¡Nuestra Pascua inmolada es Cristo el Señor! ¡Aleluya!

Mons. Julián López            Queridos diocesanos:          Estamos a punto de comenzar la celebración de los días santos de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Como sabéis, constituyen el centro del Año Litúrgico y, por tanto, de la conmemoración de los misterios o acontecimientos de salvación protagonizados por nuestro Redentor. Quiero, un año más, invitaros a celebrar la Semana Santa con sentido verdaderamente cristiano, es decir, poniendo en práctica una serie de actitudes y de comportamientos en coherencia con lo que estos días representan para nuestra vida cristiana. La mejor guía para lograrlo contando, por supuesto, con la gracia de Jesucristo, nos la ofrece la liturgia en las lecturas de la palabra de Dios, en los ritos, oraciones y cánticos de cada día. Pero es preciso prepararse personal y comunitariamente.

 

La Semana Santa requiere una reflexión introductoria sobre el significado de los acontecimientos finales de la existencia terrena de Jesucristo,  evocados en la proclamación de las lecturas bíblicas, especialmente en el Evangelio, y actualizados y presentes en su eficacia santificadora bajo los signos sacramentales que hemos de celebrar y vivir con fe y convenientemente dispuestos.

Este es el primer aspecto de la liturgia de los días santos que se ofrece a nuestra atención y participación, un aspecto sugestivo al que no estamos muy acostumbrados porque tenemos la tendencia a quedarnos en la superficie de lo que celebramos. Deberíamos esforzarnos un poco más para penetrar, con la meditación y la oración, en los misterios o acontecimientos evocados cada día. Ciertamente, en muy poco espacio de tiempo, se acumulan y ofrecen también otras realidades transcendentes de la vida de la fe: el recuerdo de nuestra iniciación cristiana con la renovación de las promesas bautismales, la celebración de la penitencia y la comunión pascual, la renovación de los compromisos de la ordenación sacerdotal en el caso de los presbíteros, etc.

Pese a nuestra limitada capacidad, lo que celebramos responde a un designio divino transcendente y supratemporal. El Misterio pascual permanece misteriosa y eficazmente operante en el tiempo: Cristo sigue padeciendo hasta el fin del mundo en los miembros vivos de su cuerpo que es la Iglesia, y sigue resucitando místicamente también en la misión y en el testimonio de sus discípulos. En estos días santos se nos concede vivir muy intensamente el Misterio Pascual, la “pascua” o paso de Jesús de este mundo al Padre (cf. Jn 13,1). Por tanto no debemos asistir fría y distraídamente a los actos litúrgicos de estos días. La participación en las celebraciones, cuando es viva, consciente y fervorosa, nos convierte, de oyentes y espectadores, en beneficiarios que sintonizan con el misterio que se actualiza bajo los ritos litúrgicos para que lo vivamos interiormente.

En este sentido la liturgia nos hace participantes místicamente en la entrada de Jesús en Jerusalén, comensales en la última Cena, testigos de su agonía en el huerto de los Olivos y acompañantes cercanos a él en los restantes momentos de su pasión, muerte, sepultura y resurrección. Por eso no confundamos la liturgia con otras representaciones de la pasión, por ejemplo, las procesiones. Estas son una bellísima catequesis y una aproximación muy valiosa al misterio, pero donde este actúa eficazmente en nuestras vidas es en la celebración de los sacramentos.

¡Feliz Pascua a todos! ¡Amén! ¡Aleluya!

+ Julián López,

Obispo de León

Mons. Julián López
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Mons. D. Julián López Martín nace en Toro (Zamora) el 21 de abril de l945. Estudió en el Seminario Diocesano de Zamora y en el P. Instituto de San Anselmo de Roma, donde obtuvo el doctorado en Teología Litúrgica en 1975, como alumno del P. Colegio Español y del Centro Español de Estudios Eclesiásticos anexo a la Iglesia Nacional Española de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Zamora el 30 de junio de 1.968. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor de Villarín de Campos y cura ecónomo de Otero de Sariegos (1968-1970), coadjutor de la parroquia de Cristo Rey en Zamora (1973-1989) y, desde 1978, canónigo Prefecto de Sagrada Liturgia de la Catedral de Zamora y delegado diocesano de Pastoral Litúrgica, miembro del Consejo Presbiteral y del Colegio de Consultores desde 1984. Ha sido también consiliario diocesano del Movimiento Familiar Cristiano (1976-1986) y consiliario de la Zona Noroeste de este Movimiento (1980-1983). Profesor de Religión en el Instituto "Claudio Moyano" (1975-1976) y en la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado en Zamora (1981-1983). Ha sido director del Centro Teológico Diocesano "San Ildefonso" y de la Cátedra "Juan Pablo II" (1984-1992); delegado diocesano para el IV Centenario de la Muerte de Santa Teresa de Jesús (1980-1982); Año de la Redención (1983-1984); Año Mariano Universal (1987-1988); V Centenario (1992) y Congreso Eucarístico de Sevilla (1993). Profesor de Liturgia y Sacramentos de la Universidad Pontificia de Salamanca (1975-1981 y 1988-1994), ha sido también Presidente de la Asociación Española de Profesores de Liturgia (1992-1995), habiendo impartido clases en las Facultades de Teología de Burgos (1977-1988) y de Barcelona (1984-1989). El 15 de julio de 1994 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo por el Papa Juan Pablo II, tomando posesión el 25 de agosto del mismo año. Cargo que desempeñó hasta su nombramiento como Obispo de León el día 19 de marzo de 2002, tomando posesión el 28 de abril. El 6 de julio de 2010 Benedicto XVI le nombró miembro de la congregación para el Culto Divino de la Santa Sede. En la CEE ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de 1996 a 1999. De 1993 a 2002 formó parte de la Comisión de Liturgia y desde 2002 a 2011 fue Presidente de dicha Comisión. Desde 2011 es miembro de ella