Crónica de Mons. Sanz Montes: Lima, en su espera cumplida y gozada

Mons. Je­sús Sanz Mon­tes, ar­zo­bis­po de Ovie­do, en res­pues­ta a la in­vi­ta­ción de la Con­fe­ren­cia Epis­co­pal Pe­rua­na, acom­pa­ña al papa Fran­cis­co el via­je apos­tó­li­co que rea­li­za al país des­de el 18 de enero. Con tal mo­ti­vo ha es­cri­to ya dos cró­ni­cas que re­pro­du­ci­mos a con­ti­nua­ción.

Suenan los motores del avión que sobrevuela la ciudad de Lima. El espacio aéreo está totalmente despejado y protegido. Hace horas, para algunos, muchas horas que se espera que ese avión, precisamente, aterrice.

Llega alguien de quien recibir algo importante que no son milongas vacías para recabar voto o salvar la prebenda de su blindado privilegio. No hay una cumbre de los poderosos bienpensantes, los amos de la opinión y quienes mueven sin dolor los hilos del mundo en su propio beneficio.

Personas sencillas que se agolpan en las avenidas en las que más de una vez en estos días se aprestarán a ver pasar a alguien que merezca la pena. Los he visto apoyados en las barandas que protegen el cortejo que verán fugazmente pasar. Y aguantan el sopor de un calor húmedo bajo unas nubes grises que jamás nos regalan unas gotas refrescantes de la hermana agua. Pero ahí están, en la espera que les vale la pena por cruzarse sus miradas con los ojos del Papa. Y las pancartas lo han ido anunciando con el célebre lema que hace dos mil años otros vitorearon al llegar Jesús a la ciudad santa de Jerusalén en aquel primer domingo de Ramos: ¡bendito el que viene en el nombre del Señor!, le decían totalmente entusiasmados entonces. Y eso mismo le dicen al Papa Francisco a su llegada a Lima. Algún rotativo más desenfadado y juguetón, lo ha dicho con gracioso desparpajo como quien abusa con respeto cariñoso de una confianza que suponen y desean: “Bienvenido, Panchito”, ha publicado a todo color en su portada.

Viene el Santo Padre directamente de Chile, donde ha estado estos tres días y pico entregado a la misma causa de confirmar en la fe a los hermanos y alentar la esperanza encendiendo en los corazones una llama que no se apaga, aunque haya habido quienes la han querido sofocar. Es fácil enarbolar fallos de personas o comunidades para reprochar a la Iglesia su debilidad omitiendo su inmensa aportación en todos los sentidos a favor de la humanidad a la que sirve en nombre de Cristo. Claro que los cristianos cometen fallos, y que hay un abismo de desproporción entre el ideal evangélico que Jesús propone y nuestra vida mediocre que a menudo deja tanto que desear. Somos pobres vasijas de barro que llevan un tesoro en sus adentros: la maravilla no está en el continente sino en la belleza y verdad del contenido, una dulce llama que alumbra sin deslumbrar, Cristo.

Algunos han querido soplarla ejerciendo de advenedizos apagafuegos con las cantinelas y soflamas de una consigna orquestada por quienes son ya conocidos en el arte del escrache. No les importa en absoluto el candelero, que ya se sabe que es frágil, sino la luz que en él desean censurar. Pero Francisco en ese país hermano no se ha callado y ha dicho, a quien ha querido escucharle, las verdades claras del Evangelio a propios y extraños. No ha repartido estopa, que no era el tema ni es la manera cuando tiene ante sí el mapa de la humanidad entera en el rostro de los chilenos con sus luces y sombras, sus dudas y certezas, sus heridas y esperanzas, como padre de una cristiandad inmensa. Pero sí ha querido desgranar en Chile lo que, estoy seguro, va a hacer aquí en Perú en cuanto ponga pie en tierra dentro de unos instantes: que la Iglesia no es una élite de clérigos que usan baratamente el tiempo y las mañas de los laicos, sino que todos formamos parte de esa familia nueva que Jesús fundara, cada cual con su papel; que no hay derecho alguno que pueda esgrimirse destruyendo al que piensa distinto y, por eso, no se puede pedir reconocimiento cuando se está aniquilando al otro; y a los jóvenes ha querido decirles que quien se acerca a Jesús queda encendido: «Nunca pienses que no tienes nada que aportar o que no le haces falta a nadie. Ese pensamiento, como le gustaba decir a Hurtado, es el consejo del diablo que quiere hacerte sentir que no vales nada… pero para dejar las cosas como están».

Ya ha aterrizado el avión papal. Llega a Perú para hablar a su pueblo: el que el buen Dios le ha querido confiar como sucesor de Pedro. Bienvenido Santo Padre, bienvenido Panchito. Bendito el que viene en el nombre del Señor.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm. Arzobispo de Oviedo

18 enero 2018

Aterrizando en este Perú visitado por el Papa

Una gran ciudad bella y cosmopolita, inmensa en su extensión de 2700 km2 y con una inabarcable población de casi 9 millones de habitantes. Fue llamada Ciudad de los Reyes y era la capital del Virreinato de Perú, la más grande que la corona española tenía en estos lares. Se fundó un 18 de enero de 1535: estamos de cumpleaños. Lima representa una de las capitales de aquel mundo nuevo que se descubrió, se evangelizó, y se volcó en él con desigual fortuna y acierto lo que aquellos primeros descubridores fueron a llevar en una de las epopeyas históricas de la humanidad. Allí estuvieron presentes también los misioneros. No eran comerciantes, no formaron parte de la soldadesca, no representaban a ninguna corona de esta tierra. En aquel nuevo mundo ellos quisieron anunciar la Buena Nueva. Y se deslizó con respeto un aire de libertad, de luz y gracia, que fueron escuchando aquellos buenos indígenas reconociendo en el mensaje y en los mensajeros el Evangelio que correspondía con cuanto, a su modo, habían buscado y tentado de mil maneras. La paz, la concordia, el perdón, la entrega, la misericordia, la belleza, la bondad… no eran virtudes “cristianas” sin más, sino que representaban los anhelos de cualquier persona de bien que ha nacido para ellas. Y, cuando alguien te las señala como camino, como pedagogía y talante, como anuncio liberador, entonces te reconoces en ellas.

Queda la huella de este paso misionero cristiano por estas tierras. Los franciscanos, los dominicos, los jesuitas, entre otros, han sembrado esta semilla a través de sus palabras y sus obras que permanecen en la historia. Colegios, hospitales, comunidades y parroquias, han sido espacios en los que con la alegría del Evangelio dar voz a los que no tienen voz, y poner nombre a las ansias más verdaderas. Anoche llegaba, ya tarde, a Perú, y me sobrevenían estos pensamientos cuando al salir del aeropuerto me topé con tanta gente buena. También nuestra tierra, Asturias, tiene este marchamo viajero de tantos misioneros nuestros que hicieron los mares sin hacer las américas. Vinieron para otra cosa y eso permanece. La huella de estos hombres y mujeres que escribieron con su entrega una hermosa página de humanidad cristiana, es el trasfondo que la visita del Papa Francisco se encontrará mañana cuando llegue a esta tierra peruana.

Para mí es un regalo inmerecido poder representar a la Conferencia Episcopal Española en esta visita apostólica del Santo Padre. No será un viaje inicuo cuando hay tantas heridas en el corazón de las gentes, que están necesitando un bálsamo que ponga paz y una voz que acierte a proclamar la verdad en la caridad y la justicia. Como dice Francisco en su mensaje con motivo de este viaje: «quiero hacerme partícipe de vuestras alegrías, tristezas, dificultades y esperanzas, y deciros que no estáis solos, que el Papa está con vosotros, que la Iglesia entera os acoge y os mira. Con vosotros deseo experimentar la paz que viene de Dios; solo Él nos la puede dar. Es el regalo que Cristo nos hace a todos, el fundamento de nuestra convivencia y de la sociedad».

Seguiré día a día los pasos de este mensajero, sucesor de Pedro, en las tierras peruanas. Y de estas notas viajeras daré cuenta para compartir esta gracia en quien tenga a bien leerlas. Queda en el aire aquel viejo mandato evangélico: «Id al mundo entero y anunciad la Buena Noticia». Así les dijo Jesús a aquellos primeros discípulos. Veinte siglos después, seguimos en la misma guisa aunque esta tierra ya estuviera evangelizada. Por eso, con el afecto y la emoción de quien se une a este especial mensajero, voy a acompañar al Santo Padre llevando España y Asturias en el corazón, sabedor de la larga trayectoria misionera que nuestra Diócesis ha escrito en su historia. Que la Santina, cuya devoción también fue traída por tantos asturianos que emigraron a estas tierras, bendiga desde su Santa Cueva este viaje del Papa.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

17 enero 2018

 

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