Las puertas cerradas

Mons. César Franco          El evangelio del segundo domingo de Pascua afirma dos veces que los discípulos estaban reunidos «con las puertas cerradas». Y también dos veces dice que Jesús entró y «se puso en medio de ellos». Para el Resucitado no hay obstáculo que le impida estar con los suyos.

Quiero detenerme en el hecho de las puertas cerradas, debido al miedo a los judíos. Los apóstoles pensaban que seguirían la suerte de Jesús y morirían como él. Lo llamativo de este miedo, justificado humanamente, es que la primera vez que se les aparece el Resucitado, se alegran de verlo y él, a su vez, soplando sobre ellos, les otorga el Espíritu Santo para perdonar los pecados y los envía  al mundo como él fue enviado por su Padre. Aún así, seguían con las puertas cerradas como se afirma en la segunda aparición en la que el apóstol Tomas es el protagonista. ¿Cómo es posible que tuvieran miedo si el Resucitado les había dado el Espíritu y encargado la misión? ¿Por qué permanecían con las puertas cerradas?

El evangelista quiere subrayar que la fe pascual en el Resucitado encontró resistencias en los apóstoles. Como los discípulos de Emaús, eran «necios y torpes de corazón». A pesar de que María Magdalena les había anunciado que estaba vivo, y los mismos discípulos de Emaús habían participado con él en la fracción del pan, se resistían a creer y vivían apresados por el miedo, con las puertas cerradas. Tendrá que llegar Pentecostés con la efusión definitiva de la Gracia para que salten los cerrojos, pierdan el miedo y salgan a las calles, plazas y azoteas a proclamar que Cristo ha resucitado según anunciaron los profetas.

Pero las «puertas cerradas» no es sólo una circunstancia de los primeros discípulos. La Iglesia tiene la tentación, a lo largo de su historia, de cerrar las puertas, por miedo, por respetos humanos, por cobardía, o por simple resistencia al evangelio. Porque el evangelio, si es acogido como palabra de verdad, de libertad y de salvación, arroja el miedo, supera los temores, inflama el corazón de valentía, y nos lanza a la vida diaria asumiendo hasta el riesgo de perder la propia vida. «No me avergüenzo del evangelio», decía san Pablo. El Papa Francisco nos dice a los cristianos que «nunca podremos convertir la enseñanza de la Iglesia en algo fácilmente comprensible y felizmente valorado por todos» (EG 42). El cristiano no es un ingenuo que piensa en la conversión de las masas que caen rendidas ante el predicador, en el caso de que éste tenga el arte de la retórica. No ha sido así ni nunca será así. La predicación del evangelio es la gracia que recibieron los apóstoles, bautizados con Espíritu Santo y fuego y, al término de su vida, con su propia sangre. Por eso, abrir las puertas, salir y exponerse al mundo con la libertad del Espíritu conlleva el riesgo de perder la vida. Así se explica la advertencia de Cristo: no es el discípulo mayor que su maestro. Y la vida se pierde, no sólo con el martirio. Se pierde también en el día a día de la predicación, de la edificación de la Iglesia, de la búsqueda de la oveja perdida, del acercamiento a los enfermos, ancianos y marginados de nuestro mundo. Se pierde cuando presentamos la verdad evangélica sin recortes ni prejuicios acomodaticios, y experimentamos rechazo, incomprensión, o la ironía con que despacharon a Pablo los atenienses cuando escucharon la palabra «absurda» de la Resurrección: «De eso, ya te oiremos hablar otro día»; y le dejaron solo. Sí, amigos, no se trata de abrir sólo las puertas físicas de la Iglesia, se trata de abrir las puertas de nuestro interior y quedar a la intemperie del Espíritu. No hay que temer: Cristo está en medio de nosotros.

 

+ César Franco

Obispo de Segovia

Mons. César Franco Martínez
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Mons. D. César Augusto Franco nació el 16 de diciembre de 1948 en Piñuecar (Madrid). Fue ordenado sacerdote el 20 de mayo de 1973. Es licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1978. Diplomado en Ciencias Bíblicas por la Escuela Bíblica y Arqueología de Jerusalén en 1980. Es también Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1983. CARGOS PASTORALES Fue Vicario Parroquial de las parroquias San Casimiro (1973), Santa Rosalía (1973-1975) y Ntra. Sra. de los Dolores(1975-1978/1981-1986). Capellán de las Hijas de la Caridad en el Colegio San Fernando (1980-1981); Secretario del Consejo Presbiteral de Madrid (1986 y 1994) y Consiliario diocesano de Acción Católica General y Capellán de la Escuela de Caminos y de la Facultad de Derecho (1986-1995). Fue Rector del Oratorio Santo niño del Remedio (1993 -1995) y Vicario Episcopal de la Vicarçia VII (antigua VIII) de Madrid (1995-1996). El 14 de mayo de 1996 fue nombrado Obispo Auxiliar de Madrid y Titular de Ursona, recibiendo la ordenación episcopal el 29 de junio del mismo año. Desde 1997 a 2011 fue Consiliario Nacional de la Asociación Católica de Propagandistas y ha sido el Coordinador general de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Madrid 2011. Desde noviembre de 2012 hasta su nombramiento como Obispo de Segovia fue Deán de la Catedral de Santa María la Real de la Almudena de Madrid. En su actividad docente, ha impartido cursos sobre Biblia en la Universidad Complutense de Madrid y en la Universidad Eclesiástica “San Dámaso”. El 12 de noviembre de 2014 se hizo público su nombramiento como obispo de Segovia, sede de la que tomó posesión el 20 de diciembre del mismo año. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis desde 2014, tras ser de nuevo elegido para este cargo el 14 de marzo de 2017. Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Liturgia (1996-1999), de Enseñanza y Catequesis (1996-2008), de Apostolado Seglar (1999-2002) y de Relaciones Interconfesionales (2008-2014).