Perú enciende la antorcha de la esperanza. Crónica de Mons. Sanz de la visita papal

Acaba de finalizar el viaje apostólico que el Papa Francisco ha realizado a Chile y Perú durante la pasada semana.  Mons. Je­sús Sanz Mon­tes, ar­zo­bis­po de Ovie­do, en res­pues­ta a la in­vi­ta­ción de la Con­fe­ren­cia Epis­co­pal Pe­rua­na, acom­pa­ñó al Papa durante su estancia en Perú al país des­de el 18 de enero. Con tal mo­ti­vo ha es­cri­to cinco cró­ni­cas que re­pro­du­ci­mos a con­ti­nua­ción.

21 enero. «Volver a lo cotidiano, tras unos días extraordinarios»

Termina el viaje y marchamos los viajeros. Volvemos al trajín de lo cotidiano donde nos esperan las mismas cosas que dejamos, aunque quizás ahora contempladas y vividas de otra manera, por la gracia recibida en unos días que siempre recordaremos. Quedan atrás estos cuatro días de una inmensa intensidad en donde he podido asistir en primera línea a algo que te toca el corazón y te hace preguntas que no puedes rodear ni maquillar. En primer lugar, la fuerza que tiene la fe, aunque tantas veces sea una creencia inmadura, parcial. La mirada no sabe ni puede dejar de asomarse a un horizonte de esperanza para el que nacimos, en donde todas nuestras justas inquietudes encuentran de Jesús la más inaudita e inmerecida respuesta. Así pasó hace dos mil años cuando el Señor fue viajero que iba contagiando su Buena Noticia a tanta gente zarandeada por la vida, y por la muerte, por la ingratitud, la soledad, la violencia y los miedos todos ante las penurias de tantas maneras. He visto la fe de un pueblo sencillo, una fe más grande que todas nuestras incoherencias juntas, infinitamente mayor que nuestros pecados cualesquiera. No son de piedra, se dan cuenta de las cosas, pero saben distinguir que una cosa es Cristo y su mensaje y otra bien distinta es la debilidad o mediocridad de los cristianos. Estos hombres y mujeres, niños y adultos, jóvenes y ancianos, pedían la bendición de Dios por doquiera que fueras, la bendición de Dios, sí… aunque ésta les llegase por tus manos.

En segundo lugar, he visto cómo queda presente y patente una herencia evangelizadora y cultural de primer rango, cuando durante siglos llevaron adelante una preciosa labor tantos hombres y mujeres que habiendo dejado patria, familia, casa y hacienda, se allegaron a estas tierras, se entregaron a estas gentes. Sin más pago que la alegría del Evangelio sembraron de esperanza los surcos de los corazones. Quizás otros que arribaron a estos lares, tuvieron otros intereses y sacaron otros partidos pagando un precio excesivo las gentes que encontraron. Pero los cristianos, nuestros misioneros, se dejaron su vida y su tiempo para anunciar la más bella Buena Noticia, defendiendo los derechos de Dios y los derechos de sus hijos que siempre serán nuestros hermanos.

En tercer lugar, como me sucediera cuando estuve en África visitando nuestra misión diocesana de Oviedo en Bembereké (Benin), me vuelvo a conmover ante el mestizaje de Dios: Él es indígena, es cholo, habla quechua, y le gusta la mirada limpia de estos ojitos aceitunados, y el color de su piel morena y cobriza, y sus danzas vistosas con sus colores y cantos variados, la alimentación que aquí se usa, y la armonía que hay entre una naturaleza pura celosa de su virginal belleza y el respeto de estas gentes que en ella encuentran el libro de tanta sabiduría que Dios ha escrito para ellos. No es el Dios “europeo” que ha venido a esta tierra para colonizar tierras y personas según el uso y costumbres del viejo mundo, sino un Dios que está a la buena de Dios en medio de sus hijos en este nuevo mundo de las américas.

No por ser lo último es lo menos importante. Pero sin duda que el paso del Papa Francisco, ha sido un regalo para tantísimos corazones, en una desbordante mayoría bien ruidosa que ha expresado de mil modos su gratitud al Santo Padre y su alegría por pertenecer a un pueblo cuya fe ha venido a confirmar el Sucesor del apóstol Pedro. Para el Papa han sido días extenuantes con una carga de actividades que a cualquiera nos dejaría molidos, y que, sin embargo, con la ayuda del Señor, él ha logrado sobrevivir con garbo y mucha entrega. No cambia la doctrina, aunque puedan ser otros los acentos cuando en otros momentos, con tiempos cambiados y cambiantes, se intenta proclamar el Evangelio eterno, tal y como lo ha recibido la Iglesia de su Señor y Maestro, tal y como lo han celebrado tantas generaciones cristianas, lo han testimoniado hasta el martirio nuestros misioneros, y tal y como lo han enseñado de padres a hijos nuestras familias, nuestros pastores verdaderos. Se viene a recordar lo de siempre, porque de suyo es así el mensaje que abraza nuestras preguntas todas teniendo como respuesta ese Evangelio que no tiene fecha por ser para cada época aun permaneciendo siempre el mismo.
Es justo dar gracias al Buen Dios por todo ello, y al término de este periplo visitador de un viaje apostólico, podamos todos con un corazón agradecido aplicar a nuestra vida personal lo que aquí el Señor nos ha enseñado, nos ha recordado, y nosotros quizás hemos aprendido recordando lo olvidado o estrenando lo que trae sabor a nuevo.

Unidad y esperanza fue el lema de este viaje del Santo Padre a Perú. Y un pueblo más unido y fortalecido en su fe es el que queda cuando otros nos vamos. Un pueblo cristiano que vuelve a encender la antorcha de la esperanza cuando, en medio de las dudas o las certezas, las luces o las sombras, lo que nos alegra o lo que nos pone a prueba, volvemos a dar gloria a Dios siendo bendición para todos los hermanos.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, Arzobispo de Oviedo

17 enero 2018: Aterrizando en este Perú visitado por el Papa

Una gran ciudad bella y cosmopolita, inmensa en su extensión de 2700 km2 y con una inabarcable población de casi 9 millones de habitantes. Fue llamada Ciudad de los Reyes y era la capital del Virreinato de Perú, la más grande que la corona española tenía en estos lares. Se fundó un 18 de enero de 1535: estamos de cumpleaños. Lima representa una de las capitales de aquel mundo nuevo que se descubrió, se evangelizó, y se volcó en él con desigual fortuna y acierto lo que aquellos primeros descubridores fueron a llevar en una de las epopeyas históricas de la humanidad. Allí estuvieron presentes también los misioneros. No eran comerciantes, no formaron parte de la soldadesca, no representaban a ninguna corona de esta tierra. En aquel nuevo mundo ellos quisieron anunciar la Buena Nueva. Y se deslizó con respeto un aire de libertad, de luz y gracia, que fueron escuchando aquellos buenos indígenas reconociendo en el mensaje y en los mensajeros el Evangelio que correspondía con cuanto, a su modo, habían buscado y tentado de mil maneras. La paz, la concordia, el perdón, la entrega, la misericordia, la belleza, la bondad… no eran virtudes “cristianas” sin más, sino que representaban los anhelos de cualquier persona de bien que ha nacido para ellas. Y, cuando alguien te las señala como camino, como pedagogía y talante, como anuncio liberador, entonces te reconoces en ellas.

Queda la huella de este paso misionero cristiano por estas tierras. Los franciscanos, los dominicos, los jesuitas, entre otros, han sembrado esta semilla a través de sus palabras y sus obras que permanecen en la historia. Colegios, hospitales, comunidades y parroquias, han sido espacios en los que con la alegría del Evangelio dar voz a los que no tienen voz, y poner nombre a las ansias más verdaderas. Anoche llegaba, ya tarde, a Perú, y me sobrevenían estos pensamientos cuando al salir del aeropuerto me topé con tanta gente buena. También nuestra tierra, Asturias, tiene este marchamo viajero de tantos misioneros nuestros que hicieron los mares sin hacer las américas. Vinieron para otra cosa y eso permanece. La huella de estos hombres y mujeres que escribieron con su entrega una hermosa página de humanidad cristiana, es el trasfondo que la visita del Papa Francisco se encontrará mañana cuando llegue a esta tierra peruana.

Para mí es un regalo inmerecido poder representar a la Conferencia Episcopal Española en esta visita apostólica del Santo Padre. No será un viaje inicuo cuando hay tantas heridas en el corazón de las gentes, que están necesitando un bálsamo que ponga paz y una voz que acierte a proclamar la verdad en la caridad y la justicia. Como dice Francisco en su mensaje con motivo de este viaje: «quiero hacerme partícipe de vuestras alegrías, tristezas, dificultades y esperanzas, y deciros que no estáis solos, que el Papa está con vosotros, que la Iglesia entera os acoge y os mira. Con vosotros deseo experimentar la paz que viene de Dios; solo Él nos la puede dar. Es el regalo que Cristo nos hace a todos, el fundamento de nuestra convivencia y de la sociedad».

Seguiré día a día los pasos de este mensajero, sucesor de Pedro, en las tierras peruanas. Y de estas notas viajeras daré cuenta para compartir esta gracia en quien tenga a bien leerlas. Queda en el aire aquel viejo mandato evangélico: «Id al mundo entero y anunciad la Buena Noticia». Así les dijo Jesús a aquellos primeros discípulos. Veinte siglos después, seguimos en la misma guisa aunque esta tierra ya estuviera evangelizada. Por eso, con el afecto y la emoción de quien se une a este especial mensajero, voy a acompañar al Santo Padre llevando España y Asturias en el corazón, sabedor de la larga trayectoria misionera que nuestra Diócesis ha escrito en su historia. Que la Santina, cuya devoción también fue traída por tantos asturianos que emigraron a estas tierras, bendiga desde su Santa Cueva este viaje del Papa.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, Arzobispo de Oviedo

18 enero 2018: Lima, en su espera cumplida y gozada

Suenan los motores del avión que sobrevuela la ciudad de Lima. El espacio aéreo está totalmente despejado y protegido. Hace horas, para algunos, muchas horas que se espera que ese avión, precisamente, aterrice.

Llega alguien de quien recibir algo importante que no son milongas vacías para recabar voto o salvar la prebenda de su blindado privilegio. No hay una cumbre de los poderosos bienpensantes, los amos de la opinión y quienes mueven sin dolor los hilos del mundo en su propio beneficio.

Personas sencillas que se agolpan en las avenidas en las que más de una vez en estos días se aprestarán a ver pasar a alguien que merezca la pena. Los he visto apoyados en las barandas que protegen el cortejo que verán fugazmente pasar. Y aguantan el sopor de un calor húmedo bajo unas nubes grises que jamás nos regalan unas gotas refrescantes de la hermana agua. Pero ahí están, en la espera que les vale la pena por cruzarse sus miradas con los ojos del Papa. Y las pancartas lo han ido anunciando con el célebre lema que hace dos mil años otros vitorearon al llegar Jesús a la ciudad santa de Jerusalén en aquel primer domingo de Ramos: ¡bendito el que viene en el nombre del Señor!, le decían totalmente entusiasmados entonces. Y eso mismo le dicen al Papa Francisco a su llegada a Lima. Algún rotativo más desenfadado y juguetón, lo ha dicho con gracioso desparpajo como quien abusa con respeto cariñoso de una confianza que suponen y desean: “Bienvenido, Panchito”, ha publicado a todo color en su portada.

Viene el Santo Padre directamente de Chile, donde ha estado estos tres días y pico entregado a la misma causa de confirmar en la fe a los hermanos y alentar la esperanza encendiendo en los corazones una llama que no se apaga, aunque haya habido quienes la han querido sofocar. Es fácil enarbolar fallos de personas o comunidades para reprochar a la Iglesia su debilidad omitiendo su inmensa aportación en todos los sentidos a favor de la humanidad a la que sirve en nombre de Cristo. Claro que los cristianos cometen fallos, y que hay un abismo de desproporción entre el ideal evangélico que Jesús propone y nuestra vida mediocre que a menudo deja tanto que desear. Somos pobres vasijas de barro que llevan un tesoro en sus adentros: la maravilla no está en el continente sino en la belleza y verdad del contenido, una dulce llama que alumbra sin deslumbrar, Cristo.

Algunos han querido soplarla ejerciendo de advenedizos apagafuegos con las cantinelas y soflamas de una consigna orquestada por quienes son ya conocidos en el arte del escrache. No les importa en absoluto el candelero, que ya se sabe que es frágil, sino la luz que en él desean censurar. Pero Francisco en ese país hermano no se ha callado y ha dicho, a quien ha querido escucharle, las verdades claras del Evangelio a propios y extraños. No ha repartido estopa, que no era el tema ni es la manera cuando tiene ante sí el mapa de la humanidad entera en el rostro de los chilenos con sus luces y sombras, sus dudas y certezas, sus heridas y esperanzas, como padre de una cristiandad inmensa. Pero sí ha querido desgranar en Chile lo que, estoy seguro, va a hacer aquí en Perú en cuanto ponga pie en tierra dentro de unos instantes: que la Iglesia no es una élite de clérigos que usan baratamente el tiempo y las mañas de los laicos, sino que todos formamos parte de esa familia nueva que Jesús fundara, cada cual con su papel; que no hay derecho alguno que pueda esgrimirse destruyendo al que piensa distinto y, por eso, no se puede pedir reconocimiento cuando se está aniquilando al otro; y a los jóvenes ha querido decirles que quien se acerca a Jesús queda encendido: «Nunca pienses que no tienes nada que aportar o que no le haces falta a nadie. Ese pensamiento, como le gustaba decir a Hurtado, es el consejo del diablo que quiere hacerte sentir que no vales nada… pero para dejar las cosas como están».

Ya ha aterrizado el avión papal. Llega a Perú para hablar a su pueblo: el que el buen Dios le ha querido confiar como sucesor de Pedro. Bienvenido Santo Padre, bienvenido Panchito. Bendito el que viene en el nombre del Señor.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm. Arzobispo de Oviedo

19 enero de 2018. Amazonía: los saberes y los sabores

Amaneció para nosotros muy temprano, aunque tardó luego en salir el sol. Y es que hubo que levantarse a las cuatro y media de la mañana, porque debíamos recorrer los mil seiscientos kms. que distan Lima de Puerto Maldonado, en el corazón de la Amazonía peruana. En un avión militar llegamos a esa imponente selva amazónica, tupida por una foresta donde todo es verde frondoso con los árboles que desde el cielo aparentan una alfombra de verde rugoso, cuya uniformidad se rompe sólo por el serpentín de los dos ríos que la recorren y atraviesan. Se trata de los ríos Madre de Dios, que da nombre a la región de la que Puerto Maldonado es capital, y Tambopata. Estamos en la época de lluvias, y cuando menos te lo esperas cae torrencial con una fuerza como si nunca hubiera llovido. Tienen los ríos color achocolatado, como es propio de las aguas turbulentas que caen con tanta fuerza y frecuencia.

Aterrizamos y me topé con esas dos características que a primera vista percibes y asimilas al mirar a la gente: es una tierra que tiene sabores y tiene saberes. Los sabores de una riqueza natural que te devuelve lo verdadero de la vida y la naturaleza, sin mezcla de artificio, sin abuso de ningún maleficio, tal y como salió y sigue saliendo de las manos incansables de Dios Creador. Es un sabor humilde, que deja dulzura en tu mirada cuando los ojos se atreven a mirar las cosas como las cosas son. Y los saberes de una gente de cultura antigua y ancestral, que acierta a vivir las cosas importantes y no tiene pretensiones inútiles de perder la vida en lo que no vale la pena. Un saber de sabiduría auténtica, que entiende la importancia de la familia, de los hijos a los que educa con cuidado, de los ancianos que protege con respeto y gratitud, de las relaciones entre las personas sin usarlas y tirarlas. Un saber lleno de la armonía que por doquier te circunda, como quien se atreve a aprender de la “hermana madre tierra” –como cantaba San Francisco de Asís– todo lo que en ella nos quiere enseñar Dios.

Encuentro con las culturas de estos diversos pueblos que venían con sus atavíos vistosos y plumajes varios. Cantaron y danzaron delante del Santo Padre, y a todos nos recordaron unos pasajes preciosos de la encíclica Laudato Sii, que escribió el Papa Francisco a propósito del cuidado de la casa común que es la tierra que se nos ha dado, y de la vida que en ella sufre tantas amenazas. Lo hicieron en una de las lenguas amazónicas, como queriendo mostrar la estrecha sintonía entre lo que cantó San Francisco, lo que propuso el Papa Francisco, y el reto que tenemos delante a la hora de mirar y cuidar ese don que el Creador ha puesto en nuestras manos. Pero me ocurrió algo.

Una mujer indígena estaba al pie de la escalera del estrado. Al bajar los obispos se me quedó mirando pidiéndome que me acercara. Una joven madre, de rasgos indios preciosos, cuyo pelo negro de azabache era recogido por una cinta multicolor y una pluma graciosa que lucía como tocado. Su pequeño estaba a su lado durmiendo en un colchón improvisado que ella le preparó con unas inmensas hojas de aquellos árboles gigantes. Con lágrimas como perlas, me dio un sobre arrugado y cerrado que decía: “para el Apaktone Francisco”. Y me dijo: “dásela al Papa de mi parte, dásela, por favor. Llevo tres días caminando por las trochas de estos caminos de selva con mi hijito a cuestas. Frío, lluvia, hambre… pero hemos llegado. Dale esta carta al Apaktone Francisco”. Yo quedé conmovido e inmóvil a la vez. Tomé ese sobre que me quemaba en las manos. Me hacía mensajero inmerecido de una esperanza que, posiblemente, en su contenido, estaba pidiendo esa humilde joven madre. Se la haré llegar, sin duda alguna. El Apaktone, papá, es el modo con el que ellos llamaban a un misionero asturiano dominico, Fray José Álvarez Fernández, quien durante más de cincuenta años en el siglo pasado recorrió la Amazonía predicando el Evangelio y repartiendo la gracia de Dios y la fraterna humanidad. Sabores y saberes de una gente que tiene tierra.

El Papa hizo una valiente defensa de este rincón de biodiversidad único en el planeta, y que puede estar amenazado por los intereses de quienes lo explotan deshumanizadamente, rompiendo la armonía, envenenando los ríos, talando los bosques y perforando impunemente el suelo para esquilmarlo en su avidez de oro o petróleo. Se amargan los sabores, se censuran los saberes, y la obra de Dios queda destruida mientras se mata la esperanza de estos hermanos nuestros. Bendito el Apaktone Francisco, que ha venido en el nombre del Señor.

+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, Arzobispo de Oviedo

20 de enero. Cuando Dios se hizo mestizo

Trujillo nos esperaba con su aire conquistador, y cuando habían pasado más de cuatrocientos setenta años desde que el extremeño Francisco Pizarro formalizase su fundación, Trujillo se convertía para nosotros en la conquistadora por su belleza antigua y colonial, sus ancestros precolombinos y todo cuando ha sido capaz de ir construyendo hasta nuestros días entre la herencia recibida y su adecuada innovación. Fuimos conquistados por todo el encanto que rodea esta hermosa ciudad que es conocida con el sobrenombre de “la eterna primavera”.

Impresiona también en esta parte del noroeste de Perú, la cálida acogida que se le ha brindado al Papa Francisco en esta tierra andina. No ha sido el caso de la cercana Chile, cuyo viaje ha tenido otras connotaciones poniendo tono bronco y ausencia de gente al paso del Santo Padre por esas realidades chilenas que han afectado en no pocas turbulencias a la Iglesia de ese país. Por eso, viniendo desde allí con esa fundada impresión de no haber suscitado ilusión en la acogida que se demostró fría y escasa, sobresale en estos días peruanos la hospitalidad calurosa y filialmente eclesial que al sucesor del Apóstol Pedro se le ha querido ofrecer.

Ayer estuvimos con indígenas y sus problemáticas territoriales y culturales que vienen siendo tantas veces pisoteadas por los intereses de poderosos intrusos en la vida armoniosa de estos pueblos. Pero hoy era otro el lamento triste y otra también la plegaria solidaria, por lo que en toda esta vasta zona dejó sembrado el “Niño costero” con su furia de huracán embravecido que arrasó casas y haciendas en una catástrofe natural de primer orden. En la orilla del mar calmo pudimos ofrecer nuestras oraciones celebrando la santa Misa, mientras pedíamos por los casi doce mil damnificados que han perdido a seres queridos y los enseres para poder seguir sobreviviendo.

El marco era muy sugestivo: una playa alargada y ancha que acogía a más de medio millón de cristianos, en su mayoría jóvenes, y en familia. Allí, entre la brisa marina de unas olas que nos arrullaban al romperse pronto para no importunar ese improvisado templo, se bailó la “marinera” a la llegada del Papa al recinto, por parte de un grupo de jóvenes ataviados con los colores vivos de este ceremonial. El excelente coro y orquesta de jóvenes, dieron la nota bien dada, ayudándonos con su música popular religiosa y algunas piezas clásicas de Franc o de Mozart. Fue una misa como cuando Jesús juntaba a sus discípulos a la orilla para restañar sus heridas y lavar sus borrones, mientras compartía un pescado sobre brasas encendidas, tras el milagro penúltimo de llenar unas redes vacías tornándolas en plenitud. Allí estábamos cada cual, con sus redes llenas de vacío o vacías de tantas cosas. Y allí se nos dijeron palabras vivas que nos ayudan a reconocer a quien vino y viene como Vida en nuestras cosas mortecinas, Luz en nuestras penumbras y Paz en nuestros conflictos: Jesús el Señor.

Tuvo luego el Papa Francisco dos encuentros más. El primero fue con los obispos, sacerdotes, religiosas y seminaristas. Este “gremio” de especial consagración, llenábamos el patio central del Seminario de Trujillo. “Que no se marchiten vuestras vidas”, se nos dijo con audacia y mucha fuerza. Era como una invitación a sacudirnos siempre las inercias que nos hacen cansinos y escépticos ante las cosas: las que antaño nos sucedieron, las que se cumplen cada día, y aquellas que vendrán y, por ahora, desconocemos. Se nos invitaba a no descuidar esta memoria viva que nos hace lúcidos para seguir viviendo en la vocación que se nos ha hecho a cada uno como una consagración cristiana particular.

Con un consejo final, sencillo y hermoso, que nos hizo el Santo Padre, se puso una guinda de moraleja: acudid a los mayores (se refería a los obispos ancianos, los curas mayores, las religiosas de mucha edad): que no falte en ellos los sueños para que no falte en vosotros la profecía. Y, utilizando una metáfora africana que le había contado el Nuncio, apostilló: los jóvenes siempre corren más veloces, pero sólo los ancianos conocen el camino. Toda una lección para la mutua convivencia.

Finalmente acudimos a la plaza de la Armería, para tener un breve acto mariano con la coronación de la imagen de la Virgen de la Puerta. María, dijo el Papa, es mestiza. Y viste como las mujeres de aquí, y se la invoca con el nombre con el que los más pequeños llaman a su madre. Francisco quería indicar cómo Dios y María se han hecho mestizos con esta raza resultante. Me pareció una hermosa anotación. Jesús y la Virgen no son extraterrestres, ni colonizadores, sino que se hicieron uno de nosotros con el más delicado respeto, fueron nuestros desde el primer momento. Un río de niños y jóvenes, también de personas adultas y algunos ancianos, nos iban saludando con mucha efusividad y entusiasmo, al tiempo que nos pedían la bendición. Es el estribillo de estas gentes sencillas que saben que Dios y María tienen su mismo color de piel, asumen su historia, hacen suyas sus heridas y ponen nombre y cauce a la esperanza. “Padre, bendición”. Al darles la bendición, yo era en ellos bendecido.

+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, Arzobispo de Oviedo

 

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