que es corrupción a lo grande, y se debe reaccionar con todo vigor y energía porque tratan con vidas humanas y se enriquecen con vidas humanas: pensemos, por ejemplo, las fuertes sumas de dinero que han tenido que pagar los padres – ¡nada menos! – de esos niños que han viajado solos en el «Aquarius», y pensemos, además por otra parte, en las grandes riquezas que gobiernos y mandatarios desaprensivos de África están obteniendo y acumulando de la opresión y subdesarrollo a que están sometiendo a sus pueblos, o la esclavitud que de ellos, de esos mandatarios y complicidad culpable y criminal de ellos, que lo permite, tolera, o hace la vista gorda: nunca, ni siquiera, en la época de la esclavitud de los pueblos africanos y el traslado y venta como esclavos de los siglos XVII al XIX, sobre todo a América, ha ocurrido nada semejante.

Y Occidente, y los países de la opulencia, europeos o de otras partes, sin tomar las medidas urgentes y adecuadas, que conjuntamente deberían adoptarse, sin miras ni intereses particulares o bastardos incluso. Me temo que pudiera haber complicidad de quien sea también en esto, al menos por estar mirando a otra parte sin ponerse de acuerdo que debería ser prioritario adoptar medidas que corrijan estas situaciones inhumanas. Sé que el asunto es complejo y delicado. Razón de más para actuar conjuntamente, pero actuar. En todo caso, no soy político ni la Iglesia puede permitirse ninguna injerencia política, pero nada verdaderamente humano puede dejar indiferente al seguidor de Jesucristo, a la Iglesia, para inhibirse ante la terrible desgracia de las gentes que nos llegan. La Iglesia, como dijo el Papa Francisco en una ocasión «ha de acoger, proteger, promover e integrar a los emigrantes y refugiados». Eso es lo que estamos haciendo en la diócesis de Valencia, colaborando coordinadamente con las autoridades autonómicas y locales, y con las nacionales, sin buscar aplauso ni mirar al tendido buscando el parabién o salir en los medios

Uno de los tres o cuatro asuntos en que se juega el destino del hombre sobre la tierra en este tiempo y en los próximos decenios es este que nos interpela como una verdadera emergencia mundial. La emigración es un derecho que no se puede negar. Hay que reaccionar ante este hecho y este derecho, mostrar sensibilidad especial hacia él, hallar cauces y respuestas justas y equitativas para él. Habrá que buscar y darle soluciones, que seguro que las hay, innegablemente; reclamará muchas reformas y cambios en la sociedad mundial y habrá de favorecer e impulsar, sobre todo, en los países de origen, nuevas condiciones de vida; habrá que posibilitar un nuevo orden internacional justo y humano, no el nuevo orden mundial que se viene fraguando en una verdadera obra de ingeniería social; los países receptores de emigrantes habrán de cumplir con el deber de ordenar la inmigración para evitar conflictos y evitar que, en un plazo no lejano, pierdan su identidad y su unidad. Europa tiene una especial responsabilidad, porque de modo muy particular, principal e intenso se ve más afectada hoy por hoy. Un país sólo o unos pocos países solos no pueden ofrecer la respuesta: la respuesta deberá ser de todos, unidos y conjunta. En todo caso es necesario que las legislaciones, en los diferentes países de Europa, habrán de ser generosas, equilibradas y equitativas, promotoras de la justicia y la paz y atentas a la solidaridad real y efectiva.

¿Qué se hace en los países de origen y con los países de origen?¿Cuáles son las motivaciones y las causas que están produciendo esta catástrofe mundial?¿Quiénes están dentro o detrás de estos movimientos que no son casuales?¿ Qué se espera del futuro de Europa, de los países europeos, o qué se espera de Europa que sea dentro de pocos años? Hemos de ser lúcidos y prudentes, que no significa, en modo alguno, desatender ya y sin más demora a nuestros hermanos que nos llegan y que claman y gritan buscando justamente una situación distinta a la que están soportando y sufriendo con gran sufrimiento, en su origen.

No podemos pasar de largo y dar un rodeo con comentarios que señalan culpables o dan soluciones de «barra de bar» para que las solucionen los que tienen el poder de los pueblos. Habrá que actuar sin ponerse nerviosos, pero actuar y pedir o reclamar que se actúe; habrá actuar colaborando con los poderes públicos, con los Estados y gobiernos que correspondan, pero actuar sin más dilaciones y paliar esta situación hasta que se encuentren soluciones globales y verdaderas; habrá que actuar denunciando, pero la denuncia sola no soluciona las cosas, hay que atender a los que nos llegan sabiendo que aquí los vamos a recibir como hermanos: «Obras quiere el Señor», diría santa Teresa de Jesús. Para eso hay que reconocer que no estamos preparados: que no tenemos la suficiente fe, ni somos capaces de mayor caridad, heroica caridad, ni de mayor misericordia y nos coge sin saber qué hacer y cómo hacer: pero hay que hacer algo.

+Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
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Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014