¿Es joven la Iglesia?

Mons. Braulio Rodríguez           Muchos lo ponen en duda. Yo no. “¡Pero si apenas hay jóvenes en la Iglesia, en las Misas dominicales!”. Sin duda, pero que la Iglesia sea joven no depende de la edad de los discípulos de Cristo. Depende de Cristo y de la fuente de renovación de los que, viejos o jóvenes de edad, nos nutrimos para tener la vitalidad de la gracia de Dios. Hay, decía el Papa Francisco, buenas ideas en los corazones y en las mentes de los jóvenes. ¿Quiénes, si no, van a ser inquietos, buscadores, idealistas? Pero tal vez encontraréis adultos que comentan: “Bueno, piensan así porque son jóvenes; ya madurarán y se darán cuenta que nada se puede cambiar”.

Alguno hay quien dice que “cuando pienso en la Iglesia, no sé si pienso en la Santa Madre Iglesia o de la Abuela Iglesia”. Pues eso se arregla, por supuesto, con muchos que no sean “abuelitas y abuelitos”, que se quejan del hoy; pero también se arregla dándole a la Iglesia un rostro joven, y eso tienen que dárselo precisamente vosotros, los jóvenes, seáis pocos o muchos. Pero, un rostro joven es real, lleno devida, no precisamente joven por maquilarse con cremas rejuvenecedoras. No, eso no sirve; necesitamos jóvenes que desde su corazón se dejen interpelar por Cristo y, así, interpelar al resto de la Iglesia. Yo os digo que hay jóvenes de 17, 18, 20, 25 años ¡viejísimos!, con unas ideas o falta de realismo terrible.

El Papa Francisco ha dicho a jóvenes chilenos hace unos días: “La Iglesia
necesita que ustedes saquen el carnet de mayores de edad espiritualmente mayores
y tengan el coraje de decirnos: “Esto me gusta, este camino me parece que es el que
hay que hacer, esto no va, esto no es un puente, es una muralla, etc. Que nos digan
lo que sienten, lo que piensan y eso lo elaboren entre ustedes en los grupos de ese
encuentro y después eso irá al Sínodo”. Se refiere el Santo Padre a un Encuentro de
jóvenes de todo el mundo de católicos y otros cristianos, e incluso de jóvenes que
no saben si creen o no, en la semana previa al Domingo de Ramos de este año de
cara al Sínodo de Obispos de octubre 2018, al que puedan de este modo hacer
propuestas.

Pero, antes es importante, en mi opinión, huir de tópicos: rejuvenecer la
Iglesia no significa que todos nos ponemos “muy juveniles”, muy idealistas,
sentimentales y ¡ya está! No. Ser joven cristiano es otra cosa. Cuenta el Papa
Francisco una anécdota de no hace muchos años, tal vez de cuando era Arzobispo
de Buenos Aires. Le preguntó a un joven que era lo que le ponía de mal humor:
“Cuando al móvil se le acaba la batería, contestó, o cuando pierdo la señal de
internet”. Le preguntó de nuevo: “¿Por qué?”; a lo que respondió: “Padre, es
simple, me pierdo todo lo que está pasando, me quedo fuera del mundo, como
colgado. En esos momentos, salgo corriendo a buscar un cargador o una red de wifi
y la contraseña para volverme a conectar”.

El Papa saca de esta anécdota un pensamiento interesante: con la fe nos
puede pasar lo mismo. Después de un retiro espiritual, una predicación, unos
ejercicios espirituales, de un encuentro de jóvenes, de una visita del Papa, todos
nos entusiasmamos y la fe crece: nos embalamos; pero después de un tiempo
inicial, casi sin darnos cuenta comienza a bajar “nuestro ancho de banda”,
despacito, y aquel entusiasmo, aquel querer estar conectados con Jesús empieza a
perder fuerza, y empezamos a quedarnos sin conexión, sin batería, y entonces nos
volvemos descreídos y nos gana el mal humor, tristes, sin fuerza, y todo lo
empezamos a ver mal. Al quedarnos sin esta “conexión”, el corazón empieza a
perder fuerza.

Sin conexión, sin la conexión con Jesús, se van ahogando nuestras ideas,
nuestros sueños, ahogando nuestra fe. Y quedamos desconectados de la realidad
de lo que está pasando en el “mundo”; quedamos en nuestro mundito, donde estoy
tranquilo/a, en mi sofá, ahí – ¿recuerdas?-. Y al perder la “señal”, muchos sienten
que no tienen nada que aportar y quedan como perdidos, porque no les hace falta a
nadie. Y no es verdad: tienes mucho que aportar al mundo que te necesita, a la
patria, a la sociedad. Lo tienes dentro de ti y no lo conoces. Pero tienes que
conectarte, buscando la señal. ¿Cuál es ésta?

La contraseña para reconectarte es sencilla. Anótala: “¿Qué haría Cristo en
mi lugar?” Qué haría Cristo en mi lugar, en mi escuela, la universidad, en la casa,
en la calle, entre amigos, en el trabajo; frente a los que hacen “bullying”. Cuando
sales a hacer deporte, o a bailar, o al estadio. Esa es la contraseña, eso es utilizar la
batería para encender nuestro corazón y encender la fe, y encender la chispa en los
ojos. Eso es ser protagonista de la historia. Eso rejuvenecer a la iglesia contagiando
a tantos “viejos” jóvenes; jóvenes solo de edad.

+ Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo y Primado de España

 

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.