La Iglesia del resto: ¿quiénes quedarán? (IV)

Mons. Agustí Cortés            Cuando vemos que el labrador poda los árboles, dejándolos medio desnudos, pensamos que, si los vegetales tuvieran sentimientos, sus gritos de protesta se oirían a kilómetros de distancia. No habría árbol que no estuviera orgulloso de sus ramas y sus hojas. ¿Quién puede pensar que sobran ramas y hojas, después del trabajo que cuesta hacerlas crecer a través de las inclemencias del tiempo y la aridez de la tierra? ¿No es mucho más bello un árbol frondoso?… Pero el labrador es terco y firme, su juicio es implacable. Y es que piensa, tiene experiencia, es sabio, hace caso a su sabiduría antes que a los sentimientos.

La poda es una purificación, que redundará en frutos abundantes.

No inventamos nada. Ya nos lo dijo Jesús. Para Él la poda es una limpieza (como el bautismo o su renovación en el sacramento de la reconciliación): “Mi Padre, como labrador, arranca los sarmientos secos, y a los que dan fruto los limpia (los poda) para que den más fruto” (Cf. Jn 15, 1-2).

Desde hace muchos años, prácticamente desde la conclusión del concilio Vaticano II, se escucha con frecuencia esta pregunta: ¿qué Iglesia queremos?; y, en consecuencia ¿qué Iglesia construimos? Esta forma de hablar puede esconder graves olvidos y errores. Antes se tendría que preguntar a Jesucristo qué Iglesia quiere Él, e incluso qué Iglesia va haciendo Él de hecho, de acuerdo con su manera de proceder a lo largo de la Historia de la Salvación. Porque quizá creamos que se trata solo de “hacer”, construir, inventar, cuando quizá en realidad Él quiera purificar y podar. Es más, en este caso, la poda, lo mismo que la extracción de la cizaña en el campo según la parábola, está reservada a quien lo sabe y puede hacer bien: el Padre, los ángeles que le obedecen, en el momento oportuno, de la manera conveniente…

Tenemos, eso sí, certezas, extraídas de la escucha de las enseñanzas de Jesús y de la observación de su conducta. Quizá la característica fundamental de la Iglesia “purificada” es la pobreza. Una Iglesia pobre, no en el sentido de que haya buscado la pobreza por ella misma (o por cualquier otro motivo), sino en el sentido de que busca por encima de todo reconocer la obra de Dios en ella. Una Iglesia que sabe cuál fue el error, origen de su fracaso, cuando se dejó guiar por sus propios cálculos, no escuchó a Dios, ni le pidió su favor, se creía sabia y capaz, se fió de sus propias fuerzas y de los recursos que le ofrecía el mundo.

– Jesucristo no buscó nunca una Iglesia de “élite”, una minoría elegida de fieles “puros”. Nunca se disimularon los pecados y debilidades de sus discípulos. Formaba parte de su pobreza incluso el hecho de cometer errores morales. Tampoco se rodeó de personas influyentes o de gente señalada por su capacidad intelectual o por su poder político o económico ni por su liderazgo cultural…

– Los fieles miembros de la Iglesia salida de la prueba no están “obsesionados” por los resultados. Saben que Dios cuenta con ellos, pero trabajan a fondo perdido: la acción y los frutos son suyos, porque están en ellos, pero solo son consecuencia del poder y de la gracia de Jesucristo.

– “La Iglesia del resto” asume cualquier sufrimiento, en forma de fracaso, soledad, acoso, carencia de medios, etc., porque está convencida de que acompaña a su Esposo en su muerte y resurrección. No le resulta extraña cualquier forma de muerte si sigue fiel a su Esposo. Al contrario, está segura de que el amor seguirá triunfando.

“La Iglesia del resto” es el triunfo del don, de la gracia, del poder del amor gratuito recibido de Dios y ofrecido a los hermanos.

 

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia.Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998.El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat.En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades.En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.