Vayamos y muramos con él

Mons. Demetrio Fernández            El viernes de Dolores abre la semana santa en Córdoba. La Señora de Córdoba, la Virgen de los Dolores nos reclama para abrazarnos en su condición de madre y acompañarnos durante toda la semana. Nos sentimos hijos de tan buena madre, y nos sentimos comprendidos porque ella también ha sufrido mucho. “Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (Is 66,13), nos promete el Señor, y lo cumple dándonos a su madre. Acudimos a ella con la confianza de un hijo.

Pero es el domingo de Ramos el que abre la semana santa en la Iglesia universal. Entraba Jesús en Jerusalén y los niños hicieron bulla en torno a su persona, con ramos de olivo, con cantos, con aclamaciones, poniendo a sus pies las propias vestiduras a manera de alfombra regia: “Viva, Jesús nuestro rey!” Había como una expectación en todo el pueblo, que esperaba un mesías, un salvador. Aquellos niños, sin duda inspirados por Dios, le salieron al encuentro y le aclamaron como rey. ¿Un rey de juguete? –No, un rey de verdad, pero que entra en la ciudad santa sin aparato ni cortejo, sin caballos ni poderío. Entra humilde y pobre, montado en una borriquita, como había prometido el profeta (Zac 9,9). Los que lo vieron quedaron sorprendidos, incluso mandaron callar a los chiquillos, pero Jesús acogió la aclamación diciéndoles: “Dejadles; si ellos callan, hablarán las piedras” (Lc 19,40).

Nos unimos a los niños hebreos con nuestras aclamaciones y cánticos, aplaudimos a Jesús que llega a Jerusalén en su último viaje. Viene a salvarnos, viene a dar la vida. Qué alegría, la salvación está cerca. En tantos lugares del mundo son los jóvenes y los niños los que se acercan a Jesús para aclamarle con la alegría propia de la juventud, sin prejuicios, espontáneamente. Este año, además, estamos preparando el Sínodo de los jóvenes. La Iglesia quiere escuchar a los jóvenes. Muchas veces son ellos los que, capaces de ir contracorriente, buscan la verdad, dicen la verdad, proponen caminos de verdad para los mayores. Dejemos que nos hablen los jóvenes, como hablaron aquella mañana en Jerusalén, aclamando a Jesús como rey, aunque los mayores querían taparles la boca.

Y la celebración del domingo de Ramos cambia de color cuando entramos en la Eucaristía. Toda ella nos presenta la pasión y muerte del Señor, para presentarnos el próximo domingo su gloriosa resurrección. “Una vida sumisa a la voluntad del Padre”, pedimos en la oración colecta. Escuchamos el primer cántico del Siervo de Yavé y la lectura de la pasión. Y como salmo, el grito desgarrador y confiado de Jesús al Padre: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”. Qué misterio tan grande, sólo el silencio puede adentrarnos en este grito de Jesús. Él sabe que su Padre no lo abandona nunca, pero conoce el corazón del hombre roto en su soledad a causa del pecado. Jesús quita el pecado del mundo, cargando con ello. Y en este grito quiere llegar al corazón de tantos hombres y mujeres que no son capaces de reconocer a Dios en sus vidas, y que por tanto viven en la peor de las soledades con el sufrimiento que eso conlleva. El hombre de nuestro tiempo padece este mal, y por ellos grita Jesús desde la Cruz.

La proclamación de la Pasión (este año según san Marcos) nos estremece: la mujer pecadora que unge los pies de Jesús, Judas con su beso traidor, la última Cena con la institución de la Eucaristía, la oración angustiada del huerto de Getsemaní, las autoridades religiosas que le arrancan la confesión explícita de su identidad divina y le condenan a muerte, Pedro que le niega cobardemente, Pilato que le manda a la crucifixión soltando a Barrabás, los soldados que se burlan, y Jesús muere en la Cruz. “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”, confiesa el centurión, un pagano. Cada uno de estos pasajes nos encoge el corazón, y nos deja sin palabras, en silencio contemplando un amor desbordante. Entremos en ese ámbito sagrado de la pasión del Señor, haciendo nuestros todos esos momentos, “como si allí presente me hallare” (S.Ignacio). Jesús ha pensado en mí, por su mente ha pasado mi vida entera y eso le ha empujado a entregarse: “Me amó y se entregó por mí” (Ga 2,20).

El Señor nos conceda unos días santos, en los que no sólo recordamos, sino que revivimos para nuestra salvación todos aquellos momentos.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
Acerca de Mons. Demetrio Fernández 405 Articles
Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.