Abre el corazón de los jóvenes a Cristo

Card. Carlos Osoro           El viernes pasado, en la oración que todos los meses tengo en la catedral con vosotros, los jóvenes, me impactó mucho vuestra participación. En un silencio lleno de contenido: dejabais entrar a Jesús en vuestras vidas, abríais vuestra vida y vuestro corazón y lo dejabais entrar en él, permitiendo que la Palabra de Dios inundase vuestra vida. Estoy seguro de que esto os ha hecho comunicar a los amigos y conocidos lo que vivisteis, especialmente la gran experiencia de amor de Dios que en gratuidad total recibíamos esa noche. Porque Jesús no deja de actuar y sanar.

Cuando llegué a casa, me puse a escribir esto que ahora os quiero comunicar: sed atrevidos y valientes para anunciar a Jesucristo. Él nos está pidiendo que lo conozcamos más y más, que tengamos tal relación con Él que, con nuestra conducta, se manifiesten sus obras y sus palabras. Seamos voz del Señor. Ello nos exige hablar de Él de tal manera que quien nos escuche y nos vea, descubra que no hablamos de un desconocido, que nuestras palabras no son huecas y vacías; todo lo contrario, hablamos de Alguien que conocemos con hondura, que ha impactado nuestra vida y que ha provocado una determinación de vida radical: lo hemos elegido como Maestro y amigo. Decidimos dejarnos acompañar por Él y vivir en Él, desde Él y por Él. En definitiva, hacer verdad en nuestra vida esas palabras que Jesús nos dice en el Evangelio: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 35). Implantar la novedad de Cristo en esta historia pasa por tomar el arma que Él nos regala: su Amor.

«El amor viene de Dios» (1 Jn 4, 7), pero tiene que mostrarse en el prójimo. Y esto es importante, pues la imagen que demos de Dios es determinante en la tarea de un discípulo misionero que toma la decisión de abrir el corazón de los jóvenes a Cristo. Pues el peligro es intentar evangelizar o dar noticia de Cristo de una manera que hagamos el anuncio mal noticiado, que resulte una imagen fea y falsa de Cristo. El Papa Francisco nos insiste en que anunciemos bien a Cristo, hablando de cómo Él «nos muestra la paciencia misericordiosa de Dios, para que recobremos la confianza y la esperanza, y las recobremos siempre, porque Dios siempre nos espera, nunca se cansa».

¡Qué bien viene entender esa expresión de san Juan de que «el amor viene de Dios»! En la parábola del buen samaritano lo vemos y entendemos. En ella Cristo desea mostrar quién es ese prójimo que cita la Ley divina: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10, 27). Para ser discípulo misionero entre los jóvenes, es necesario que te vean y nos vean como el Señor retrata al samaritano de la parábola: no se puede pasar de largo ante un herido y tirado en el camino, medio muerto. Tantos heridos encontramos: heridos por la soledad, por el sinsentido de la vida, por las esclavitudes a las que somete la cultura ambiente, perdidos en medio de esta sociedad, buscando solamente el tener, no encontrando lugar feliz en este mundo… Sigue teniendo vigencia la pregunta: «¿Quién es mi prójimo?».

La respuesta también es contundente: mi prójimo es todo ser humano, sin excepciones. No preguntes la nacionalidad, la religión, las ideas que tiene, la clase social a la que pertenece. Basta que un ser humano esté en apuros, hay que ayudarlo y estar cerca de él, levantarlo, acompañarlo. Tú que te encontraste con Jesucristo y has experimentado su amor, cree en el amor que Dios tiene por todo hombre. Siéntete llamado a amar como lo hizo Jesús. El amor viene de Dios. Y el amor expresado, manifestado en obras, es amor que cura y es la fuente de conocimiento de Dios. El conocimiento por el amor es de alguna forma la clave de toda la vida espiritual del cristiano, pues «quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 12-13).

Os invito a todos, y de una manera especial a los jóvenes, a realizar tres contemplaciones, que se convierten en tres tareas que vivir junto a Jesús, para transformarnos en esos discípulos misioneros y que tan claramente aparecen descritas en el Evangelio:

1. Contempla a Jesucristo y descubre que su corazón jamás está cerrado a nadie. Estoy seguro de que todos los que contempléis la vida del Señor, jamás encontraréis cerradas sus puertas: siempre abiertas a todos, y el pecador es el preferido. ¡Qué fuerza tiene escuchar de labios de Jesús que ninguno estamos excluidos de su amor! Cuando se experimenta ese amor, sentimos el gozo de ver otro camino nuevo, el de Jesús. Acércate a Jesús, a su persona, no a ideas sobre Él. En esa cercanía verás cómo Jesús te espera, te abraza, te perdona, te ama, te levanta, te anima. Contémplalo en su Palabra, en el misterio de la Eucaristía, en el prójimo.

2. Contempla a Jesucristo con los brazos abiertos en la Cruz. A veces cuando nos parece que está en silencio y no responde, mira la Cruz. La respuesta está ahí. Jesús con los brazos abiertos nos habla de amor, misericordia y perdón. Dios nos juzga amándonos y nos remite a la lógica de la Cruz que es la lógica de salir de nosotros mismos a darnos, es la lógica del amor más grande. Qué consuelo, qué hondura alcanza la vida, qué belleza compartir con todos esta convicción: si acojo el amor de Jesús estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por Él, sino por mí mismo, ya que Él no condena, Él salva y ama.

3. Contempla las llagas de Jesús que pasa por reconocer la dignidad de los necesitados. La compasión y la misericordia son la actitud de quien comparte la pasión de los demás, de quien sabe padecer con los otros. Esto es lo que hizo Jesús con nosotros y por nosotros, con nuestro sufrimiento, nuestra angustia, nuestro desorden. Volvamos la vida a Jesús, pongamos la vida en manos de Jesús, su dirección a las periferias existenciales y geográficas es tan clara y evidente que, en todo y por todos, nos empuja a hacer lo mismo que Él hizo: sanar heridas. El camino para encontrarnos con Jesús no es otro que no sean sus llagas, es el camino de la misericordia. Salgamos al camino de los hombres, curemos las llagas de Jesús que se muestran en la vida de los hombres.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro,

Arzobispo de Madrid

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.