Anunciar el Evangelio con alegría

Mons. Francisco Pérez            Aveces nos acosan las circunstancias de tal forma que nos sentimos abocados e impelidos a vivir tensos. Esa tensión se convierte en pesadumbre y a lo único que conduce es a sentir la vida como algo inútil. Ante tal situación se ha de despertar y la única forma de hacerlo es buscar el mejor remedio: el gozo de vivir. Ahora bien el gozo no se consigue a base de puños que se lanzan contra la oscuridad. Nadie consigue disipar la oscuridad dándole golpes. La oscuridad se disipa con la luz. Basta que sea pequeña, como una cerilla, que la oscuridad desaparece. Es el mismo Jesucristo quien nos pone la medicina para conseguir el gozo y la alegría: ”Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). La luz se suele asociar con la Gloria de Dios. Jesús es la luz del mundo, porque es la Gloria de Dios revelada. El hecho de realizar bien nuestro trabajo, si se hace para la Gloria de Dios, inmediatamente provoca en el corazón gozo y alegría.

Sabiendo que la luz es contraria a la oscuridad nos puede iluminar la Palabra de Dios que utiliza la oscuridad para representar el estado en el que nos encontramos todos, como pecadores, antes de venir Jesucristo. Sin él la vida se oscurece, con él se ilumina. “Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no le acusen. Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios” (Jn 3, 20-21). La dignidad humana es fuente de gozo cuando se valora. Sin ella se deteriora. Muchos pueden ser los ejemplos y testimonios que abalan tal argumento. Un día hablando con un misionero me relataba su experiencia. Después de un largo tiempo escuchando su hermosa exposición le pregunté: ¿Cuál ha sido el momento más importante de tu labor pastoral y asistencial? Y él, con lágrimas en los ojos, me respondió: Aquel día que salvé a varios chicos de las mafias que les llevaban para fines indignos. Aquel día mi corazón gozaba porque había contribuido a dignificar a unos chicos. La dignidad humana si se defiende es luz en medio de las tinieblas.

El ser humano, apresado por el pecado, se ve expuesto a permanecer en la oscuridad. De ahí que como decía el Papa San Juan Pablo II: “En Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, del valor trascendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia” (Redemptor hominis, n. 11). El apóstol San Pablo habla de la luz como conocimiento de la verdad. Si realizamos nuestras obras por amor y para gloria de Dios, es en ese momento cuando comenzamos a ver claramente las cosas espirituales. Vemos la luz, la realidad, tal cual es. “Mediante la clara exposición de la verdad, nos recomendamos a toda conciencia humana en la presencia de Dios” (2Cor 4, 2). No hay trampa en este acierto: la luz es siempre luz. Ahora bien se requiere una ascesis especial porque cuando creemos en Jesus nuestra actitud ante el pecado nos cambia rotundamente la vida puesto que “el hombre no espiritual no percibe las cosas del Espíritu de Dios, pues son necedad para él y no puede conocerlas, porque sólo se pueden enjuiciar según el Espíritu” (1Cor 2, 14). El gran problema de hoy es que se dedica más tiempo al cuerpo que al alma. Si dedicáramos el mismo tiempo a la oración como tiempo dedicamos en los gimnasios, a buscar las esbeltez del cuerpo, se sabrían sobrellevar mejor los ritmos de la vida.

La sociedad está hambrienta de Dios y conviene que haya referencias explícitas –de testigos del evangelio- que así lo muestren. Hace pocos días estuvo entre nosotros el P. Jacques Philippe miembro de la Comunidad de las Bienaventuranzas y la asistencia fue masiva. Habló de la oración y dijo: ”Una buena oración es una oración en la que no se trata de pensar o reflexionar mucho, sino de acoger la presencia de Dios, de acoger a Dios que nos ama y de dejarse amar por Dios. Lo más importante de la oración es dejarnos amar por Dios”. He aquí la fuente del gozo. Cuando escuchamos la Palabra de Dios y vamos poco a poco poniéndola por obra, el gozo es seguro. Hubo un niño que en la oración de los fieles, en una celebración, dijo: “Señor que los malos sean buenos y los buenos sean simpáticos”. La fe se transmite con gozo y el Evangelio bien vivido es cauce de felicidad.

+ Francisco Pérez

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).