La vid y los sarmientos

Mons. José Manuel Lorca           «Permanecer en mí, como yo en vosotros» (Jn 15, 4). Existen palabras que te tumban, que son para recordarlas siempre y una de ellas la escucharemos en este texto del Evangelio: permanecer. Esta palabra de la parábola de la vid y los sarmientos configura lo que, por voluntad de Cristo, debe ser la Iglesia en su estructura interna. El permanecer en Cristo significa un vínculo vital con Él, fuente de vida divina. Cristo llama a la Iglesia a la existencia y su deseo es que sea una comunidad de creyentes vivos. Le hemos oído decir a Jesús que el que permanece en Él dará mucho fruto y la clave de esta experiencia de cercanía está, pues, en saber permanecer, en quedarte con el Señor y no dejarte llevar por cualquier viento de doctrina, como diría San Pablo. Si hubiera que definir la sabiduría hoy, sin duda tendría que ser en estos términos: el que ha decidido permanecer. Esta propuesta del Señor no es una aventura fácil, porque permanecer fiel a tus semejantes, a los compromisos asumidos, a tus ideales o al mismo Dios, es imposible, si cuentas tan sólo con las propias fuerzas. Pero, como dice Von Balthasar, «la fidelidad del hombre implica la fidelidad de Dios, pues el deseo humano de fidelidad no se realizaría nunca si no contara con Él». Por eso, podemos estar seguros que Dios es fiel y que nos ayudará a saber permanecer.

El Buen Pastor sigue saliendo a los cruces de los caminos y sigue invitándonos a seguirle. Seguir a Jesús significa muchas veces no sólo dejar las ocupaciones y romper los lazos que hay con el mundo, sino también distanciarse de la agitación en la que te encuentras e incluso dar los propios bienes a los pobres. Pero es una aventura que atrae especialmente, en el fondo te sientes seducido por el Señor de tal manera que es imposible decirle que no. No todos son capaces de hacer ese desgarrón radical: no lo hizo el joven rico, a pesar de que desde niño había observado la Ley y quizá había buscado seriamente un camino de perfección, pero «al oír esto (esa invitación de Jesús), se fue triste, porque tenía muchos bienes» (Mt 19, 22; Mc 10, 22). Sin embargo, otros no sólo aceptan el «sígueme», sino que, como Felipe de Betsaida, sienten la necesidad de comunicar a los demás su convicción de haber encontrado al Mesías (Cfr. Jn 1, 43 ss.). Este fenómeno es común, sentir la necesidad de seguirle, estar preparado para ponerse en camino, aunque sabes las condiciones de una manera nítida: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues el que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la salvará…» (Mt 16,24-25).

A quien llama el Señor hoy sabe perfectamente a lo que se expone, conoce lo que le pide Dios. Estamos en una época martirial, de persecuciones y de críticas, una época en la que es preciso ofrecer, al mismo tiempo que la palabra, un verdadero testimonio de vida. Recordad cómo en medio de la tormenta invitó Jesús a sus discípulos a la serenidad y a la confianza, porque Él estaba con el grupo en la misma barca ¿no creéis que nos está diciendo lo mismo hoy a nosotros?: «No tengáis miedo, hombres de poca fe«. Os pido que oréis con San Francisco de Asís: «Dios mío, concédeme serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar; valor para cambiar lo que puedo; y sabiduría para reconocer la diferencia».

Mucho ánimo y a permanecer en Dios, que nos da la fortaleza.

Mons. José Manuel Lorca
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Mons. D. José Manuel Lorca Planes nació en la localidad murciana de Espinardo, diócesis de Cartagena, el 18 de octubre de 1949. Curso los estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor "San Fulgencio“ de Murcia. Es licenciado en Teología Bíblica por la Facultad de Teología de Granada. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1975. Recibió la ordenación episcopal en Teruel el 6 de marzo de 2004. Nombrado Obispo de Cartagena el 18 de julio de 2009, tomó posesión el 1 de agosto de ese mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades.