Ofrece y da a conocer una visión trascendente de ti mismo y de todos los hombres

Card. Carlos Osoro         En este tiempo de Cuaresma, os animo a seguir descubriendo en la Cruz la medida de la respuesta y del poder de Dios: manifiesta su poder amándonos, amando a todos, dando la vida por todos los hombres. Ahí, en la Cruz, está la medida del infinito amor de Cristo, que nos hace decir con el apóstol San Pablo: «Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí». ¡Qué fuerza e intensidad da a la vida saber experimentar en nosotros que Cristo se ha entregado por cada uno de nosotros, por todos y cada uno de los hombres, y que nos ama de modo único y personal! Sí, te ama a ti y quiere encontrarse contigo en ese amor incondicional, estés dónde y cómo estés. ¿Has pensado esto? ¿Qué significado tiene en tu vida que alguien, y en concreto Dios mismo, te ame a ti, haya dado la vida por ti? La única respuesta es saber responder también al amor de Cristo ofreciéndole nuestra vida con amor. Para tener una visión trascendente de ti mismo y de todos los hombres, renueva y fortalece la experiencia del encuentro con Jesucristo muerto y resucitado por nosotros.

Qué mejor servicio se puede ofrecer al hombre, a todo hombre, que promoverlo en su auténtica dignidad? Sí, auténtica: imagen y semejanza de Dios y con el título que jamás podemos darnos nosotros: hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. Un cristiano se compromete con todas las consecuencias en trabajar con la gracia y el amor mismo de Dios a promover la persona humana y su dignidad en todas las dimensiones de la existencia del hombre. Lo hacemos desde una concepción del ser humano que tiene unas características que ciertamente nos distinguen de otras concepciones y perspectivas. Es verdad que la promoción del ser humano en su dignidad compete a todos los hombres. También es cierto que esta tarea debe ser compromiso de todos y debe ser garantizado por el Estado. Pero la Iglesia, todos los discípulos de Jesucristo, participamos en esa promoción con la originalidad que nos da la visión de hombre y persona que nos es regalada por Jesucristo. No lo hacemos para diferenciarnos, no lo hacemos desde una mezquindad proselitista para competir con cualquier otro grupo, lo hemos de hacer para aportar lo que consideramos que es el mejor tesoro que poseemos, y porque nos ha sido mandado por Quien es ese tesoro: Jesucristo.

Hay un único motivo por el cual tenemos algo que hacer en todos los campos de la vida humana. El modo de entender al ser humano que nos ofrece Jesucristo aporta algo a todos. La humanidad entera está esperando una novedad; es más, la necesita y la está buscando, aunque no sepa cómo conseguirla. Los cristianos sabemos de ella. Y tenemos motivos para poder regalar a todos los hombres esa esperanza que brota de la sabiduría cristiana que nos entrega Cristo Resucitado, donde nos da la estatura que Él ha conseguido para todos los hombres y a la cual hemos sido llamados. ¡Nos promueve a la libertad, a las libertades! Nos hace personas que comprendemos, sin escatimar, que nuestra vida y la de los demás están en manos de Dios, y que la libertad que nos ofrece es un don de tal envergadura que solamente puede comprenderse y medirse en el destino trascendente que nos ha dado el Señor. No tengamos miedo, no nos dejemos llevar por los cansancios, los agobios de la vida, las dificultades, las dudas o cualquier tipo de tentaciones. Escuchemos esa voz que nos dice: «¡No tengáis miedo!», «yo quité la piedra de una vez para siempre», «he resucitado» y os he dado prioridades que debéis mantener en esta humanidad: la de la vida sobre la muerte; la del hombre sobre el sábado; la del amor sobre el egoísmo; la de vivir con el arma del amor sobre esas otras armas que manifiestan la debilidad y la ilusión; la que aniquila la esperanza y debilita nuestra condición trascendente…

Vivamos desde la antropología que nos ha mostrado Jesucristo y que ha conquistado para todos nosotros: un modo nuevo de entender al ser humano. ¿Cuál es ese modo? El Papa Benedicto XVI le llamaba la «dignidad trascendente». Esa que se expresa en la gramática natural que desprende el proyecto divino de la creación. Es la nota más característica: tenemos una dignidad trascendente. Lo que somos no se puede calcular solamente por los factores naturales, biológicos o ecológicos e incluso sociales. Lo que somos lo tenemos que ver desde esa narración de la Creación. Ahí se nos hace ver que «somos familia de Dios», «estamos emparentados con Él», no solo como parte de todo lo que ha sido creado, sino como la culminación de toda la creación. Y esta trascendencia no nos pone fuera del mundo, todo lo contrario. Ella hace que nos ocupemos de todas las cosas creadas, que las cuidemos, que las pongamos al servicio de todos los hombres.

No tengamos miedo a vivir y a ofrecer esta dignidad trascendente, esta manera de entender al hombre que nos regala Jesucristo. La intrascendencia nos mantiene sin reflejos: niños que mueren, que pasan hambre; hombres y mujeres que se matan en enfrentamientos irracionales; secuestros, esclavizaciones diversas, decisiones de un no a la vida en los diversos estadios de la misma. Con estos datos tenemos números y gastos, daños y costos. La «dignidad trascendente» desprecia los números, y sostiene que lo que se hace o se deje de hacer con los seres humanos, se hace con Jesucristo.

En este tiempo de conversión que es la Cuaresma os ofrezco tres tareas para entrar en esa escuela de Jesucristo en la que aprendemos a vivir desde lo que somos, desde la «dignidad trascendente»:

1. Subir a la montaña; entremos en la altura que Dios nos ofrece: es la oferta que el Señor hizo a tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, cuando les propuso subir a la montaña en la que Él se transfiguró. ¡Qué experiencia les hizo vivir a los tres! La prueba está en las palabras que dijeron al Señor: «¡Qué bien estamos aquí! Hagamos tres tiendas». Sentir y experimentar la presencia de Dios es una necesidad. Situar nuestra vida a la altura de Dios, ver todo desde el Señor, es esencial para descubrir qué es el hombre, a qué lo llama Dios, cuál ha de ser su entrega, su tarea y trabajo.

2. Mirar todo lo que existe desde la mirada del Señor: recordemos lo que el Evangelio del domingo pasado nos decía, hablándonos de lo que el Señor se encontró en el templo de Jerusalén: cambistas y mercaderes. En el fondo la intrascendencia, que engendra indignidad, roba lo más bello del hombre, y convierte este mundo en lugar de negocio con el ser humano mismo. Mirar lo que existe desde Dios. Sobre todo mirar al hombre que no solo es física, química o biología. Un humanismo trascendente invita siempre a replantear el modo en que somos y vivimos para nosotros y con los demás. Nos invita a ir a la fuente: Jesucristo, que es Amor. La certeza de caminar por la vida con un Dios que se mete en nuestra vida nos acompaña, nos auxilia y no consiente que seamos vendedores y cambistas para tener más. Él nos enseña a ser y, por tanto, a vivir.

3. Dar la mano a todo el que esté a nuestro lado, y buscar dársela también a quien, estando lejos, necesita nuestra mano: no todo es lo mismo. No vamos en cualquier dirección. No estamos solos en este mundo. Precisamente por ello, en todos los proyectos que tengamos en la vida, todo lo que intentemos desarrollar, los valores que promovamos, el sentido que transmitamos en todo lo que hacemos, aunque a nuestro alrededor tengamos gente que no profese nuestro credo, es fundamental que demos nuestra mano a todos, como lo hizo Jesucristo. Dar a su estilo, a su manera, con la profundidad que ofrecía y las consecuencias que tenía pues, aunque no puedan verlo algunos, estamos colaborando en la llegada del Reino para todos. Hay un juicio, y este es el triunfo de la justicia, del amor, de la fraternidad y de la dignidad trascendente de todo ser humano. Demos siempre la mano.

Con gran afecto, os bendice,

+ Carlos Card. Osoro Sierra,

Arzobispo de Madrid

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.