Cristo no quedó muerto en el camino

Mons. Braulio Rodríguez           ¿Recuerdan aquella imagen del Papa Juan Pablo II literalmente desplomado sobre la losa del Santo Sepulcro en su viaje a Jerusalén el año 2000? Los que hemos estado allí en la soledad de la “Anastasis” hemos sentido algo parecido: una oración concentrada y estremecida. La resurrección de Jesús es el núcleo de nuestra fe. En ella descansa toda la arquitectura de nuestra salvación. Creemos precisamente en el Dios que resucitó a Jesucristo, y adoramos a Cristo porque en la resurrección fue constituido en su carne “Señor de cielo y tierra”. Esperamos la vida eterna porque su resurrección es el origen de la nuestra. De modo que un cristianismo sin resurrección, o con la esperanza de la resurrección debilitada por las brumas de la duda, no es la fe cristiana que trajo Jesús, ni el de la Iglesia católica, ni el de los mártires, o los misioneros, ni el cristianismo que nos dejaron nuestros padres.

Ser cristiano es vivir con el corazón puesto en los bienes de la resurrección, vivir en este mundo sin ser de este mundo, querer y tratar las cosas con sabiduría, como aquel o aquella que vive un poco metido en la vida eterna. La fe y la esperanza en la resurrección es un ingrediente necesario para la plenitud de la vida humana. Y sin esta esperanza no hay plena libertad ni podemos llegar a reconciliarnos del todo con Dios ni con nosotros mismos.

Nuestro mundo, nuestra cultura, nuestras formas de vida más actuales y están precisamente enfermas por falta de esta esperanza. Pero nuestro mundo parece “feliz”, encantado de la vida, anclado aquí en la representación de este mundo; el inconveniente es que la “representación de este mundo se termina” (1 Cor 7,31). En la ausencia del “otro mundo” no hay más remedio que entregarse a las cosas caducas de “este mundo”, por supuesto, con las inevitables consecuencias de toda idolatría: ambiciones, angustias, sometimientos, decepciones, rivalidades, injusticias, conflictos y desesperanzas.

Pienso sinceramente que se equivocan los que piensan que Jesucristo quedó muerto en el camino de la historia. Ni quedó muerto Él, ni está muerta la Iglesia, ni lo está la fe de los cristianos. Por el contrario, Jesús resucitado es el futuro, el único futuro humano que existe de verdad delante de nosotros, nuestro propio futuro. ¿Qué futuro y qué progreso se puede construir desde el olvido del verdadero futuro y la idolatría de nuestras propias obras?

Los cristianos sabemos que Jesús está vivo, junto a Dios Padre, pero en el corazón del mundo, de nuestro mundo, como fuente de esperanza y de plena humanidad justificada, santificada, salvada de la injusticia y del poder de la muerte, libre para la vida verdadera, en la verdad y en la vida, por los siglos de los siglos. Y de este modo, Cristo es la misericordia de Dios, como nos recuerda este segundo domingo de Pascua, porque no puede negarse a sí mismo y se nos ofrece para el perdón y la reconciliación de los hombres con Dios y entre nosotros.

Estamos en Pascua, hermanos cristianos. No calléis esta fe en la resurrección. No debilitéis esta esperanza. No renunciéis a esta vida. En este mundo bueno, porque así lo hizo Dios, pero también lleno de idolatrías y esclavitudes inesperadas, los cristianos tenemos que ser testigos de la verdadera libertad. Es la libertad de los hijos de Dios, los que son libres interiormente para vivir en la verdad y en el bien, viviendo ante Dios una vida justa e inmortal. Contra esto no hay barreras.

Os invito, hermanos, a anunciar este mensaje lleno de fuerza: Cristo ha resucitado, Él va delante, para que nos atrevamos a hacer brillar en nuestra vida y en nuestro mundo la vida nueva que nos viene de la Resurrección de Jesús, en la que ya participamos por la vida resucitada de Cristo que recibimos en el Bautismo, cuya renovación hemos hecho en la gran Vigilia Pascual. Ningún tiempo más luminoso que el de Pascua florida, para gozar de la amistad de Dios, de su conocimiento y de su amor. Tenemos que ser verdaderos “testigos de estas cosas”, de esta felicidad. “Es verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón Pedro” (Lc 24,34): el Señor resucitado está con nosotros.

 

+Braulio Rodríguez Plaza,

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.