Si no lo veo no lo creo

Mons. Francesc Pardo i Artigas             La experiencia del apóstol Santo Tomás, que este domingo de Pascua escuchamos en la proclamación del evangelio, me ha hecho pensar, primero, en todos aquellos que “no creen”, “dudan”, “no saben”, “buscan” o “niegan”; y, en un segundo momento, en quienes creemos, en quienes confiamos en Jesucristo, muerto y resucitado en el seno de la Iglesia.

Podemos definir a quien cree, al cristiano, como quien cree en Jesucristo resucitado de entre los muertos. Su resurrección, junto con su pasión, cruz y muerte, es el centro de la fe cristiana.

La resurrección es para muchos la gran cuestión, la gran duda, porque parece contradecir la experiencia humana más universal del carácter irreversible de la muerte. Como afirma a menudo el sentido común del pueblo, “nadie ha vuelto nunca”. Pero nosotros, como cristianos, proclamamos lo contrario: sí, un hombre ha vuelto, Jesús de Nazaret, y su resurrección es la promesa de la nuestra.

Hay que aclarar entonces qué queremos decir cuando nos referimos a la resurrección y la afirmamos. Algunos piensan que se trata de la reanimación de un cadáver que vuelve a vivir humanamente, como si fuera la resurrección de Lázaro. Otros piensan que el alma es inmortal, pero no toda la persona. ¿Cómo hablar de ello? ¿Cómo explicarlo? No tenemos, quizá, palabras convincentes para explicar el hecho de la resurrección, pero sí podemos explicitar la experiencia de los apóstoles y la fe de la Iglesia.

La resurrección de Jesús no es ni la reanimación de un muerto ni su retorno a la vida temporal, sino un abandono de la condición mortal y una entrada en plenitud a la vida de Dios.

Así como la crucifixión y la muerte de Jesús fueron públicas, la resurrección es testimoniada por sus discípulos, hombres y mujeres que lo conocían y que habían creído en él.

Las narraciones de las apariciones muestran que la manera de relacionarse con Jesús ha cambiado radicalmente a partir de ese momento. Se manifiesta y desaparece según su iniciativa, pero se muestra corporalmente como el mismo crucificado, come con ellos, enseña sus heridas a los discípulos… Las narraciones afirman que la resurrección es un hecho real en la persona de Jesús de Nazaret, hombre de nuestra humanidad.

¿Por qué creemos en ello? Por muchos signos elocuentes: por el testimonio de los primeros discípulos de Jesús, que de estar dominados por la decepción y la duda se convierten en personas convencidas y dispuestas a dar la vida para afirmar la resurrección; por la vitalidad de las primeras comunidades cristianas que viven, celebran y proclaman la fe, hasta el martirio, si hace falta; por los millones de personas a las que la fe en Jesucristo ha configurado la vida; por la historia y la misión de la Iglesia, con sus debilidades y pecados, pero que con la fuerza del espíritu ha afrontado todas las situaciones. Y por la experiencia personal.

¿Cómo, hoy, podemos tener experiencia de Jesús Resucitado? Por la respuesta, recogida en el evangelio, a Tomás y a nosotros: “No seas incrédulo, sé creyente”. “Felices quienes creerán sin haber visto”.

A pesar de los momentos de duda, si confiamos en Jesucristo, si permanecemos unidos a los creyentes como Iglesia, si rogamos, si amamos, si nos reunimos los domingos, tenemos experiencia personal de que Jesús está vivo. No lo percibiremos materialmente, ni lo veremos con los ojos de la carne, pero la experiencia nos hará estar plenamente convencidos de su resurrección.

+ Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
Acerca de Mons. Francesc Pardo i Artigas 403 Articles
Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.