“La gente del mar reclama nuestra atención”, recuerda el mensaje del apostolado del mar

El 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, la Iglesia celebra el Día de las gentes del mar. El departamento de Apostolado del Mar, dentro de la Comisión Episcopal de Migraciones, ha preparado los materiales para esta jornada que lleva por lema “La gente del mar reclama nuestra atención”.

De hecho, el obispo promotor de este Apostolado, Mons. Luis Quinteiro Fiuza, aprovecha su mensaje para recordar que son muchas las situaciones de dificultad y dolor que implican estas tareas y denunciar las condiciones laborales en las que a veces trabajan. “La Iglesia, lejos de ser insensible, -destaca el prelado- vive una profunda preocupación ante estas realidades. Muestra de ello es el amparo del apostolado del mar en el recientemente creado Dicasterio para el Desarrollo Integral, por el que el papa Francisco ha mostrado una especial cercanía e implicación personal. La respuesta no es solo estructural sino que se hace visible y cercana a través de muchos cauces entre los que destaca la realidad de las parroquias”.

“La gente del mar reclama nuestra atención”
Festividad de la Virgen del Carmen – Lunes, 16 de julio de 2018

Mensaje obispo promotor

Cartel

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Mensaje para la Jornada de la Pastoral del Mar

La gente de la mar reclama nuestra atención

Día de las gentes del mar 2018

Nuevamente dirigimos nuestro cuidado e interés hacia la gente de la mar y a la sociedad para difundir el mensaje eclesial que invita a todos a prestar nuestra seria atención y plegaria por todas las personas que desde su sacrificado esfuerzo en los trabajos de la mar tanto enriquecen a la sociedad y a quienes debemos estar tan agradecidos. Nos inspira como siempre la solicitud amorosa de la Virgen del Carmen, que nos indica siempre el seguimiento de Cristo y su servicio, también en este caso, a la gente de la mar.

«¿Maestro, no te importa que perezcamos?» (Mc 4, 38)

La pregunta describe la angustia vivida por los discípulos en el seno de una tormenta en el mar, que les sobresaltó de una forma sorpresiva y sin capacidad de respuesta.

La pregunta resuena en los problemas que en nuestro tiempo se siguen viviendo en el ámbito del trabajo en el mar. No son pocas las tragedias marineras tenidas en España ni las dificultades y luchas que la honrada gente marinera debe afrontar que no deben quedar en el olvido ni ser solo página de sucesos momentánea que provoque una solidaridad de corto plazo, sino que hay que mantener la mirada atenta y el corazón dispuesto para que este servicio sea tratado permanentemente en justicia, sobre todo en los casos más vulnerables. No se trata de tormentas climatológicas, sino de las tormentas simbólicas que fueron afrontadas en el reciente XXIV Congreso Mundial del Apostolado del Mar celebrado en Kaohsiung (Taiwan), el pasado otoño; y que afrontó el tema de la pesca, el tráfico de los seres humanos y el trabajo forzado con especial afectación a mujeres y niños. Y tampoco debemos olvidar el impulso recibido en la Asamblea del Apostolado del Mar celebrada en A Coruña el pasado septiembre, que nos empujaba a mantener el ritmo de una Iglesia en salida desde la fuerza de la fe ante todos los obstáculos.

Son muchas las situaciones de dificultad y dolor que implican estas tareas. A las irrenunciables del duro trabajo, de la distancia con las familias (no debemos olvidar la numerosa cantidad de emigrantes trabajando en estos ámbitos), del peligro aparejado al mundo de la mar; se suman las que son fruto de la injusticia, como la falta de salarios dignos, la ausencia de sistemas de comunicación que permitan acortar las distancias físicas con los seres queridos, y otras particulares que constituyen verdaderos atentados a la dignidad de la persona, como trabajos que se acercan a descripciones más propias de la esclavitud, enfermos abandonados en los puertos o incumplimiento de las condiciones estipuladas en un contrato.

La Doctrina Social de la Iglesia contiene desde el más puro espíritu evangélico respuestas adecuadas para ello, que nos hacen vivir nuestra fe unida a un compromiso rotundo por la dignidad humana en cuanto que todos somos hijos de Dios.

«¿Por qué estáis con tanto miedo?» (Mc 4, 40)

La Iglesia, lejos de ser insensible, vive una profunda preocupación ante estas realidades. Muestra de ello es el amparo del apostolado del mar en el recientemente creado Dicasterio para el Desarrollo Integral, por el que el papa Francisco ha mostrado una especial cercanía e implicación personal.

La respuesta no es solo estructural sino que se hace visible y cercana a través de muchos cauces entre los que destaca la realidad de las parroquias: «comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero»1 . Etimológicamente, parroquia significa el lugar donde vivir “junto a”, donde “habitar en vecindad”, y cumple su vocación gracias al esfuerzo de toda una comunidad que quiere abrir sus puertas a los que transitan por ella para que puedan sentir el calor de un «segundo hogar», por distante que pueda estar del propio.

No olvidemos que «la comunión eclesial, aun conservando siempre su dimensión universal, encuentra su expresión más visible e inmediata en la parroquia. Ella es la última localización de la Iglesia; es, en cierto sentido, la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas»2 . Es necesario que todos volvamos a descubrir, por la fe, el verdadero rostro de la parroquia; o sea, el «misterio» mismo de la Iglesia presente y operante en ella.

Se trata de una comunidad sensible ante las urgencias de la gente de la mar y sus familias que reclaman nuestra atención. Y que debería ser cada vez más creciente. El encuentro con ellos se convierte en ocasión para comprender el paso de Dios por las circunstancias de su Pueblo, especialmente por su cercanía providente en las especialmente difíciles.

La gente de la mar navega con sabiduría entre los oleajes propios de su oficio y entre los oleajes de las injusticias descritas. En ellos se forja su respuesta al Señor y se convierten en testimonio de «la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios»3.

«Pues, ¿quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?» (Mc 4, 41)

El mar se convierte en espacio privilegiado para la experiencia de fe. Por cómo la protagonizan quienes bregan con sus dificultades y por el testimonio de acogida que pueden ofrecer quienes esperan en la orilla. Con toda seguridad, la experiencia se puede vivir con mayor intensidad en el encuentro entre ambas perspectivas. Diócesis, parroquias marineras, cofradías, asociaciones, instituciones sociales, etc. tenemos una responsabilidad especial en el apoyo y la acogida que debe ser continuamente renovada y actualizada.

Pidamos a Dios, a quien el mar y el viento obedecen, ser capaces de mostrar en estas claves nuestro compromiso de fe, teniendo como estrella segura a María la Virgen del Carmen, a la que tan emocionadamente llamamos y cantamos tantas veces como Estrella de los Mares. Que nuestro canto se prolongue en el compromiso cristiano con la gente de la mar.

A cuantos les ayudan y apoyan, y a ellos mismos, les enviamos nuestra bendición y afecto con la alegría por celebrar este día.

Luis Quinteiro Fiuza, Obispo de Tui-Vigo. Obispo Promotor del Apostolado del Mar

(Conferencia Episcopal Española)

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