“Sin mí no podéis hacer nada”

Mons. Demetrio Fernández          ¿Quién es éste que se presenta ante nosotros con una afirmación tan absoluta? Jesús viene como maestro para enseñarnos el camino de la vida, Jesús viene como profeta para hablarnos de parte de Dios. Pero presentarse con caracteres tan absolutos, -“sin mí no podéis hacer nada”- sólo puede hacerlo Dios. Jesús reivindica para sí la categoría de Dios cuando nos invita a seguirle. No es un líder entre tantos, ni siquiera es el mejor de los líderes. Sencillamente, es el Hijo de Dios, es Dios como su Padre, que se ha acercado hasta nosotros haciéndose verdaderamente hombre. Sólo en él podemos encontrar la felicidad que Dios tiene preparada para quienes le buscan. Sólo en él hay salvación.

Jesucristo nos presenta esta realidad mediante una parábola, la parábola de la vid y los sarmientos, que cualquiera que conozca la cultura del vino, la entiende sólo con escucharla. El tronco de la cepa genera los pámpanos, por los cuales circula la linfa que revienta en frutos abundantes, en racimos de uvas de distintas calidades. La uva pisada en el lagar, dará mosto, que fermentado se convierte en vino sabroso. Pero la raíz de todo se encuentra en la cepa, de la que brotan frutos abundantes.

Pues bien, Jesús nos dice que él es la cepa, la vid fundamental. Quien está unido a él, como lo están los sarmientos vivos, recibe linfa de la cepa y produce frutos abundantes. En esta imagen, el Padre es el viñador, es decir el que va cultivando el corazón de cada uno de nosotros. Cuando llega el tiempo de la poda, se cortan los sarmientos que no dan fruto para que no chupen linfa inútilmente. E incluso se cortan algunos sarmientos que dan fruto para que no se desparrame la linfa, sino se concentre en aquellos sarmientos escogidos para producir racimos bien cargados de fruto. Se podan los secos y se podan también los superfluos, para que la linfa se concentre pujante en aquellos que se dejan para dar más fruto.

Un documento reciente de doctrina de la Iglesia, “Placuit Deo”, denunciaba que uno de los desvíos de nuestro tiempo es pensar que si quieres puedes, que el hombre puede alcanzar todo lo que se propone. Todo es cuestión de proponérselo. Nada más falso. Hay cosas que no podemos aunque queramos. Y sobre todo en estas realidades profundas, necesitamos continuamente la gracia de Dios para la salvación. Es un mal generalizado en nuestra época, la época de tantos progresos técnicos y científicos, que el hombre piense que todo lo puede. Y se hace la ilusión de que todo depende de su esfuerzo, de manera que cuantas más metas alcanza más se apoya en sí mismo, más se enorgullece ante Dios, más se aparta de Dios y de su gracia. Luego sucede que, cuando esa persona se topa con una dificultad insuperable, se desespera y se hunde. Dios quiere nuestro progreso, nuestra felicidad, pero esa felicidad es un regalo suyo para nosotros cada día, es un don de su gracia.

El secreto de nuestra vida está en permanecer unidos a la vid, como el sarmiento, para chupar continuamente la linfa que nos aporta la cepa. Es decir, el secreto de nuestra vida está en vivir muy unidos a Jesucristo –cuanto más, mejor-, para que él pueda producir en nosotros frutos abundantes, frutos de vida eterna, incluida la poda que sea necesaria. Porque “sin mí no podéis hacer nada”. La unión con Jesucristo se llama gracia. Vivir en gracia de Dios es vivir recibiendo continuamente la vida de Dios, que el Padre nos da por su Hijo Jesús. Consiste en recibir continuamente el Espíritu Santo, que nos va haciendo parecidos a Jesús, nos va haciendo hijos de Dios.

El tiempo de Pascua es tiempo de gozo desbordante, porque durante estos cincuenta días celebramos la victoria de Cristo que ha vencido la muerte, el pecado, a Satanás y todo lo que conduce a la muerte eterna. Agarrados a Jesucristo somos sacados de la muerte y podemos gozar de su gozo, que ya nada ni nadie podrá arrebatarnos. “El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante”, nos dice Jesús.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.