Anunciar su presencia

Mons. Braulio Rodríguez           Cuando uno entra en contacto de modo fortuito o por cualquier otra razón con tantas personas de tu entorno, caes en la cuenta que la gente quiere de muchos modos vivir de manera distinta, buscando otra cosa. ¿Será hambre de Dios? No hay por qué descartarlo, pues el ser humano es un abismo para sí mismo, pero tiene su intimidad y no deja de buscar razones para vivir; excavamos pozos continuamente en la estepa de nuestra vida, tantas veces sin agua. Da pena, pues, que en el ambiente se viva la ramplona vida que la sociedad nos ofrece, cansados de problemas irreales, de falsas verdades, de manipulación, de tanto “pan y toros”, o fútbol, o espectáculos para pasar el rato, cada uno con su móvil, enganchados como si no pudiéramos desprendernos de constantes noticias, chistes, chismes, polémicas estériles.

Estamos en Pascua, el tiempo más pleno del año. La resurrección de Cristo nos ha dado una vez más la frescura de su presencia en su carne resucitada, que nos abre a la eterna novedad del amor de Dios y a los hermanos, a una vida más llena en búsqueda de los demás, para conocerlos y amarlos como hermanos de una misma familia. Los cristianos tenemos que estar siempre abiertos a la posibilidad de lleguen hasta nosotros personas heridas que buscan consuelo, comprensión, y muestran heridas a sanar. Salir a ellas, dejando a un lado “nuestras cosas” no solo es una posibilidad, sino una ocasión propicia para ofrecerles la alegría del Evangelio. La forma de vida que nos muestra Jesús es válida, buena, posible y real, pues Él ha derrotado al egoísmo, a la envidia, a la malquerencia, al derrotismo del mal, que renuncia a bien común y a salir el encuentro de los demás. Basta leer en tiempo de Pascua el libro de los Hechos de los Apóstoles para ver cómo la primera comunidad cristiana vivía la nueva vida inaugurada por Cristo resucitado.

En palabras de un filósofo cristiano, “Los dolores y las esperanzas de nuestro tiempo se deben indudablemente a causas materiales, a factores económicos que desempeñan un papel esencial en el movimiento de la historia humana, pero en un plano más profundo se deben a ideas, al drama en el cual el espíritu está comprometido, a fuerzas invisibles, que nacen y se desarrollan en nuestra inteligencia y en nuestro corazón” (J. Maritain, El alcance de la razón). ¿Qué nos dicen estas palabras? Algo así como lo que comentaba san Agustín hace muchos siglos: “Hombre soy, entre hombres vivo. Y nada me es ajeno” (Carta 78,8). Para un cristiano nada de lo que le suceda al ser humano nos puede resultar indiferente.

El nuevo milenio ha traído consigo una serie de interrogantes: ¿Cuál es la condición del ser humano en nuestro tiempo? ¿cuáles son las preocupaciones que le inquietan y le atormentan? Pienso que hay para nosotros una invitación para ver, y conocer, para intentar comprender. Por ejemplo, es preciso comprender el despiste monumental de tantos padres a la hora de educar a sus hijos, cuál es su responsabilidad, cómo actuar cuando parece tan complejo que se respete el tipo de educación que han elegido para ellos. Porque los responsables en esa educación, en el ámbito público y en el concertado y privado, no tienen tan claro esa libertad de los padres y mantienen en ocasiones posturas arbitrarias. ¿Cómo no vamos a ayudar a los padres en esta encrucijada? Sobre el sentido y alcance de la educación nos parece preciso señalar que ella no es solo una tarea de “producción”, “reproducción” o “apropiación” cultural, con una mirada más bien reduccionista, sino que ha de ser también “pedagogía”. Es decir, buscar el sentido primero y último de la educación: la formación del ser humano como persona. Es algo que recordé en el inicio de este curso pastoral en mi Carta “Educar: arte y aventura”.

Hay otros muchos campos en los que ayudar en esta época compleja y confusa en tantos asuntos. La luz no va a venir de soluciones políticas, sobre todo si son partidistas o ideológicas. Tú, como cristiano, tienes que ayudar en este campo, sin complejos. Tienes sobre todo que anunciar a Jesucristo, cuya persona, enseñanza y forma de vida da luz tan grande en tantos campos de la vida humana. Te animo a ese anuncio, a difundir la vida de Cristo, que tanto bien hace al corazón inquieto del ser humano.

 

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo y Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.