No sois siervos, sino amigos

Mons. Demetrio Fernández            La relación que Jesús quiere establecer con nosotros, con cada uno de nosotros, es una relación de amistad, no una relación de esclavitud. “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15). La amistad hace a dos personas iguales, sin dependencias ni prepotencias. Jesús nos quiere amigos, no siervos. Jesús nos ofrece su amistad, se iguala con nosotros, para igualarnos a nosotros con él.

Se trata, además, de una amistad en la que el mismo Jesús tiene la iniciativa: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido y os he destinado para que deis fruto”. Cuántas veces nos parece que esta amistad la hemos empezado nosotros, y no es así. A nosotros nos toca secundarla, alimentarla, corresponderla. Pero la amistad con Jesús la ha empezado él, por eso es duradera. Por eso, aunque se rompa o se debilite, puede volver a reanudarse o fortalecerse, porque él es fiel y no se arrepiente de llamarnos amigos, e incluso está dispuesto a devolvernos la amistad perdida perdonándonos.

Ya desde antiguo se preguntaban: “Pero, ¿qué nación grande hay que tenga un dios tan cerca de ella como está el Señor nuestro Dios, siempre que le invocamos?” (Dt 4,7). La venida de Jesús en carne ha desbordado toda expectativa en este sentido. Pues no es sólo que Dios está cerca de nosotros, como afirmaban nuestros padres en el Antiguo Testamento, sino que Dios se ha acercado en su Hijo Jesucristo, hecho hombre como nosotros, para entablar con nosotros una relación de amistad de igual a igual, dándonos su Espíritu Santo. Más aún, “al que me ama…, mi Padre le amará y vendremos a él y haremos nuestra morada en él” (Jn 14,23). No cabe mayor cercanía, pues la amistad pone en común los bienes de uno y de otro, y Dios nos da su misma vida, nos da su Espíritu Santo, poniendo su morada en nuestro mismo corazón.

Estamos llamados al amor, nuestra vocación es amar: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo… permaneced en mi amor” (Jn 15,9). Pero en el origen de este amor está el sentirnos amados previamente. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10). El amor de Dios nos “primerea”, gusta decir el papa Francisco, es decir, se nos adelanta, es anterior a nosotros.

La consecuencia inmediata es la de corresponder a esa amistad. “Amor saca amor” (Sta. Teresa), es decir, sentirse amado suscita en nosotros amor. Amor, en primer lugar, a quien tanto nos ama. “La oración es tratar de amistad estando a solas muchas veces con quien sabemos que nos ama” (Sta. Teresa, V 8,5). La oración no es una obligación que brota de mí, una práctica de piedad que yo me impongo. La oración ante todo es caer en la cuenta de que soy amado, de que las Personas divinas viven en mi alma y complacerse en ello muchas veces. Eso es lo que alimenta el amor en nuestro corazón.

Y junto a este caer en la cuenta y corresponder al amor de Dios, “si Dios nos amó de esta manera, también nosotros hemos de amarnos unos a otros” (1Jn 4,11). El amor al prójimo no brota de una decisión voluntarista, sino de un desbordamiento que se traduce en servicio a los demás para corresponder de alguna manera al amor que Dios nos tiene. El amor de solidaridad con los demás, el amor del buen samaritano que se acerca al descartado en la cuneta de la vida brota en nuestro corazón como una prueba irrefutable de que nos sentimos amados y agradecidos al amor de Dios, y queremos servirle en aquellos que le representan, los indigentes.

“Si alguno dice «amo a Dios» y no ama a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn 4,20). Amor a Dios y amor al prójimo van unidos siempre, más aún dependen mutuamente. No puede darse el uno sin el otro. La Pascua de Cristo muerto y resucitado ha renovado las relaciones humanas en el amor gratuito, que procede de Dios y se desborda en el amor a los demás.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba.

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.