El pan, fruto compartido y entregado (y XII)

Mons. Agustí Cortés            Hay un momento en la celebración de la Eucaristía, en que el sacerdote, tomando en sus manos un trozo de pan, lo presenta ante Dios, mientras pronuncia unas palabras que recuerdan las bendiciones de las comidas judías:

“Bendito seas, Señor, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre…”.

En su sencillez, resulta una bendición muy bella. El pan es verdaderamente un fruto. Es el resultado de un don y de un trabajo. Como tal, motiva la bendición a Dios, es decir, nuestro reconocimiento agradecido y la alabanza.

Pero lo más importante de este gesto es la evocación del destino del pan: llegar a ser materia de la Eucaristía, el cuerpo entregado de Jesucristo:

“Él será para nosotros pan de vida”.

En este momento de la celebración no podemos olvidar a los que no tienen pan. De hecho inmediatamente antes se ha realizado la colecta, cuyo significado es expresar, mediante la aportación material y voluntaria, que la comunidad comparte bienes. Esa aportación material formará parte de la ofrenda eucarística. Que la comunidad cristiana comparte bienes – también materiales – es esencial a la Iglesia. Pero desde siempre este gesto ha incluido el recuerdo y el compromiso con los pobres, aunque no formen parte explícitamente de la comunidad cristiana. Siempre los más pobres han tenido su lugar privilegiado el corazón de la Iglesia, especialmente en la celebración de la Eucaristía.

De ese corazón de la Iglesia nació la organización Manos Unidas: un grupo de Mujeres de Acción Católica (miembros de la UMOF) que se sintieron llamadas a comprometerse con los que en el mundo pasan hambre. Para ellas, el hambre de Dios era inseparable del hambre de pan. Hoy permanece bien viva esta llamada. Somos también llamados por la organización eclesial Manos Unidas a sumarnos a la nueva Campaña Contra el Hambre bajo el lema “El mundo no necesita más comida. Necesita más gente comprometida”. Hay en esta invitación unos presupuestos, unos criterios de largo alcance, sobre la producción de alimentos, el desequilibrio ecológico y económico, la explotación de los países más pobres, la sobreabundancia y el despilfarro de los más ricos, etc.

Miramos el pan que sostienen las manos del sacerdote mientras bendecimos a Dios. Es un pan “nuestro”, que tenemos como consecuencia de la tierra y de nuestro trabajo. Pero, ¿cómo puede ser objeto de nuestra bendición a Dios, si es fruto de una tierra poseída y de un trabajo realizado al margen de la justicia y del respeto a los derechos básicos de los más pobres? Es más, ¿cómo puede llegar a ser materia de la Eucaristía, Cuerpo de Cristo, si ese pan está ahí al margen del amor concreto y auténtico que predicó Jesucristo y que nos transmite mediante su Espíritu?

Y miramos nuestra colecta, la aportación material que realizamos como signo de comunión. Según lo que echamos en la bandeja y los motivos que nos mueven a hacerlo, ¿puede ser realmente signo de compartir y de ayudar a los que pasan hambre según los criterios que nos transmite la Iglesia en su Doctrina Social?

Son preguntas inquietantes. Pero nuestra respuesta, sobre todo ha de ser el gesto, el compromiso, la colaboración. No es el problema la falta de comida. Nos sobra. El problema es la falta de manos que la repartan con justicia.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.