Tener Espíritu de adopción filial

Mons. Braulio Rodríguez               Dice san Pablo: “No habéis recibido un Espíritu de esclavitud… sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “¡Abba, Padre!” (Rom 8, 15-16). Pienso yo que es muy saludable para la vida cristiana sentir que la Cuaresma es momento oportuno para recobrar ese Espíritu de adopción. Esas pocas palabras de san Pablo condensan la riqueza de la vocación cristiana: el gozo de sabernos hijos de Dios. Lo somos desde que recibimos el Bautismo, Y realmente la experiencia de ser hijos de Dios Padre sustenta nuestras vidas. ¡Cómo se nota cada vez más en nuestra sociedad que tantos no piensan en Dios, que no se cuenta con Él en los momentos cruciales de la vida humana, en su Providencia a la hora de resolver los grandes problemas que se le plantean al hombre y la mujer! Y, sin embargo, nuestra existencia tendría que ser siempre respuesta agradecida a ese amor de Dios.

Para los cristianos es importante renovar esta Cuaresma el gozo de ser hijos de Dios. Este Dios, que aún en la situación crítica de Abraham, cuando el Señor le pone a prueba, le llena, sin embargo, de bendiciones, al mostrar esa confianza en Dios que le pone incluso en el trance de sacrificar a su hijo Isaac. Esta actitud de Abraham le devuelve el gozo, cuando su alma estaba nublada y no veía el mandato divino y había cosas que no entendía. Dios nos pone a prueba, sí, pero nunca por encima de nuestras fuerzas; de ahí ese deseo de renovar la petición de sentirse uno hijo, hija de Dios.

Queridos hermanos: Cuaresma ha de ser tiempo de más oración, personal y comunitaria, pidiendo siempre sentir más a Dios, y confiar en Él con mucha más fuerza; es ésta una experiencia de Dios amor, que sostiene nuestra fe. Además, necesitamos ser menos egoístas al orar, pues con frecuencia solo pedimos por nosotros, nuestra familia, “nuestras cosas”. En Cuaresma hay que pedir por los pecadores –ahí estamos todos comprendidos- y también por los catecúmenos; tiene que ser una oración misionera, que atraviese nuestro entorno. La oración misionera logra unirnos a nuestros hermanos en las variadas circunstancias en que se ellos se encuentran y rezar para que no les falte el amor y la esperanza. La oración por los Catecúmenos adultos y niños sin bautizar en edad escolar es una muestra de que apreciamos lo que vale la fe que recibimos cuando nosotros recibimos los sacramentos de la Iniciación cristiana.

El que tiene confianza en Dios, sabe estar igualmente al lado del sufrimiento de tantos hermanos y decir con el salmista: “En el peligro grité al Señor, y me escuchó, poniéndome a salvo” (Sal 117, 5). Rezar e interceder por muchos hermanos presos, emigrantes, refugiados y perseguidos; por tantas familias heridas, por las personas aún en paro, por los pobres, por los enfermos, por las víctimas de dependencias a drogas, alcohol, sexo egoísta. Seamos como aquellos amigos que llevaron al paralítico ante el Señor, para que lo sanara (cf. Mc. 2, 1-12), sin tener vergüenza de hacer un agujero en el techo y bajarlo hasta Jesús.

A veces constatamos que muchos de nosotros, cristianos actuales tenemos el corazón encogido. Solo el amor ensancha el corazón, y, por tanto, con el Señor podemos emprender el camino cuaresmal, ir hacia adelante. El Señor nos hará capaces, además, de sentir de un modo nuevo el dolor, el sufrimiento, tanta frustración, la desventura de tantos a nuestro alrededor que son víctimas de esa cultura del “descarte” de la que habla el Papa Francisco. Hay que pedir por la paz en África, sobre todo en la República Democrática del Congo y Sudán del Sur; también en Asia, sobre todo en el Medio Oriente, donde tantos hermanos sufren de modo irracional. Y pedir por la unidad en la Iglesia: que estemos unidos en la fe, por la esperanza, por la caridad. En esa unidad que brota de la comunión con Cristo que nos une al Padre en el Espíritu, en la Eucaristía, nos une unos con otros en ese gran misterio que es la Iglesia. Os deseo una buena Cuaresma, que nos prepare bien para la alegría de la Pascua.

 

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo y Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.