Las sorpresas de Dios

Mons. Jaume Pujol           Hay dos tiempos activos de espera a lo largo del año litúrgico: el Adviento, que es espera del nacimiento de Jesucristo, y la Cuaresma, que es preparación de la Semana Santa en la que se conmemora su muerte y resurrección.

En la Biblia ya aparecen numerosas situaciones de espera: el pueblo escogido atiende durante siglos la llegada del Mesías; los Reyes Magos se ponen en camino guiados por la estrella, con la esperanza de ver al nacido Rey de los Judíos; Simeón y Ana van al templo de Jerusalén con el deseo de que puedan tener a Jesús en sus brazos…

Si el nacimiento del Mesías requería ser precedido por un largo periodo de espera, la Iglesia nos ofrece un tiempo litúrgico para que nos preparemos también para el gran misterio de su muerte.

El Dios cristiano es el Dios de las sorpresas. Chateaubriand, en El genio del Cristianismo hace referencia a estas inesperadas manifestaciones divinas. Muchas generaciones esperaban a un Mesías que sería el rey que sometería a todos los pueblos, pero he aquí que nace en un establo, que es hijo de un carpintero de un rincón de Galilea, que predica sacrificios y es modelo de dolores y miserias hasta ser apresado, torturado y muerto clavado en una cruz.

¿Cómo es esto? ¿Acaso Jesús de Nazaret no es Dios y por tanto omnipotente? Pascal ofrece una clave explicativa de esta renuncia al poder: «El Dios de los cristianos no es solamente un Dios que ejerce la providencia sobre la vida y los bienes de los hombres, para dar una feliz secuencia de años a los que le adoran, como piensan los judíos. El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, es un Dios de amor y consolación; un Dios que llena el alma y el corazón de aquellos a quienes posee».

La Cuaresma, en la que hemos entrado, nos adentra en este misterio de amor, en esta paradoja de que el fuerte se hace débil, el todopoderoso se pone en manos de la humanidad para salvarla.

El riesgo que tenemos —apunta el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de este año— es el enfriamiento en la caridad. Citando a Dante, recuerda que en su descripción del infierno se imagina al diablo sentado en un bloque de hielo; su morada es el amor extinguido. Debemos estar alerta para que no nos enfriemos en el amor, y para ello la Cuaresma nos ofrece tres remedios: la oración, la limosna y el ayuno. Sobre este trípode se mantendrá firme nuestra caridad.

 

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

Mons. Jaume Pujol
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Nace en Guissona (Lleida), el 8 de febrero de 1944. Cursó los estudios primarios en los colegios de las Dominicas de la Anunciata y de los Hermanos Maristas de Guissona. Amplió sus estudios en Pamplona, Barcelona y Roma. Realizó el doctorado en Ciencias de la Educación en Roma, donde cursó estudios filosóficos y teológicos. Es doctor en Teología por la Universidad de Navarra. Fue ordenado sacerdote por el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, en Madrid, el 5 de agosto de 1973, incardinado en la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei. CARGOS PASTORALES Fue profesor ordinario de Pedagogía Religiosa en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Desde el año 1976 y hasta su consagración episcopal, dirigió el Departamento de Pastoral y Catequesis, y desde el 1997, el Instituto Superior de Ciencias Religiosas, los dos de la misma Universidad. Ocupó distintos cargos en la Facultad de Teología: director de estudios, director del Servicio de Promoción y Asistencia a los Alumnos, secretario, director de la revista Cauces de Intercomunicación (Instituto Superior de Ciencias Religiosas), dirigida a profesores de religión. Durante sus años en Pamplon dirigió cursos de titulación, formación y perfeccionamiento de catequistas, profesores de religión y educadores de la fe, y tesis de licenciatura y de doctorado. Su trabajo de investigación se ha centrado en temas de didáctica y catequesis; ha publicado 23 libros y 60 artículos en revistas científicas, obras colectivas, etc. También ha desarrollado otras tareas docentes y pastorales con jóvenes, sacerdotes, etc. El día 15 de junio de 2004 el Papa Juan Pablo II lo nombró Arzobispo de Tarragona, archidiócesis metropolitana y primada, responsabilidad que, hasta hoy, conlleva la presidencia de la Conferencia Episcopal Tarraconense, que integran los obispos de la provincia eclesiástica Tarraconense y los de la provincia eclesiástica de Barcelona. El día 19 de septiembre de 2004, en la Catedral Metropolitana y Primada de Tarragona, fue consagrado obispo y tomó posesión canónica de la archidiócesis. El día 29 de junio de 2005 recibía el palio de manos del Papa Benedicto XVI, en la basílica de San Pedro del Vaticano. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y Seminarios y Universidades. Cargo que desempeña desde 2004. Además, ha sido miembro de la Comisión Permanente entre 2004 y 2009.