La castidad construye lo humano y sagrado de la persona

Mons. Francisco Pérez          Estamos llevando hasta los últimos extremos vivencias que tienen sus raíces en la famosa proclamación de la liberación sexual. Se ha considerado que esta corriente iba a ser un impulso hacia la libertad y hacia una humanización más madura. Y ha resultado ser todo lo contrario: una esclavitud que nada tiene de libertaria. El ser humano, por varias razones, siempre se tropieza sobre la misma piedra. En toda la historia de la humanidad se ha luchado para reaccionar contra los vicios que impiden mirar a la persona como un don sagrado. De ahí se deduce lo que nos indica la Sagrada Escritura: “Lo que sale del hombre es lo que hace impuro al hombre. Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre” (Mc 7, 20-23). Lo que contamina la interioridad del ser humano es la soberbia y es uno de los pecados que llevan en su fardo todos los vicios y ellos conducen al pecado mortal que rompe la relación con Dios. Si algo grande hay en la persona es que está creada a imagen de Dios que es amor.

La lujuria, la fornicación y el adulterio son manifestaciones que destruyen lo más bello que hay en el ser humano. Conviene recuperar la pureza de costumbres y la pureza del corazón. No se puede destruir la hermosura que Dios ha puesto en la creación y de modo especial en la persona humana. Las consecuencias son muy elocuentes y según se busque una u otra, los frutos son distintos. Si se parte de vivir con egoísmo se consigue amargura, malestar y vicio. “La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2338). Si se parte del respeto a la persona y se orienta la sexualidad con la dignidad y pureza de vida y costumbres, se llegará a la castidad que significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual.

La educación sobre el respeto al propio cuerpo parte desde que somos pequeños. La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. “El dominio de sí es una obra que dura toda la vida. Nunca se la considerará adquirida de una vez para siempre. Supone un esfuerzo en todas las edades de la vida. El esfuerzo requerido puede ser más intenso en ciertas épocas, como cuando se forma la personalidad, durante la infancia y la adolescencia” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2342). Si no hay esta lucha de atleta después no nos escandalicemos. La sexualidad es un lenguaje que conviene aprender bien puesto que el amor armoniza al matrimonio que tiene como finalidad la unión y la procreación, al consagrado en su fortaleza para vivir la virginidad como signo del futuro eterno, al célibe como entrega generosa para anunciar el Reino de Dios a todos los que sirve.

La castidad tiene como unas leyes de crecimiento y aunque se den circunstancias de imperfección, esto no debe ser obstáculo para crecer y madurar. Quien lucha al amparo de la gracia de Dios “irá realizando el bien moral según las diversas etapas de crecimiento” (Juan Pablo II, Familiaris Consortio, nº 34). Lo peor que puede suceder es la banalización de la sexualidad como si de un juego se tratara y que en cada edad se utilice de una forma distinta. Es muy fácil dejarse llevar por los impulsos y la cultura imperante que promueve, de una forma depredadora, no vivir con madurez la sexualidad. Como consecuencia se hace presente la promiscuidad que poco a poco deteriora a la persona. Todo esto ha llevado a un aumento de conflictividad en la convivencia, por no decir, que se ha convertido en una de las primeras causas de divorcio y rupturas según afirman los abogados matrimonialistas. Al final la fidelidad se desvanece y desaparece.

Es el momento para proclamar sin ambigüedades y sin tapujos que la castidad “representa una tarea eminentemente personal; implica también un esfuerzo cultural, pues el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la sociedad misma están mutuamente condicionados. La castidad supone el respeto de los derechos de la persona, en particular, el recibir una información y una educación que respeten las dimensiones morales y espirituales de la vida humana” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2344). La castidad al ser una virtud moral se ha de cuidar con mucho esmero y es un don que Dios, con su gracia, nos ayuda a vivirla. Recemos a la Virgen María para que nos ayude en este proyecto maravilloso que dignifica a la persona y a la sociedad.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).