La Iglesia del resto: ¿tenemos futuro? (III)

Mons. Agustí Cortés            Es bello comprobar que un hijo puede constituir un gran mensaje. A veces, al ver a familias pasear un domingo por el parque, uno siente por dentro una cierta satisfacción: a pesar de cómo está el mundo, estos padres creen en la vida humana. Engendrar un hijo es como un acto de fe.

El hijo que Isaías llevaba de la mano al encuentro del rey Acaz por indicación de Dios, se llamaba “Sear-Yasub”, que significaba “Un resto volverá”.

Lo primero que pensarían el rey y todos los que contemplaban la escena al conocer este nombre es que se anunciaba una catástrofe. Si solo un resto volverá, ¿qué será de la mayor parte del pueblo? El profeta lanzaba una amenaza: el miedo que hacía temblar al rey y a todo el pueblo de Judá estaba justificado, porque el camino que habían elegido, es decir, congraciarse con los pueblos vecinos, concretamente con Asiria, llegando a imitar sus prácticas religiosas, conducía a la autodestrucción. Habían intentado hacerse amigos de los otros pueblos, mostrando que prácticamente creían lo mismo y que sus dioses también merecían sus sacrificios, incluso los sacrificios humanos.

No podemos dejar a un lado este mensaje tan importante en la tradición profética, especialmente en tiempo de Cuaresma.

La impresión de empobrecimiento que tienen muchos a la vista de nuestras comunidades provoca reflexiones diversas. Unos piensan que todo es debido a una fuerza secularizadora que domina nuestro mundo occidental, o incluso a la presión de grupos anticatólicos o anticristianos que pretenden dominar la cultura. Otros opinan que los culpables están dentro de la Iglesia, en sus responsables o en determinadas corrientes teológicas…

No es el momento de plantearse esta cuestión. Como Iglesia en camino cuaresmal, asumimos el hecho del empobrecimiento, de la disminución de fuerzas, también de la falta de entusiasmo, de la baja creatividad, que ciertamente se puede constatar en nuestras comunidades. Lo que sí nos tiene que preocupar es si una de las causas que lo motivan es que hayamos perdido seguridad en lo que somos –Pueblo de Dios que vive únicamente apoyado en su verdad y su amor– al hacer de nuestro mensaje y nuestra vida algo aceptable para el mundo. En este sentido, la apertura y el movimiento hacia el mundo que nos pidió la Iglesia en el Concilio Vaticano II quedaría bajo sospecha, lo cual sería un grave error. No faltan quienes denuncian esta interpretación equivocada del concilio como una de las causas más importantes del actual “vaciamiento” de la Iglesia.

Si esto fuera así, mereceríamos la denuncia profética de Isaías. La Iglesia no puede subsistir si no vive de la fe. El papa Benedicto XVI advirtió del “aburguesamiento” que nos amenaza por contagio del mundo; y el papa Francisco denuncia la “mentalidad mundana” que enfría el amor en la Iglesia:

“El amor se enfría también en nuestras comunidades… Sus signos son la acidia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y plantear guerras fratricidas, la mentalidad mundana que tiende solo a preocuparse de las apariencias, disminuyendo así el entusiasmo misionero…” (Mensaje de Cuaresma 2018)

No tengamos miedo al “empobrecimiento” de la Iglesia, si él nos devuelve una identidad perdida o desdibujada. Una Iglesia es más verdadera y más libre sin falsas apoyaturas. Quizá sea éste el camino que el Espíritu nos indica hoy.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia.Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998.El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat.En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades.En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.