«Más que emigrante, me siento extranjero»

Rodrigo Sáez Fernández cumple 40 años este 10 de enero y lleva tres años y dos meses en Addis Abeba (Etiopía) como cooperante de Cáritas Española, institución para la que trabaja desde 2011. Allí reside con su esposa y sus dos hijas: Nora, de 6 años, y Sandra, de 18 meses.

Tras culminar sus estudios de Teología en la Facultad de Burgos, cursó Trabajo Social en Valladolid y posteriormente el Máster de Cooperación Internacional. Antes de incorporarse a los Servicios Generales de Cáritas Española en Madrid, estuvo 2 años trabajando con Jóvenes y Desarrollo, ONG de los Salesianos en Angola, y fue ahí donde la pasión por trabajar en cooperación en África le llegó con más fuerza.

«Tanto mi mujer como yo (nos conocimos durante mi primer trabajo en Angola) somos unos amantes de este continente, que te llega a generar una atracción y dependencia difícil de explicar. Por lo que ante la oportunidad de volver a él, no nos lo pensamos mucho, pues teniendo familia, vivir en Addis Abeba era muy factible, dentro de las dificultades que tiene vivir en un país en desarrollo para unos occidentales que se han criado con todos los servicios y facilidades posibles. La idea de poder crecer personal y profesionalmente trabajando desde el terreno nos atraía mucho, así como el hecho de poder criar a nuestra hija (en aquel momento sólo teníamos a la mayor) en un contexto que a nosotros nos apasiona y que nos gustaría que conociera, no como visitante sino como habitante», explica.

¿Pero cómo se siente un europeo en un país africano? Rodrigo matiza que «te sientes, más que un emigrante, un extranjero, pues así te lo recuerdan alguna vez por la calle llamándote foreinger, que es como nos tienen denominados a todos los de piel clara. Pero sobre todo, quien te lo hace recordar más a menudo es el gobierno a la hora de concederte un permiso de trabajo y de residencia, trámite que me costó 15 meses, de continuas “peleas” burocráticas, entradas y salidas del país porque expiraban los permisos temporales. Y esta situación se repite anualmente para conseguir la renovación. Todo esto te genera un agotamiento y frustración que te hace ponerte en la piel de los millones de personas que forzadamente se ven obligados a salir de sus países. Que en mi caso fue voluntario y, como dice mi madre, “sarna con gusto no pica”, pero sí que pica. Y mucho».

Aunque asegura que, en cuanto a costumbres y cultura, Etiopía es un país muy rico, por supuesto que hay cosas que se echan de menos. «Los tópicos los tengo todos, echo de menos un supermercado donde pueda encontrar de todo a precios razonables, que no te falle el agua, la luz… oportunidades de ocio y tiempo libre a las que estaba acostumbrado y podía desarrollar mis hobbies… Pero una de las cosas que más echo en falta es poder caminar por la calle y pasar desapercibido, para eso Madrid está muy bien. Poder pasear con mis hijas sin tener que escuchar comentarios, que no quiero decir que sean agresivos, pero no te dejan tranquilo ni un momento, y poder ir a un parque tranquilamente, pues no los hay, lo cual te lleva a tener que ir a hoteles o restaurantes donde hay unos pequeños playgrounds y poder jugar en unos columpios y toboganes».

Su residencia en el país africano y, en concreto, su trabajo como cooperante, le facilitan ponerse en la situación de los miles de personas que se ven forzadas a emigrar. Etiopía es uno de los países africanos con mayor número de refugiados acogidos, casi un millón, venidos de Eritrea, Somalia y Sudán del Sur, pero a la vez muchos de sus ciudadanos emigran a países de la península arábica (Emiratos Árabes, principalmente) y los que pueden, a EEUU y Europa.

«Les mueve una desesperación brutal por mejorar sus condiciones de vida y las de sus familias. La falta de oportunidades aquí, un país con casi 100 millones de habitantes, de los cuales casi el 80% vive en un mundo rural basado en una economía agraria de subsistencia, el futuro no es muy optimista. Me imagino que por sus cabezas pasará que aunque les vaya mal o no tengan mucha suerte, no puede ser peor que en la situación que han dejado. Creo que también nunca pierden la esperanza de que aunque la nueva vida fuera de Etiopía, aunque el inicio sea muy duro, mejorará y será mucho mejor. Algunas personas etíopes con las que trabajamos nos comentan sus sueños de trabajar en Europa o en EEUU, son gente cualificada que está esperando la oportunidad (conseguir visados y poder comprar los billetes de avión) para dar el salto en busca de mejores oportunidades y condiciones de vida».

En pocos meses finaliza su contrato y él y su familia retornarán a España: «El cuerpo me pide un poco de descanso y bienestar», confiesa. Pero siempre con la idea en la cabeza de volver a África u otros países, «pues trabajar en cooperación desde el terreno es un privilegio que hay que disfrutar y dar el máximo».

(Sembrar – Archidiócesis de Burgos)

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