¿Hacía dónde nos encaminamos?

Mons. Braulio Rodríguez             En España y en Europa se constata el preocupante debilitamiento de la práctica religiosa; un fenómeno que afecta incluso a las comunidades musulmanas. La no práctica religiosa, ¿es señal de que los hombres y mujeres religiosos somos anti modernos? No. Sin duda que el proceso de secularización en Occidente nos indica que estamos en una sociedad plural. Y esta sociedad actual, a diferencia de las precedentes, ya no se considera vinculada en sus instituciones a una devoción o fe en Dios. Las Iglesias ya están separadas de las estructuras políticas, y la religión –se concluye-, tiende a reducirse a una cuestión privada.

Disminución de las creencias, pues, y de la práctica religiosa. Se da entre nosotros también otro grado de secularización: considerar la fe en Dios como una opción más entre otras. Pero entonces, ¿ha desaparecido lo religioso en la vida personal y social? No es posible afirmar tal cosa, porque la pregunta por el “sentido” y el “significado” se vuelve a plantear una y otra vez a nivel personal y social. De modo que, si la sociedad es plural, debe aceptarse la existencia de una inspiración, una influencia beneficiosa de lo religioso en esta sociedad plural de nuestros días.

Por eso, nos preguntamos si debe ser negada toda expresión pública de cualquier fe religiosa en el ámbito de lo público, y reducirla a un hecho del todo privado, sin salir a la calle. Los llamados ateos han de reconocer que todos vivimos con nuestra propia visión de las cosas en la misma sociedad común a todos, en búsqueda de un bien concreto, visible y que puede ser compartido. Esa es la conducta humana. Junto a distintas maneras de ver las cosas, la vida y el mundo, aparece, sin embargo, el bien práctico de convivir juntos en la misma sociedad. Es decir, estamos llamados a convivir bajo la guía o el liderazgo de una institución pública, llámese Estado u otro tipo de autoridad; eso sí, que respete nuestra libertad y autonomía personal. Esta autoridad pública, claro está ha de ser aconfesional e imparcial respecto a todos los individuos, y no prescindir de cualquier verdad racional.

No es posible, pues, que el Estado o institución estable sea construido sin que éste tenga en cuenta a los hombres y mujeres de las religiones; tampoco es bueno neutralizar las visiones sustanciales de estos hombre y mujeres. Pero con una condición: que los hombres y mujeres religiosos rompamos drásticamente con los fundamentalismos y los integrismos. Veamos, pues, cómo pueden comportarse los hombres y mujeres cristianos a la hora de construir esa institución pública, viviendo el Evangelio de Cristo. Se trata de mostrar la relevancia pública de la experiencia cristiana y, por tanto, la aportación que la vida cristiana ofrece a la sociedad plural.

La experiencia cristiana no es distinta de la experiencia humana común a todos hombres, con las diferencias objetivas que sin duda existen. De hecho, la propuesta cristiana lleva dos mil años interactuando con toda la familia humana y en todas las latitudes. Lo cual no significa que no propongamos las razones objetivas de la experiencia de fe. Por eso, el cristiano siempre ha de anunciar el Evangelio o lo esencial cristiano (Kerigma), y ha de hacer su profesión de fe; tampoco puede dejar de dar testimonio de su fe eclesial. Si así lo hiciera empobrecería a la familia humana. La acción de los cristianos, pues, ha de acontecer en la esfera pública, proponiendo no imponiendo. Y es que “no existe la fe desnuda o la religión pura. Concretamente, cuando la fe dice al hombre quién es y cómo debe comenzar a ser hombre, la fe crea cultura. La misma fe es cultura” (Benedicto XVI). La fe cristiana, ofreciendo al ser humano una hipótesis interpretativa de la realidad, produce cultura; a su vez, la cultura interpreta la misma fe. Mientras dure la historia, la fe judía y la cristiana, que es un don de Dios que se ha comprometido con la historia, tienen inevitablemente que ver con las formas concretas con que, también en la sociedad plural de hoy, se viven el nacimiento, la vida y la muerte, el amor y el dolor, el trabajo y el descanso, y así todos los aspectos de la existencia.

 

 

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo, Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.