“Fake news y periodismo de paz”

Mons. Julián Barrio         El Concilio Vaticano II en su decreto “Inter Mirifica”, con un lenguaje estilista, elegante, profundo e, incluso, poético, de los años conciliares, nos recordaba que “entre los maravillosos inventos de la técnica que, sobre todo en estos tiempos, el ingenio humano, con la ayuda de Dios, ha extraído de las cosas creadas, la madre Iglesia acoge y fomenta con especial solicitud aquellos que atañen especialmente al espíritu humano y que han abierto nuevos caminos para comunicar con extraordinaria facilidad noticias, ideas y doctrinas de todo tipo. Entre tales inventos sobresalen aquellos instrumentos que, por su naturaleza, pueden llegar no sólo a los individuos, sino también a las multitudes y a toda la sociedad humana, como son la prensa, el cine, la radio, la televisión y otros similares que, por ello mismo, pueden ser llamados con razón medios de comunicación social”[1]. A la Iglesia no le ha sido nunca ajena la labor de comunicación. ¡Cómo lo iba a ser si su tarea desde el comienzo fue proclamar a los cuatro vientos la “buena noticia”, el evangelio, que había anunciado Jesús de Nazaret!

La Iglesia no se ha recluido nunca en el silencio, ha apostado siempre por la difusión de su mensaje y lo ha hecho históricamente con los instrumentos técnicos propios de cada momento: desde el pergamino (cf. 1Tim 4,13) que se utilizaba en los tiempos de los apóstoles hasta los modernos terminales que hoy nos conectan en la red digital.

Ese interés por la comunicación viene siendo acreditado por el mensaje que los papas dirigen a los profesionales de los medios en la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, una iniciativa que alcanza este año su LII edición y que el papa Francisco ha querido dedicar a un tema tan sugestivo como “Fake news y periodismo de paz”. En estos tiempos nada parece más aconsejable que reflexionar, como propone el Pontífice, sobre la presencia de la verdad en los mensajes que los medios transmiten a sus receptores. “Quisiera”, dice Francisco, “ofrecer de este modo una aportación al esfuerzo común para prevenir la difusión de las noticias falsas, y para redescubrir el valor de la profesión periodística y la responsabilidad personal de cada uno en la comunicación de la verdad”[2].

Este fenómeno de la difusión masiva de noticias falsas se ha convertido no sólo en una realidad en los medios de comunicación considerados clásicos o tradicionales, prensa escrita, radio o televisión, sino en una clara amenaza en los nuevos canales de difusión propios de las redes sociales, un entramado en el que los agentes que participan no tienen ataduras a lo que en el universo periodístico se consideran códigos éticos o comportamientos deontológicos. El Papa afirma que la expresión “fake news” se refiere “a informaciones infundadas, basadas en datos inexistentes o distorsionados, que tienen como finalidad engañar o incluso manipular al lector para alcanzar determinados objetivos, influenciar las decisiones políticas u obtener ganancias económicas[3].

Convendría recordar que el fenómeno de la comunicación siempre es una realidad social, comunitaria. En el fondo, comunicar es darse, entregar al otro lo que uno sabe, lo que uno conoce. Es una relación personal, de persona a persona. Por eso es tan importante que se garantice la verdad de lo que se transmite, porque de no ser así la propia persona podría verse dañada.

Francisco insiste en que esta “lógica de la desinformación” utiliza un “lenguaje engañoso”que “termina por ofuscar la interioridad de la persona”[4]. Idéntica preocupación por las noticias falsas muestran en nuestra nación la Asociación de Medios de Información, quien hace pocos días difundía un manifiesto en el que se abogaba por defender la verdad como valor supremo” y luchar “contra la proliferación de las llamadas ‘noticias falsas’[5]; o la Federación de Asociaciones de la Prensa (FAPE), quien también en  un reciente comunicado señalaba que “la libertad de prensa y libertad de expresión van unidas porque para que la primera sea realmente efectiva es necesario que la segunda esté protegida, sobre todo en estos tiempos de proliferación de falsas noticias que buscan precisamente vaciar de contenido tales derechos para minar las bases de nuestra democracia mediante la desinformación y la injerencia en los procesos electorales”[6].

Hoy, como ayer, y como mañana, no hay nada más liberador que hablar de la verdad de las cosas, que anunciar la naturaleza propia de cada acontecimiento informativo en su justa dimensión. Al comunicar noticias, al difundir ideas, al entretener con los contenidos de los medios, no se debe perder el horizonte de la trascendencia y de la dignidad de la persona. La comunicación no debe caer en la tentación de convertirse en un espectáculo. El papa Francisco nos recuerda que “el mejor antídoto contra las falsedades no son las estrategias, sino las personas”.

Y apela al papel decisivo de los comunicadores, de los periodistas: “si el camino para evitar la expansión de la desinformación es la responsabilidad, quien tiene un compromiso especial es el que por su oficio tiene la responsabilidad de informar, es decir: el periodista, custodio de las noticias. Este, en el mundo contemporáneo, no realiza sólo un trabajo, sino una verdadera y propia misión. Tiene la tarea, en el frenesí de las noticias y en el torbellino de las primicias, de recordar que en el centro de la noticia no está la velocidad en darla y el impacto sobre las cifras de audiencia, sino las personas[7].

De ahí que la Iglesia apueste por un “periodismo de paz”, un periodismo “sin fingimientos, hostil a las falsedades, a eslóganes efectistas y a declaraciones altisonantes; un periodismo hecho por personas para personas, y que se comprende como servicio a todos, especialmente a aquellos –y son la mayoría en el mundo– que no tienen voz; un periodismo que no queme las noticias, sino que se esfuerce en buscar las causas reales de los conflictos, para favorecer la comprensión de sus raíces y su superación a través de la puesta en marcha de procesos virtuosos; un periodismo empeñado en indicar soluciones alternativas a la escalada del clamor y de la violencia verbal[8].

En ese camino de búsqueda de lo humano en la construcción de la verdad de la comunicación, los editores, los profesionales y los trabajadores de los medios contarán siempre con el apoyo y la gratitud de la Iglesia, que quiere seguir siendo maestra de humanidad.

Os saluda con afecto y bendición en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

Mons. Julián Barrio Barrio
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D. Julián Barrio Barrio preside la Iglesia Compostelana desde el día 25 de febrero de 1996, fecha en que tomó posesión de la Sede para la que había sido nombrado por el Papa Juan Pablo II el día 5 de enero del mismo año. Cuando este evento se produjo, llevaba ya dos años con nosotros. Había llegado desde la Iglesia hermana de Astorga el día 7 de febrero de 1993 en pleno Año Jubilar, siendo consagrado en nuestra Catedral como Obispo Titular de Sasabe y Auxiliar de su antecesor. Desde octubre de 1994 hasta su nombramiento gobernó la archidiócesis como Administrador Diocesano. Nació en Manganeses de la Polvorosa, provincia de Zamora y Diócesis de Astorga, el 15 de Agosto de 1946. Cursó los estudios de Humanidades y de Filosofía en el Seminario Diocesano de Astorga. Distinciones: - Medalla de Honor de la Universidad en la Licenciatura de Historia de la Iglesia en la Facultad de Historia de la Universidad Pontificia Gregoriana (1974). - Medalla de Oro en el Doctorado en la Facultad de Historia de la Iglesia de la Universidad Pontificia Gregoriana (1976). - Medalla de Oro de la Ciudad de Santiago y Título de Hijo Adoptivo. - Caballero de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén. Miembro de la Confraternidad de Nosa Señora da Conceçao. - Capellán Gran Cruz Conventual “Ad honores” de la S. O. Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén de Rodas y de Malta. - Medalla de oro del Concello de Vila de Cruces. Premio de Santa Bona de la Ciudad de Pisa (Italia). Títulos Académicos: Es Licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca (1971), Doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1976) y Licenciado en Filosofía y Letras, Sección de Geografía e Historia, por la Universidad de Oviedo (1979). Publicaciones: - Félix Torres Amat (1772-1847), Un Obispo reformador, Roma 1977. - La Junta de ancianos de la iglesia de Gibraltar: Anthologica Annua. - Aportación para un epistolario de Félix Torres Amat: Anthologica Annua. - Proceso a un clérigo doceañista: Astorica. - 25 Años de Postconcilio en el Seminario: 25 Años de Ministerio episcopal en la Iglesia Apostólica de Astorga, Astorga 1993. - La formación de los sacerdotes del mañana, (1989). - Peregrinar en Espíritu y en verdad. Escritos Jacobeos (2004). - Peregrinando en esperanza. Lectura creyente de la realidad actual (2007). Cargos: - Bibliotecario del Instituto Histórico Español, anejo a la Iglesia Nacional Española de Santiago y Montserrat en Roma, de donde fue Becario. - Secretario de Estudios y Vice-Rector del Seminario Mayor Diocesano de Astorga (1978-1980). - Rector del Seminario Mayor Diocesano y Director del Centro de Estudios Eclesiásticos del Seminario de Astorga (1980-1992). - Profesor de Historia Eclesiástica en el Seminario Mayor y de Historia de España en 3º de BUP y de Contemporánea en COU en el Seminario Menor (1980-1992). - Profesor de la UNED en la sección delegada de Valdeorras en A RUA PETIN (1991-1993). - Miembro del Consejo Nacional de Rectores de Seminarios (1982-1985). - Miembro del Consejo de Consultores del Obispo de Astorga. - Secretario del Consejo Pastoral Diocesano de la diócesis de Astorga (1991-1992). - Nombramiento de Obispo Auxiliar de Santiago de Compostela el 31 de Diciembre de 1992. Ordenación episcopal el 7 de Febrero de 1993. Responsable de la sección de los Seminarios Mayores en la Comisión Episcopal de Seminario y Universidades de la Conferencia Episcopal Española. - Obispo Administrador Diocesano de la Archidiócesis de Santiago desde octubre de 1994. - Nombrado Arzobispo de Santiago de Compostela el 5 de enero de 1996, de cuya Sede toma posesión el 25 de febrero. - Presidente de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la Conferencia Episcopal Española (1999-2005). - Miembro de la Permanente de la Conferencia Episcopal Española (Marzo 1999…). - Presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar (Marzo 2005-2011). - Miembro del Comité ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española (2011…).