La gran paradoja

Mons. Francisco Pérez             Muchas veces nos podemos preguntar por qué lo que nos ocurre, cada día o en un cierto momento, se puede volver contra nosotros. Esta paradoja existe. La paradoja es una figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones que aparentemente envuelven contradicción:“El que quiera salvar su vida la perderá” (Mc 8, 35). Esta es la gran paradoja a la que nos invita Jesucristo. Ante este modo de pensar y de vivir nos podemos escandalizar, como ocurre frecuentemente, o nos podemos convertir que es lo más sabio e inteligente. Más de una vez nos hemos encontrado con el dolor, la enfermedad o el sufrimiento. Lo primero que hacemos es recurrir a Dios para que nos lo haga desaparecer y no para que los sepamos sobrellevar. Nos acosan circunstancias que no entendemos porque nos parecen absurdas e injustas. Y es verdad cuando las miramos con nuestros propios criterios. Pero cuando las miramos con la experiencia que Cristo nos mostró ya no es tan absurdo o injusto.

Por eso Jesucristo dice a los suyos: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará” (Mc 8, 34-35). No dejemos que el racionalismo que tanto daño puede hacer e invada nuestra existencia. Es fácil dejarse llevar por puros sentimientos o por un hedonismo estéril. “El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2015). Este es el gran reto ante el que nos encontramos y ante el que tal paradoja evangélica se hace sentir.

Cuenta una leyenda que, en una ocasión, una mujer budista acudió al templo con su hijo muerto. Su hijo era una criaturita de seis años. Lo llevaba en brazos y, con lágrimas en los ojos, le gritaba a la imagen de Buda pidiendo que lo curase. Y el Buda le dijo que se lo podía traer de nuevo a la vida si ella le llevaba unas semillas de mostaza. Pero con una condición: debían ser semillas recogidas en la casa de alguna persona que no estuviera sufriendo ningún dolor desde el año anterior. La mujer dio un salto de júbilo y salió corriendo a buscar lo que se le pedía. Fue de casa en casa hasta que recorrió casi toda Tailandia. Al poco tiempo volvió a Buda con las manos vacías. Pero esta vez ya no pidió la curación de su hijo. Había comprendido que no hay ningún hombre sin sufrimiento en esta tierra.

Es muy difícil asimilar que la vida tiene circunstancias que no nos agradan puesto que están marcadas por el dolor o por la enfermedad. Y la reacción que a todos nos acosa es la impresión de que somos los únicos que padecemos el sufrimiento. No es así, porque basta entrar en conversación con cualquier persona y siempre hay momentos de confidencia donde se habla de los fracasos o de los ideales no logrados. Pero también se da el caso que el único afán personal, donde uno se mueve, es el de conseguir éxitos y buena posición económica y social. Según la mentalidad secular esto es un éxito. Sin embargo Jesucristo nos dice: “Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? Pues ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre acompañado de sus santos ángeles” (Mc 8, 36-38).

Muchas veces he podido comprobar que hay personas, con gran cultura y con grandes dotes humanas e intelectuales, que a menudo plantean la siguiente cuestión: “Si Dios nos ama ¿por qué permite tanto dolor, tantas desgracias o tantos sufrimientos? Yo no creo”. Sin embargo visitando a enfermos prostrados en el lecho del dolor, gente sencilla, se expresan de otra forma: ”Si Dios ha permitido esto: ¡Algo querrá!” Todos tenemos derecho a preguntarnos o preguntar. Las respuestas pueden ser divergentes. Es el momento para meditar y reflexionar, al calor de la Palabra de Dios, que resuena como la verdadera respuesta. Esta es la gran paradoja.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).