¿A qué te llama Dios?

Mons. Braulio Rodríguez               Era ésta una pregunta que hacía con cierta frecuencia Juan Pablo II. La pregunta es también el telón de fondo del Sínodo de los Obispos a celebrar en Roma en octubre de 2018. La pregunta a responder por quien, siendo joven, desea una vida plena, no vivida en la futilidad del existir, sino en profundidad, con seriedad: “¿Qué vas a hacer de tu vida?” ¿Cuáles son tus proyectos?” “¿Has pensado alguna vez en entregar tu existencia totalmente a Cristo?”. ¿Qué quiere decir esta última pregunta? Sencillamente lo que dice, porque sólo preguntando por esa entrega total a Cristo, se puede plantear a un joven si el Señor no le estará llamando a ser cura. Sí, porque no únicamente se sigue a Jesús totalmente siendo sacerdote o consagrado (hombre o mujer), pero para ser sacerdote –no hay engañarse- hay que ser totalmente de Cristo.

Entonces se puede hacer esta otra pregunta: “¿Crees que puede haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y los hombres a Jesús?”. Es evidente que Dios, por Cristo, cuida de los hombres y mujeres a través de otros hombres y mujeres; y ese modo tan de Jesús que es el ministerio sacerdotal es algo vital para la vida de la Iglesia. También es cierto que, a través de algunas personas, y de algunos acontecimientos es como nos habla y nos sugiere el Señor cuál es el camino por el que nos anima para seguirle. De modo que el que se siente llamado por Jesús no está solo en su decisión. Esa es mi experiencia en mi llamada al sacerdocio: vino por medio de la Iglesia, por medio de personas concretas que te ayudan y te animan a dar respuesta a Cristo y a emprender la aventura de ponerse en manos del Señor para ser sacerdote. Tal vez ahora se puede entender mejor esa pregunta.

El Seminario, institución de la Iglesia que surgió en el Concilio de Trento, acoge al adolescente y al joven que siente la llamada y le forma. En el Seminario han de vivir y prepararse juntos quienes desean ser sacerdotes. ¿Por qué? Porque la vocación sin duda es personal, pero no se vive en solitario como casi todo entre los cristianos. Todos necesitamos la ayuda de los hermanos que nos escuchen, y en ocasiones nos corrijan y nos ayuden a discernir la voluntad de Dios. De modo que en el Seminario se preparan viviendo en comunidad los seminaristas, para servir el día de mañana a las comunidades donde se les envíe.

Al Seminario llegan, por tanto, aquellos que están en búsqueda y presentan signos de que les llama el Señor. Con la ayuda inestimable del Rector y los formadores que acompañan ese proceso de formación para ser pastores; el Obispo diocesano sigue de cerca esta preciosa aventura de identificarse con Cristo Pastor de nuestras almas; pero también intervienen la familia, los profesores, otros responsables diocesanos. ¿Y el resto de la Diócesis? No está solo para que la colecta del día del Seminario sea abundante, ni para hacer alguna oración que otra por las vocaciones. Me atrevo a decir, con precaución y respeto, que tal y como es la vida cristiana de los que forman una Diócesis, así es de fuerte o de débil la vida del Seminario.

Si no se cultiva la vida cristiana en parroquias, en la familia; si Dios no es aliciente para la vida, si nadie hace propuestas para ir al Seminario –pasa lo mismo para con la vida consagrada y religiosa-, si todo es rutinario, no habrá un buen Seminario. Si los sacerdotes no tenemos ilusión de acompañar a adolescentes y jóvenes para que encuentren su vocación, y se pregunten si Dios les llama a ser sacerdotes, el Seminario no será significativo. Hay, pues, un modo maravilloso de realizar el amor en la vida: la vocación de seguir a Cristo en el celibato libremente aceptado o en la virginidad por amor del Reino de los cielos.

Mucho hay que rezar, animar, acompañar y proponer en nuestra Iglesia, para que haya muchos y buenos sacerdotes. También de nosotros depende que los haya, porque oramos, porque proponemos, porque creamos un ambiente y una cultura vocacional, para que pueda haber cristianos que se sientan llamados por Dios a ser sacerdotes, religiosos, misioneros y, por también por supuestos esposos y esposas.

 

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo y Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.