La llamada a la santidad en el mundo actual

Card. Ricardo Blázquez               El día 9 de abril fue presentada públicamente la Exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la llamada a la santidad en el mundo actual, que había firmado en Roma el 19 de marzo en la fiesta de San José. Se titula, como es habitual, con las primeras palabras en latín ”Gaudate et exultate”; es decir, “Alegraos y regocijaos”, tomadas de Mt. 5, 12. El contexto en el que están situadas es el de la última bienaventuranza, en que el Señor, sorprendente y paradójicamente, invita a los discípulos a que se alegren cuando sean perseguidos por su causa. En el sufrimiento por el Señor hay un gozo incomprensible para el mundo.

El Papa Francisco titula este documento importante con palabras que recuerdan el gozo en el Señor, siguiendo la trayectoria de documentos anteriores. La primera Exhortación apostólica, que fue al mismo tiempo postsinodal, después del Sínodo de los Obispos sobre la evangelización, y programática de su pontificado, llevó por título Evangelii gaudium; y la Exhortación después de las dos Asambleas sinodales sobre la familia se llamó Amoris laetitia. La reiteración de las palabras que recuerdan la alegría cristiana indica que en ellas encuentra el Papa una clave para su magisterio de Obispo de Roma y de Pastor de la Iglesia universal. En nuestro mundo y en la encrucijada presente de la historia nos invita a no perder la alegría en el Señor como inspiración de nuestra vida. Nunca ha sido fácil ser cristianos y siempre es posible la alegría. Hoy rige también aquel dicho de Santa Teresa: “Un santo triste es un triste santo”. ¡Hay santos y es posible la alegría!

Los Papas últimos se sirvieron también de palabras centrales de la fe cristiana para mostrar la veta que desearon seguir en su ministerio pastoral. Juan Pablo II repitió la palabra Redentor y Benedicto XVI la palabra Caridad. Las tres: Alegría, Redentor y Caridad, son filones muy ricos. Esa música de fondo resuena en los documentos respectivos.

La Exhortación apostólica Gaudate et exultate es un documento escrito por un maestro espiritual y un experimentado en el discernimiento de espíritus. Siendo Arzobispo de Buenos Aires y antes había escrito libros sobre maestros y sobre temas espirituales interesantes; pues bien, ahora como Papa retoma aquella línea de servicio pastoral. Siendo el Sucesor de Pedro nos beneficiamos una multitud inmensa. Es un bello escrito; se lee con gusto y sin esfuerzos especiales pues es claro y atractivo; a veces pasa al lenguaje coloquial de una charla dirigida a un grupo de personas. Hay muchas frases sorprendentes por su belleza, simpatía y acierto. Yo invito cordialmente a que se lea y medite. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad en virtud del bautismo, también en nuestro tiempo; hombres y mujeres, de cualquier estado de vida y profesión.

Como es frecuente en sus charlas y escritos con una frase incisiva y directa dice más que con largas reflexiones. Nada puede sustituir la lectura reposada y estimulante de la Exhortación. Para quienes tienen una imagen de la santidad como algo raro oxigena leer esto: “Ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis” (n. 96). La santidad no es algo reservado a un corto número de personas e inalcanzable para el común de los mortales. Todos estamos llamados a ser santos, a vivir unidos a Jesús y a seguir sus huellas. Un santo no es alguien nimbado por una aureola y un cerco de luz. Piensa el Papa en santos cercanos y no distantes, “santos de la puerta de al lado” (n. 6). “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: En los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo” (n. 7). La lectura de la Exhortación es una invitación a no vivir con mediocridad que es justamente lo contrario de vivir santamente. Rompe la imagen acaramelada y desarraigada de la vida real de los santos. Un santo es una persona normal que sigue al Señor en el trabajo diario, en las pruebas frecuentes, en la fidelidad al Evangelio, acogiéndose todos los días a la misericordia de Dios. Somos, dice el Papa, “un ejército de perdonados” (n. 82).

Tiene la exhortación cinco capítulos, todos interesantes. El capítulo tercero, titulado “A la luz del Maestro”, es el central; como en la Exhortación Amoris laetitia el centro lo constituyó una especie de comentario al himno de la caridad contenido en el 1 Cor. 13, en la presente ocupan la primera parte del centro un comentario muy bello de las Bienaventuranzas y a continuación lo que llama “el gran protocolo”. En las bienaventuranzas, sigue el Evangelio de San Mateo 5, 3-12 (cf. Lc. 6, 20-23); al terminar el comentario de cada bienaventuranza con una frase lapidaria resume en qué consiste la santidad; y el Protocolo está constituido por Mt. 25, 31-46, que es como el cuestionario para el juicio final. Las bienaventuranzas brotan en el corazón evangelizado, se manifiestan en el exterior y en la vida de relaciones con otras personas. Las bienaventuranzas son como el “carné de identidad de los cristianos” (n. 63)

De entrada a este comentario edificante y luminoso se nos dice: “La palabra ‘feliz’ o ‘bienaventurado’, pasa a ser sinónimo de ‘santo’, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (n. 64). Ser santo no es ser adusto, agriado, apocado, encogido, melancólico, reservado, tristón, sino sereno, pacificado, alegre y abierto a los demás, sobre todo a los necesitados, a aquellos con los que Jesús se identificará cuando nos examine sobre el amor al atardecer de nuestra vida (Mt. 25, 31 ss. Is. 58, 7-8). Oración y servicio a los demás son inseparables. “La oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor” (n. 104).

“El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor” (n. 122). El mal humor no es signo de santidad (San Felipe Neri). Al final recuerda a María “que vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús”. “Ella nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña” (n. 176).

+ Cardenal Ricardo Blázquez

Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)