Exhortación Apostólica de Papa Francisco, “Gaudete et Exultate”, sobre la vocación a la santidad en el mundo contemporáneo

Mons. Jesús Murgui        El papa Francisco, en su documento programático “Evangelii Gaudium”, hace un llamamiento a todos los fieles para que seamos discípulos misioneros; y en su recentísimo documento del 9 de abril, “Gaudete et Exultate”, nos invita a ser santos, tal y como textualmente afirma: “Mi humilde objetivo es hacer resonar una vez más la llamada a la santidad, procurando encarnarla en el contexto actual”. Y, recordando palabras de S. Pablo, añade: Pues el Señor nos eligió a cada uno de nosotros “para que fuésemos santos e irreprochables ente él por el amor (Ef. 1,4)”. (n.2).

Se ha destacado en los primeros comentarios sobre esta nueva Exhortación que es diferente en el tono y en el énfasis.

En primer lugar está dirigida personalmente a cada uno de nosotros. El Papa utiliza la expresión informal tú, nos está ofreciendo una invitación personal a seguir a Cristo.

En segundo lugar se la ha calificado de “laica” en su lenguaje, pues no se dirige a gente “religiosa”, sino a todos los que viven y se afanan en este mundo nuestro, que tienen trabajos y familias, vidas atareadas con diversas ocupaciones, tal como ya señalaba el Vaticano II: “Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado…son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre (LG, 11)”. (n.10).

Llama la atención que dedique el Papa un capítulo entero a tratar sobre dos sutiles enemigos de la santidad, reflexionando sobre las modernas versiones del Gnosticismo y del Pelagianismo, dos “falsificaciones de la santidad”, que surgieron en los primeros siglos cristianos y que siguen siendo reales y engañosas. De hecho son maneras de buscar la salvación  no a través del poder de Cristo, de su gracia, sino a través del poder de las ideas o del esfuerzo humano.

Algunos cristianos, cuando sobrevaloran la voluntad humana y sus propias capacidades, pueden tender hacia una obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión y la realización autoreferencial. La vida de la Iglesia se hace casi posesión de unos pocos, y priva al Evangelio de su sencillez cautivante y su sal, y lo reduce a un proyecto que deja poco espacio a la obra de la gracia.

Centrándonos en lo esencial del mensaje de su Exhortación, redescubrimos que todo en la vida cristiana es a la luz del Maestro: seguirle, imitarle, configurarse con Él. De este modo la palabra “feliz” o “bienaventurado”, pasa a ser un sinónimo de “santo”.

Papa Francisco centra en las Bienaventuranzas (capítulo 5 de S. Mateo) el gran referente de nuestra imitación de Cristo, del camino que sólo podemos seguir y vivir con la gracia, con la luz y la ayuda del Espíritu Santo que nos libera de la debilidad del egoísmo, de la comodidad, del orgullo. Y, así, el Papa describe cada una de las Bienaventuranzas y su invitación, concluyendo de este modo cada sección: -“Ser pobre en el corazón, esto es santidad”. -“Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad”. –“Saber llorar con los demás, esto es santidad”. – “Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad”. –“Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad”. –“Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad”. –“Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad”.

Completa lo dicho, con el capítulo 25 de S. Mateo (vv. 32-46), deteniéndose en una de las bienaventuranzas, “la que declara felices a los misericordiosos”. “Así dice: “Si buscamos esa santidad que agrada a los ojos de Dios, en este texto hallaremos un protocolo sobre el cual seremos juzgados” (n.95). Cuando reconocemos a Cristo en el pobre y en el que sufre, se nos “revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas” (n.96).

Así el énfasis central del documento va a lo que quiere Dios, a lo que le agrada, a lo que autentifica la verdad de nuestro ser, así recuerda que “la misericordia no es sólo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos”  (Misericordiae Vultus, 9). Ella “es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia” (Ibid, 10). Ella “es la llave del cielo” (Evangelii Gaudium, 197).

Sin duda no olvida, aunque no se detiene, “a explicar los medios de santificación que ya conocemos: los distintos modos de oración, los preciosos sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, la ofrenda de los sacrificios, las diversas formas de devoción, la dirección espiritual y tantos otros” (n.110). Pues lo que resulta interesadamente resaltado es la debida conexión entre las actividades “espirituales” y las acciones enraizadas en la misericordia, como hemos visto; siendo, estas acciones, centro y prueba de autenticidad de una vida según Dios. La piedra de toque está en cómo nos configuramos con los sentimientos y las actitudes de Jesús, expresadas en las Bienaventuranzas y cómo respondemos a las necesidades de los demás. No hay santidad sin esto. Lo cual significa que: creer, rezar y hacer son inseparables; y que lo que mide la calidad de la persona cristiana es la caridad: con Él, con Dios, y con los demás.

Desde estas claves, el Santo Padre quiere destacar algunas notas de la santidad que considera especialmente significativas en la actualidad, y concretamente trata “cinco grandes manifestaciones del amor a Dios y al prójimo que considero –dice- de particular importancia, debido a algunos riesgos y límites de la cultura de hoy”. (n.111). Así destaca (n. 112 al 157): Aguante, paciencia y mansedumbre, como fruto de una fortaleza interior, basada en Dios; Alegría y sentido del humor, nacidos de un profundo sentimiento de gratitud por los dones recibidos de Dios; Audacia y fervor, que hacen salir de la mediocridad tranquila y anestesiante; En comunidad, compartir Palabra y Eucaristía, vivir unidos en comunión, en Él; En oración constante, confiada, de un corazón y mente abiertos, hecha súplica, intercesión, alabanza, gratitud.

En un lúcido capítulo final (cap. 5), papa Francisco nos recuerda que el camino hacia la santidad es un combate continuo, en el que la clave es la vigilancia ante el asedio del enemigo de la santidad, afrontando “las asechanzas del diablo” (Ef 6,11); estando llamados, por tanto, a acoger la ayuda del Señor que se nos da “en la oración, la meditación de la Palabra, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad…”(n.162) y en el singular don del discernimiento (n. 166 al 175), que, en medio de tantas distracciones y voces en estos tiempos, nos ayuda a encontrar el camino de Su voluntad, Su invitación, Su voz…y nos sostiene en la confiada obediencia al Señor, dejándonos liderar por Él.

Hermanos: no dejemos de ser eco del clarividente mensaje de esta Exhortación que, en las presentes circunstancias, nos conduce al corazón del Evangelio, animándonos a vivir y a sembrar con convicción una verdadera pastoral de la santidad.

Es muy oportuno que Papa Francisco haya salido a nuestro camino con un documento sobre la santidad, incisivo y aplicado a los tiempos que corren; es necesario leerlo y acogerlo como una mediación de lo que el Señor me pide. Es sabio no quedarse en disquisiciones, y llevarlo, por gracia, a nuestra vida. Son palabras para “tocar”, como al mismo Jesús, en el tiempo luminoso de esta Pascua.

Con mi afecto y bendición.

+ Jesús Murgui Soriano

Obispo de Orihuela-Alicante

 

Mons. Jesús Murgui Soriano
Acerca de Mons. Jesús Murgui Soriano 175 Articles
Mons. D. Jesús Murgui Soriano nace en Valencia el 17 de abril de 1946. Recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1969 y obispo desde el 11 de mayo de 1996. Estudió en el Seminario Metroplitano de Moncada (Valencia) y está licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctorado en esta misma materia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor entre 1969 y 1973 y párroco, en distintas parroquias de la archidiócesis de Valencia, entre 1973 y 1993, año en que es nombrado Vicario Episcopal. Fue Consiliario diocesano del Movimiento Junior entre 1973 y 1979 y Consiliario diocesano de jóvenes de Acción Católica de 1975 a 1979. Fue nombrado Obispo auxiliar de Valencia el 25 de marzo de 1996, recibiendo la ordenación episcopal el 11 de mayo de ese mismo año. Entre diciembre de 1999 y abril de 2001 fue Administrador Apostólico de Menorca. El 29 de diciembre de 2003 fue nombrado Obispo de Mallorca, sede de la que tomó posesión el 21 de febrero de 2004. El 27 de julio de 2012 se hizo público su nombramiento como Obispo de Orihuela-Alicante. El sábado 29 de septiembre de 2012, tomó posesión de la nueva diócesis. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Cargo que desempeña desde el año 2005. Anteriormente, ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral desde 1996 a 1999 y de la Comisión Episcopal del Clero desde 1999 a 2005.