El Pan de la Palabra. Solemnidad de la Santísima Trinidad

Mons. José María Yanguas              Tras las fiestas pascuales que concluíamos el domingo pasado con la solemnidad de Pentecostés, este domingo celebramos la de la Santísima Trinidad. Al escuchar este nombre inmediatamente nos viene a la cabeza el galimatías: un solo Dios verdadero, tres personas diferentes. El misterio de la Santísima Trinidad puede parecer a veces un juego de palabras con el que los teólogos juegan a hablar de Dios. Pero el misterio de la Trinidad, centro de nuestra fe cristiana (hemos sido bautizados en el hombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo), es un misterio que ante todo ha de ser vivido.

Si existe una figura que nos puede ayudar a dar el paso del pensar a Dios Trinidad a vivir a Dios Trinidad, ésa es la de Agustín de Hipona, San Agustín. Cuenta la tradición que una vez que Agustín se convierte, paseando por la playa se encuentra con un niño llevando cubos de agua del mar a un pequeño agujero escavado en la arena. Agustín le pregunta qué hace. Y el niño le responde: “Metiendo todo el agua del mar en este agujero”. Agustín le indica que eso es imposible ante la inmensidad del mar y la pequeñez del agujero. Y el niño le contesta: “Más difícil es que tú puedas meter en tu cabeza el misterio de la Trinidad que yo todo el agua del mar en este agujero”. Y así fue. San Agustín se dedicó a vivir el misterio de la Santísima Trinidad en su día a día. Por eso, tenemos que aprender de Agustín: la Trinidad no se piensa, se vive en el día a día. ¿Cómo podemos vivir este misterio?

 Agustín lo primero que descubre, y así lo expresa en sus Confesiones, es que perdió mucho tiempo buscando por caminos equivocados: “Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, el que está por encima de todo, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad, y la vida, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría por la que creaste todas las cosas. ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”. A muchos de nosotros nos sucede algo parecido. Andamos buscando a Dios fuera, en mil cosas, en mil experiencias, y nos olvidamos de vivir hacia dentro, de buscar y bucear dentro de nosotros mismos donde nos habita Dios-Trinidad.

 Precisamente la segunda lectura de este domingo tomada de la carta a los Romanos nos invita a esto, a dejarnos llevar por el Espíritu que nos ha dado Dios y que vive dentro de nosotros, un Espíritu que concuerda con nuestro espíritu y da testimonio: somos hijos de Dios, tenemos un espíritu de hijos para vivir en la confianza de quien puede llamar a Dios “Padre, como Jesús lo llamaba “Abba”. El creyente, pues, vive el misterio de la Trinidad cuando se abandona, cuando confía profundamente en este Dios-Amor que no es solitario (es Padre, Hijo y Espíritu Santo). Quien vive este misterio vive confiado en las manos de Dios, no teme nada, porque sabe de quién es hijo; es hijo del Amor. “Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo”, dice Agustín. Quien no vive este misterio no sabe, no experimenta, no saborea la compañía de Dios; en cambio, quien vive la Trinidad es capaz de saborear todo ese amor que Dios nos tiene, es capaz de intuir ese misterio de Dios-Amor que se ha manifestado en Jesús de Nazaret.

 La lectura del libro del Deuteronomio muestra la experiencia de encuentro entre Dios y el pueblo de Israel. Un Dios que ha manifestado su misterio de amor saliendo al encuentro de un atajo de esclavos en Egipto y mostrándoles su cercanía, su salvación. Ese Dios se ha manifestado definitivamente y como nunca lo había esperado ni soñado el ser humano en Jesús de Nazaret. Dios no es un Dios abstracto, una idea, un Dios lejano y distante. ¡¡¡No!!! Dios es hombre, se ha hecho carne, y en Jesús de Nazaret la Palabra eterna, el misterio que narra y cuenta a Dios, se ha explicado como nunca: se ha hecho palpable, amigo… San Agustín nos dice que fue Jesús el que le condujo a hacer esta experiencia de Dios: “Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, el que está por encima de todo”. Jesús es quien nos introduce en esta experiencia de Dios y por eso, cuando envía a sus discípulos, lo hace con la tarea de bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, es decir, sumergir, introducir a otros en el gran misterio de Dios.

 Jesús fue el que vivió el misterio de Dios. No tuvo grandes discursos sobre Dios. Lo que hizo fue dejarse mover por el Espíritu de Dios, por su fuerza, y vivir siempre confiando en Dios Padre y en su voluntad. Y esto lo hizo en su día a día, viviendo el amor, perdonando, sirviendo, buscando momentos de intimidad con Dios en la noche y en la montaña para conversar con Él, hasta el extremo de dar su vida por nosotros.

 Éste es nuestro Dios, este es el misterio que hoy celebramos. Un Dios con olor y sabor a hogar familiar, un Dios familia: un Padre bueno con entrañas de Madre; un Hijo que se ha hecho carne en Jesús, quien se ha quedado en ese Pan de vida que Dios siempre dispone en la mesa de la Eucaristía para todos sus hijos e hijas; un Espíritu que lo invade todo, que impregna con su buen olor y con su fuerza este hogar de Dios que es el mundo y que es el corazón de cada uno de nosotros.

 “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” es lo que dice a los discípulos el Señor y es la certeza desde la que el creyente puede vivir en confianza el misterio de Dios y sumergirse en Él en medio de todas las vicisitudes de la vida.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).