Semilla católica (VII)

Mons. Agustí Cortés             Podemos celebrar las fiestas de Epifanía y del Bautismo de Jesús tan unidas como corresponde a su sentido más profundo. Desde un pequeño y humilde punto del espacio y del tiempo surge una luz inmensa destinada a iluminar todo el universo y toda la historia. Jesucristo manifestado a todos los pueblos, razas, culturas, naciones y lenguas de todos los tiempos, como salvador único y universal.

Ya sabemos que esto choca, al menos, con dos grandes obstáculos. Uno, que resulta muy escandaloso para no pocas mentes, que no están dispuestos a aceptar ni siquiera la posibilidad de que exista un salvador único y universal. Pero sin duda este es realmente Jesucristo y como tal le contemplamos, creemos en Él y bendecimos a Dios Padre por ello. Fue sobre Él que se abrió el cielo y se escuchó la declaración de amor que llena de felicidad a quien la oye: “Tú eres mi hijo amado; en ti me complazco”. De Él se dijo también que, siendo niño recién nacido, vinieron a buscarle y adorarle sabios de pueblos lejanos y extranjeros…

Y es que en el fondo estamos más dispuestos a aceptar que cada uno tenga su luz, con su forma y brillo particular, que el hecho de que haya una misma luz para todos, que, una vez recibida (creída y vivida) adopte formas e intensidades diferentes. Nos da miedo anunciar a Jesucristo a cualquiera, porque pensamos que no hace falta, pues él ya tiene su luz y basta con eso. Sin embargo, cada vez que miramos a Jesucristo, sentimos dentro ese recuerdo: “También soy luz para ese y el otro y el de más allá, aunque a tus ojos sean tan distintos. No te retraigas de ofrecerle mi luz, a fin de que también brille”

El otro obstáculo es la estrechez de nuestro amor. Amamos en primer lugar lo propio. En todo caso, respetaremos lo distinto. El cardenal Dionigi Tettamanzi, en su Introducción a la obra de Giselda Adornato, titulada Pablo VI, el coraje de la modernidad, subrayaba una frase de San Agustín, muy querida al cardenal Montini en su predicación como arzobispo de Milán. Tanto, que la repitió ante una multitud de paisanos brescianos y milaneses, ocho días después de haber sido elegido papa. Proclamó con fuerza: “Dilatentur spatia caritatis”, es decir, “que se ensanchen los límites del amor”. Este detalle es muy significativo, pues se puede adivinar que en el corazón del nuevo papa se unían el amor a la patria, suscitado por la presencia de sus paisanos, y el amor pastoral al que se sentía entregado sin reservas: el amor a la propia tierra, al propio país, cuando se deja atravesar por la caridad del Espíritu –como es el caso de cualquier cristiano y mucho más tratándose de un pastor de la Iglesia– queda trasformado, dilatado, hasta salvar cualquier frontera. El amor católico, universal, se respira con un corazón y unos pulmones dilatados, es decir, libres de estrecheces y angosturas.

Recibir la luz de Cristo, tenerla consigo, llevarla y ofrecerla a todos sin distinción es un grandísimo reto. Si este último paso, el ofrecimiento universal, no se da, se puede dudar de que realmente se haya recibido la luz de Cristo; quizá se tenga otra distinta, posiblemente solo la propia luz, la idea particular, la que responde a la ideología, la cultura, el sentimiento propio.

Porque la luz de Jesucristo es de por sí irresistiblemente expansiva, como el mismo amor del Espíritu, del que es portadora.

Recordamos siempre que la Palabra de Jesús y Él mismo se identificó frecuentemente como semilla. Enterrada y germinada toma mil formas diversas, según la tierra. Pero siempre será Él, que vive en cada uno que le abrió su corazón para ser llevado y anunciado en cualquier rincón de la tierra.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.