Nuestra misión necesita un corazón encendido

Mons. Luis Ángel de las Heras              Nuestra misión necesita un corazón encendido en la caridad de Cristo. Un corazón que tenga el coraje de desgarrarse (cf. Jl 2,13), para estar en continua conversión, para secundar los anhelos que llevan a colmar la existencia humana con el compromiso histórico de cambiar la faz de la tierra. Un compromiso que vehicula la misión de anunciar a Jesucristo y construir su Reino.

Nos hace bien recorrer el camino cuaresmal cada año. Aparece delante de nosotros, casi por sorpresa, con la señal de la ceniza, y nos eleva hacia las ascuas bendecidas para encender la luz pascual, símbolo de Cristo Resucitado. Es un camino para resurgir, para hallar vida, para encontrarnos con quien es la Vida; para confrontarnos con nuestra propia verdad y con quien es la Verdad. Por eso, la senda pasa por rasgar el corazón. Para apartar de él cualquier sentimiento helado, cualquier violencia, rencor, resentimiento… todo mal latido. Y mantener así nuestras entrañas en continua conversión, en este ir caminando cada vez más al compás de los latidos del amor.

En su mensaje para esta Cuaresma el papa Francisco nos previene ante los falsos profetas y ante un corazón frío. Cualquiera puede dejarse engañar y congelar el corazón. Es fácil, sobre todo si crees que no te va a ocurrir. Necesitamos un corazón encendido en la caridad de Cristo. Que sea el amor de Cristo el que —como sugiere bellamente Isaac de la Estrella— nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están (cf. Sermón 31: PL 194,1292-1293).

¿Cómo podemos encender el corazón en la caridad de Cristo? ¿Con qué corajes y con qué anhelos? En primer lugar, hay que tener el arrojo de rasgar el corazón para alejar de él toda mentira y engaño, para asumir la propia verdad, con sus miserias y sus grandezas, sin confundirlas. De tal modo que logremos romper inercias que enfrían el corazón, dejándolo a merced de las heladas de la comodidad, la parálisis, la ceguera, el aislamiento, la injusticia, la corrupción… Si despertamos en nosotros esta valentía, veremos crecer una aspiración generosa de renovación (cf. EG 26), una sincera disposición para que todo sea transformado, para querer verdaderamente ser curados, recobrar la vista, ser justos y honestos. Este coraje y este anhelo bien pueden ser nuestra oración durante la Cuaresma: una plegaria elevada al Señor sin esperar mayor recompensa (cf. Mt 6, 5) pero confiando en recibir de Su parte el don de un corazón de fuego para salir en misión.

En segundo lugar, para que la caridad de Cristo prenda en el corazón, es precisa la audacia de rasgarlo para eliminar de él la distancia con los pobres y necesitados, para desterrar cualquier actitud de exclusión, de descarte, de superioridad, de agresividad, de indiferencia, de rigidez… Todas estas actitudes son témpanos que lanzamos hacia el corazón de otros, pero que terminan por congelar el nuestro. Esta audacia alumbrará en nosotros un estilo de vida libre y dadivoso, capaz de acompañar, de ayudar, de ofrecer cercanía, proximidad, especialmente a cuantas personas se encuentren desamparadas o desesperanzadas, esclavizadas u oprimidas. Este coraje y este anhelo bien pueden ser nuestra limosna durante la Cuaresma, sin ruido de trompetas, sin que sepa la mano izquierda lo que hace la derecha (cf. Mt 6, 3), pero dejando que el cambio se transparente en los rostros de quienes somos tocados por la caridad de Cristo y por los pobres.

En tercer lugar, un corazón que se inflame en la caridad de Cristo ha de ser un corazón alegre. El que surge cuando tenemos el valor de privarnos de todo lo que es exceso que daña a la persona y la enfría. Tal privación nos dará a conocer lo que se siente cuando falta lo indispensable y aumentará en nosotros el deseo de la vida y la alegría que brotan del encuentro con Jesús. Este coraje y este anhelo bien pueden ser nuestro ayuno durante la Cuaresma, el gesto interno de desprendimiento que, con la cabeza perfumada (cf. Mt 6,17), nos permitirá mostrar el gozo que se aviva con el fuego del amor de Cristo.

El Padre Dios que está en lo escondido (cf. Mt 6,18) nos llevará por este camino cuaresmal —por el Camino, que es su mismo Hijo— hasta la hoguera de la Pascua de Cristo y del don del Espíritu Santo. En Dios siempre encontraremos el fuego de fundidor del único amor que colma todos los anhelos del hombre y da coraje para cambiar el propio corazón y el corazón del mundo, que necesita igualmente inflamarse de verdadera caridad. El corazón de Dios siempre está encendido: el nuestro lo estará si se acerca a la lumbre del amor divino y permanece allí con Él.

No desperdiciemos el tiempo que ahora es favorable (cf. 2Cor 6,2). Con esta llama misionera en las entrañas, merece la pena embarcarse un año más en la peregrinación eclesial de la Cuaresma. Caminemos con santa María Virgen, Madre de Dolor y de Esperanza. ¡Hasta la Pascua de Resurrección!

+ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de Mondoñedo-Ferrol

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal
Acerca de Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal 20 Articles
Nació en Segovia el 14 de junio de 1963. A los 14 años ingresó en el seminario menor de los claretianos de Segovia. En 1981 comenzó el año de noviciado en Los Negrales (Madrid), donde hizo su primera profesión el 8 de septiembre de 1982. Este mismo año inició los estudios filosófico-teológicos en el Estudio Teológico Claretiano de Colmenar Viejo, en Madrid, (afiliado a la Universidad Pontificia Comillas). Emitió la profesión perpetua el 26 de abril de 1986, año en que concluye la Licenciatura en Estudios Eclesiásticos. Al concluir la formación inicial, fue destinado al Equipo de Pastoral Juvenil de la provincia claretiana de Castilla, a la vez que cursó estudios de Licenciatura en Ciencias de la Educación en la Universidad Pontificia Comillas. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de octubre de 1988.Inició su ministerio sacerdotal, en 1989, en las parroquias que los claretianos tienen encomendadas en el barrio madrileño de Puente de Vallecas (Santo Ángel de la Guarda y Nuestra Señora de la Aurora). Un año más tarde, en 1990, con otros claretianos y algunos laicos de la Parroquia, fundó la Asociación “Proyecto Aurora” (dedicada a la atención y acogida de drogodependientes en coordinación con “Proyecto Hombre”) y la dirigió durante seis años. Participó también durante 9 años en la animación de Justicia, Paz e Integridad de la Creación (JPIC) de la antigua provincia claretiana de Castilla.En septiembre de 1995 es nombrado auxiliar del prefecto de Estudiantes en el Seminario de Colmenar Viejo. Después fue formador de postulantes, superior y maestro de novicios en Los Negrales (Madrid). En Colmenar Viejo ejerce también como consultor, vicario provincial y prefecto de los seminaristas Mayores. En la Confederación Claretiana de Aragón, Castilla y León fue delegado de formación del Superior de la Confederación, de 2004 a 2007. Este último año fue elegido prefecto de Espiritualidad y Formación de la Provincia claretiana de Santiago. Durante el sexenio 2007-2012 fue también vicario provincial y prefecto de Estudiantes y Postulantes en Colmenar Viejo, así como profesor en el Instituto Teológico de Vida Religiosa y en la Escuela Regina Apostolorum de Madrid.El 31 de diciembre 2012 fue elegido Superior Provincial de los Misioneros Claretianos de la Provincia de Santiago. El 13 de noviembre de 2013 presidente de CONFER.El 16 de marzo de 2016 se hace público su nombramiento como obispo de Mondoñedo-Ferrol y toma posesión de la diócesis el día 7 de mayo de 2016.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es actualmente miembro de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada, Comisión a la que se incorporó en la Plenaria de noviembre de 2016.