La Iglesia del resto: ¿qué nos queda? (V)

Mons. Agustí Cortés              Es normal que un cristiano responsable, al considerar la situación de nuestra Iglesia, fije con inquietud su mirada en el Seminario. Cada año, tal día como hoy, lo hacemos todos al dedicarle esa atención especial, movidos, no solo por lo que el Seminario y los seminaristas son en sí, sino también porque de ellos depende en gran medida la pervivencia y la buena salud de nuestra Iglesia.

Nos apremia la falta de vocaciones al ministerio sacerdotal. Agradecemos al Señor poder contar hoy con nueve seminaristas, pero necesitamos muchos más para cubrir las necesidades futuras del Pueblo de Dios.

Mientras seguimos el camino cuaresmal, vamos asumiendo el reto, que el Señor nos pone delante, de vivir a fondo la espiritualidad propia de “una Iglesia del resto”, es decir, de una Iglesia disminuida en sus recursos, que nos hemos atrevido a denominar “Iglesia purificada”. En este contexto sugerimos tres consideraciones.

Primera. El libro de Daniel nos ha dejado la bella oración de Azarías. El pueblo desterrado y atormentado, privado de todas las mediaciones que le ofrecían seguridad, reconoce su responsabilidad y pide a Dios que actúe con misericordia:

“No nos abandones, Señor, no rompas tu alianza… En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni sacrificios ni ofrendas… pero acepta nuestra alma arrepentida y nuestro espíritu humillado” (cf. Dn 3,34-39)

Cuando Dios permite que nos falten recursos, seguramente quiere que volvamos lo que es absolutamente esencial: el corazón humilde y pobre vuelto hacia Él. De un pueblo así surgirán ministros y buenos mediadores que servirán a Dios y a sus hermanos.

Segunda. Jesús, al ver la muchedumbre que andaba como ovejas sin pastor, se compadeció y dejó constancia de la desproporción entre la tarea evangelizadora que el mundo necesita y el número de servidores disponibles; y dijo a sus discípulos:

“La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Por eso, pedid al dueño de la mies que mande obreros a recogerla” (Mt 9,37-38)

Las vocaciones son regalo del Espíritu. Pero deben ser pedidas por el mismo pueblo que se siente necesitado y vuelve confiado a Dios en oración, para poner en sus manos el campo y la tarea de los segadores.

Tercera. San Pablo explica la situación de sus hermanos de raza y tradición. No invocan al Señor de todos los pueblos, porque no creen en Él, pero no podrán creer si alguien no les hace llegar la Buena Noticia del Evangelio.

“¿Cómo van a creer, si no han oído hablar de él? ¿Y cómo van a oír, si nadie les anuncia el mensaje? Y ¿cómo predicarán si no son enviados?” (Rm 10,14-15)

Servidores, evangelizadores, trabajadores en el campo del mundo al servicio del Reino de Dios, profetas y responsables en la Iglesia, pueden ser muchos y variados. Todos surgen de la misma Iglesia: si en ella no hay verdadera vida del Espíritu, no habrá vocaciones. Menos aún vocaciones al ministerio sacerdotal, que por voluntad de Jesucristo, es esencial a la Iglesia: de ella, de su autenticidad y su fecundidad han de nacer aquellos que se configuren a Cristo y sean capaces de reproducir su servicio y su amor.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia.Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998.El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat.En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades.En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.