Una alegría original

Mons. Juan del Río                La alegría pascual cristiana tiene mucho de paradójico, porque no se da según los cánones del mundo, no depende del estado de ánimo, ni de salud, ni por la posesión de cosa alguna, sino que es consecuencia de la fe, la esperanza y el amor en Cristo Muerto y Resucitado. Su manantial es “una tumba vacía”. ¡No hay otra explicación! El mismo Señor nos lo dijo: “dichosos vosotros, porque vuestros ojos ven y vuestros oídos oyen” (Mt 13,16). Hay que poseer una mirada amplia para ver “la mano de Dios” en tantos acontecimientos que nos suceden y tener todos los sentidos puestos en lo único fundamental: “vivir en caridad”.

Esto no es fantasía o mera aspiración, es tan real como la “noche y el día”. La alegría de la fe en el gran Viviente, no necesita ningún paraíso para provocarla y sostenerla. Ella es un don gratuito y extraordinario, que nadie nos la puede arrebatar, ni aún los mayores dolores y dificultades de esta vida. Ese gozo que se experimenta es de una naturaleza especial, las palabras humanas son incapaces de expresarlo todo, porque forma parte del misterio. Por eso, entre la alegría artificial de la cultura consumista y aquella que surge en el alma del cristiano, hay todo un abismo. Así nos lo hace saber el Papa Francisco en su famosa Exhortación Evangelii Gaudium: la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre renace la alegría” (EG 1).

Cuando esta profunda alegría se ve oscurecida por los fallos y pecados en la vida personal y comunitaria, entonces se comienza a perder la ilusión de hacer el bien a los otros y se baja el nivel del compromiso misionero. Es lógico, no podemos “vender un producto” que se llama “Buena noticia” cuando ni siquiera en nuestros rostros hay reflejo de una leve sonrisa. Con razón decía Jesús que “los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz” (Lc 16,1-8). Así vemos, como todo buen comerciante ofrece sus productos con amabilidad y gesto cercano. ¿Cómo puede ser que, en ocasiones, los discípulos del Resucitado aparezcamos tan solemnes, serios y alejados de la gente? ¿Es que la predicación del Evangelio exige esa teatralidad mortífera? ¿No debemos tener como único modelo la mansedumbre de Jesús que atraía a tantas gentes por la fuerza de su palabra que manaba de su divino corazón?.

Cuanta razón tiene el actual Obispo de Roma, cuando habla del contra signo que son “las caras avinagradas” de sacerdotes y evangelizadores, que parecen que están en una “eterna cuaresma”. La primera cualidad que ha de brillar en el discípulo misionero es la alegría perfecta, ese es el gran testimonio. Miremos el ejemplo de los grandes santos de ayer y de muchos cristianos de hoy. Veremos como la vivencia de esta “alegría anómala” produce consuelo, paz, abandono en la providencia, fortaleza en la prueba, gozo insondable. De esa “abundancia del corazón hablaba la boca” (Mt 12,34) y hace atrayente el Mensaje de Cristo en este mundo secular. Ya lo entendieron perfectamente también los primitivos cristianos cuando un autor del primer siglo nos dejo dicho: “una persona alegre obra el bien, gusta de las cosas buenas y agrada a Dios. En cambio, el triste siempre obra el mal” (Pastor de Hermas).

 

+Juan del Río Martín

Arzobispo Castrense de España

Mons. Juan del Río
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Mons. D. Juan del Río Martín nació el 14 de octubre de 1947 en Ayamonte (Huelva). Fue ordenado sacerdote en el Seminario Menor de Pilas (Sevilla) el 2 de febrero de 1974. Obtuvo el Graduado Social por la Universidad de Granada en 1975, el mismo año en que inició los estudios de Filosofía en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, obteniendo el título de Bachiller en Teología en 1979 por la Universidad Gregoriana de Roma. Es doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1984). Su ministerio sacerdotal lo desarrolló en la diócesis de Sevilla. Comenzó en 1974 como profesor en el Seminario Menor de Pilas, labor que ejerció hasta 1979. De 1976 a 1979 regentó la Parroquia de Sta. María la Mayor de Pilas. En 1984, una vez finalizados los estudios en Roma, regresó a Sevilla como Vice-rector del Seminario Mayor, profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos, profesor de Religión en el Instituto Nacional de Bachillerato Ramón Carande y Director espiritual de la Hermandad de los Estudiantes de la Universidad sevillana. CARGOS PASTORALES En los últimos años como sacerdote,continuó su trabajo con los jóvenes e inició su labor con los Medios de Comunicación Social. Así, desde 1987 a 2000 fue capellán de la Universidad Civil de Sevilla y Delegado Diocesano para la Pastoral Universitaria y fue, desde 1988 a 2000, el primer director de la Oficina de Información de los Obispos del Sur de España (ODISUR). Además, colaboró en la realización del Pabellón de la Santa Sede en la Expo´92 de Sevilla, con el cargo de Director Adjunto, durante el periodo de la Expo (1991-1992). El 29 de junio de 2000 fue nombrado obispo de Jerez de la Frontera y recibió la ordenación episcopal el 23 de septiembre de ese mismo año. El 30 de junio de 2008, recibe el nombramiento de Arzobispo Castrense de España y Administrador Apostólico de Asidonia-Jerez. Toma posesión como Arzobispo Castrense el 27 de septiembre de 2008. El 22 de abril de 2009 es nombrado miembro del Comité Ejecutivo de la CEE y el 1 de junio de 2009 del Consejo Central de los Ordinarios Militares. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2017. Ya había sido miembro de esta Comisión de 2002 a 2005 y su Presidente de 2005 a 2009, año en que fue elegido miembro del Comité Ejecutivo, cargo que desempeñó hasta marzo de 2017. El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".