Un canto al amor

Mons. Ciriaco Benavente        La página del evangelio de San Juan, que escucharemos este domingo, es parte de las últimas confidencias de Jesús a sus discípulos antes de morir. Desvela el secreto y el motivo último que impulsaba su vida, y que, a su vez, había de impulsar y guiar a la comunidad que nacería de su muerte y resurrección: “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado. No hay amor más grande que dar la vida por aquellos a los que se ama… Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Si sois mis discípulos, permaneceréis en mi amor, como yo amo a mi Padre y permanezco en su amor. Os digo esto para que compartáis mi alegría, para que también vosotros seáis colmados de gozo”.

La iniciativa y la fuente es el abismo invisible de Dios, que es amor. Este amor ha tomado rostro visible y calor de entrañas humanas en la encarnación del Hijo. Vivir, anunciar y expandir ese amor es la misión y encomienda que Jesús confía a sus seguidores. El premio es participar en la alegría misma de Dios.

El texto es un canto al amor. En unos pocos renglones las palabras “amor”, amar”, “amigo” se repiten, como un estribillo incansable, hasta once veces.

La palabra “amor”, de tanto usarla, ha acabado devaluándose. “Hay palabras, que al bien decirlas nos sentimos bendecidos por ellas, mientras que otras por el contrario al mal decirlas terminan siendo malditas; desgastadas y desangradas ellas terminan pervirtiéndonos a nosotros. Sólo recobrarán su belleza y fecundidad originarias cuando un genio o un santo, pasándolas por su alma, las profiera de nuevo” (G. de Cardedal).

Uno no puede por menos de asombrarse ante el ‘movimiento’ que circula en estas páginas evangélicas:una especie de danza interior, de frases concéntricas que aparecen desaparecen y vuelven, de olas que revientan como una cascada que viene de lo alto, de Dios, y que vuelven a su fuente. El amor, como el bien, es expansivo, es como un río que deja de serlo si se estanca. La medida del amor es darse sin medida. Y al final de esta revelación, ¡la alegría!

Es un buen ejercicio pararse a imaginar lo que sería un mundo sin amor. Sin amor entre los esposos, sin amor entre padres e hijos, sin amor entre vecinos: Todos ignorados unos de otros o, a lo más, reducidos a instrumentos de los que echamos mano en función de la propia utilidad o el propio gusto. ¡Qué mundo más frío! Un escritor, Sastre, que llegó a imaginarlo, concluyó con la frase más pesimista jamás pronunciada. “El infierno son los otros”.

Es lo contrario de lo que proclama Juan Pablo II en aquella síntesis de antropología cristiana que fue su primera encíclica: “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, sino se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”(RH 10).

En este día son muchas las parroquias que celebran la Pascua del Enfermo. Jesús, en consonancia con lo que venimos diciendo sobre el amor, apostó fuerte por la salud y por los enfermos. No pocas vicisitudes de su vida pública se escribieron rompiendo lanzas en favor de los enfermos, saltándose incluso lo que algunos dirigentes judíos consideraban leyes intocables, como el rígido descanso sabático. Su objetivo no fue convertirse en un médico ambulante. Pero lo cierto es que se acercó a los enfermos, convivió con ellos, se solidarizó con sus dolores, “curó a muchos” de las heridas del cuerpo y, sobre todo, de las heridas del alma, nos invitó a hacernos samaritanos de todos los caídos y maltratados por la vida. Y, lo que es más, “asumió nuestros dolores” hasta la muerte. Es lo que nos recuerda permanentemente quienes colaboran en nuestras parroquias en la atención a los enfermos: que nuestro papel como comunidad cristiana es el mismo de Jesús.

Por eso hoy queremos expresar nuestra admiración y gratitud a quienes trabajan en este campo de la actividad eclesial, así como a todos los que cuidan de los enfermos y a los profesionales que luchan en favor de la vida impregnando su competencia técnica con el bálsamo del amor.

+ Ciriaco Benavente Mateos

Obispo de Albacete

Mons. Ciriaco Benavente Mateos
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Mons. D. Ciriaco Benavente Mateos nació el 3 de enero de 1943 en Malpartida de Plasencia, provincia de Cáceres y diócesis de Plasencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Plasencia y fue ordenado sacerdote el 4 de junio de 1966. Es Graduado Social por la Universidad de Salamanca (1971). Comenzó su ministerio sacerdotal en el pueblo salmantino de Béjar, donde fue coadjutor, de 1966 a 1972, y luego párroco, de 1973 a 1979, de la Parroquia de San Juan Bautista. Desde 1979 a 1982 fue Rector del Seminario de Plasencia y Delegado Diocesano del Clero entre 1982 y 1990. Este último año fue nombrado Vicario General de la diócesis, cargo que desempeñó hasta su nombramiento episcopal. El 22 de marzo de 1992 fue ordenado Obispo en Coria. Obispo de la diócesis de Coria-Cáceres hasta diciembre de 2006. En la Conferencia Episcopal Española ha sido Presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones desde 1999 hasta 2005. En la Conferencia Episcopal Española en la actualidad es miembro de las Comisiones Episcopales de Migraciones y de Pastoral Social. Con fecha 16 de octubre de 2006 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Albacete, tomando posesión de la sede el día 16 de diciembre de 2006.