Si quieres la paz, trabaja por los migrantes y refugiados

Card. Antonio Cañizares           En plenas Navidades todavía, un año más, nos encontramos ante la Jornada Mundial de la Paz que se celebra el 1 de enero; antes hemos celebrado la Navidad que es cuando nace y amanece la paz: Jesucristo. Todos los años, desde hace ya 51, los Papas nos dirigen a todo el mundo un “Mensaje de Paz y por la Paz”, un anuncio de paz, por donde se puede edificar la paz, y una llamada a construir la paz, que tantísimo necesitamos. Este año el Papa Francisco también lo ha hecho bajo el lema “Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz”. No voy a presentar este gran Mensaje del Papa, porque ni lo necesita ni, pobre de mí, me atrevo a eso; sólo os invito a leerlo y meditarlo, pues es para todos; sí que puedo decir que en él el Papa habla desde las cuatro palabras en que se encierra la edificación de la paz: la verdad, la caridad, la justicia y la libertad. Desde ahí uno se siente interpelado, iluminado y animado a edificar la paz y a poner en práctica y anunciar cuanto nos dice qué hemos de hacer y decir ante los migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz. Con ellos y por ellos hemos de buscar la paz que anhelan y que juntos hemos de construir.

En la situación de migrantes y refugiados, la Iglesia desea dar testimonio de su esperanza, fundada en la convicción de que el mal no tiene la última palabra en los avatares humanos. No lo tiene, en efecto, añadimos, a partir de la encarnación y nacimiento de Jesucristo, a partir de su muerte en la cruz y de su resurrección: ahí está la victoria del amor sobre el odio, de la verdad sobre la mentira, de la paz sobre la injusticia, del servicio sobre la prepotencia, de la vida sobre la muerte, del bien sobre el mal, de Dios, en definitiva, sobre todo lo que amenaza la vida del hombre y su dignidad. La Iglesia, a través del Mensaje de paz del Papa Francisco de este año, expresa la convicción que donde y cuando el hombre se deja iluminar por el esplendor de la verdad, emprende casi naturalmente el camino hacia la paz. Y por lo mismo, afirma la Iglesia en el Concilio Vaticano II, que la humanidad no conseguirá construir “un mundo más humano para todos los hombres, en todos los lugares de la tierra, a no ser que todos, con espíritu renovado, se conviertan a la verdad de la paz” (GS 77). No olvidemos nunca que en cuanto resultado de un orden diseñado y querido por el amor de Dios, la paz tiene su verdad intrínseca e inapelable, y corresponde a un anhelo y a una esperanza que nosotros tenemos de manera imborrable.

La paz es, sin duda, un don celestial y una gracia divina, que exige a todos los niveles el ejercicio de una responsabilidad mayor: la de conformar –en la verdad, en la justicia, en la libertad y en el amor– la historia humana con el orden divino. Cuando falta la adhesión al orden trascendente de la realidad; cuando se obstaculiza o impide el desarrollo integral de la persona y la tutela de sus derechos fundamentales; cuando muchos pueblos se ven obligados a sufrir injusticias y desigualdades intolerables, ¿cómo se puede esperar la consecución del bien y de la paz?
La paz es posible si trabajamos por ella, si respetamos y asumimos la verdad. La Verdad es Cristo, la persona de Cristo. Su venida es anunciada como “Príncipe de la paz”. Él es nuestra esperanza. La esperanza de la Iglesia, basada en Cristo, verdad de Dios y del hombre, está puesta en la paz, que brota de Él. La esperanza que sostiene la Iglesia es que el mundo, donde el poder del mal parece predominar todavía, se transforme realmente con la gracia de Dios en un mundo en el que puedan colmarse las aspiraciones más nobles del corazón humano; un mundo en el que prevalezca la verdadera paz, cuyos pilares son la verdad, la justicia, la libertad, el amor y esa forma particular del amor que es el perdón, que se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado, sino que tiende a la plenitud de la justicia.

Esta gozosa esperanza de paz, con que la Iglesia mira el futuro y el destino de la Humanidad, arranca justamente y se centra en Jesucristo, quien para nosotros es Dios hecho hombre y forma parte por ello de la historia de la humanidad. Tal es, precisamente, la razón de que la esperanza cristiana ante el mundo y su futuro se extienda a cada ser humano: a cada migrante, a cada refugiado. Puesto a la cabeza de la humanidad, no se avergonzó de llamar “hermanos” a los hombres. A causa de la radiante humanidad de Cristo, nada hay genuinamente humano que no afecte a los corazones de los cristianos: nos afecta de manera especial el drama de los emigrantes y refugiados. “El amor a Cristo no nos distrae de interesarnos por los demás, sino que nos invita a responsabilizarnos de ellos, a no excluir a nadie” (San Juan Pablo II, en las Naciones Unidas), a ser acogedores de todos, a ser universalistas, a propiciar un techo común y una casa para todos.
En Jesucristo se ha hecho presente el Emanuel, se nos ha revelado y dado a conocer, se nos ha entregado, la Verdad de Dios e, inseparablemente de ella, la verdad del hombre, donde está la paz. El reconocimiento de la plena verdad de Dios es una condición previa e indispensable para la consolidación de la verdad de la paz. Dios es Amor que salva, fuente inagotable de la esperanza que da sentido a la vida personal y colectiva. Dios, sólo Dios, hace eficaz cada obra de bien y de paz. La historia ha demostrado con creces que olvidar a Dios nos incapacita para la paz, nos incapacita para encontrar soluciones y respuestas de futuro para migrantes y refugiados, hombres y mujeres que buscan la paz. Bien podríamos decir: “Si quieres la paz, trabaja por la justicia con los migrantes y refugiados, colabora con ellos y en favor de ellos”.

Leamos con verdadero sentido de fe en Dios este Mensaje del Papa Francisco, para hacer la voluntad de Dios que quiere la paz, y que venga y se establezca la paz en medio de los hombres. Que la que es Reina de la Paz, Santa María, nos proteja, nos conduzca y nos ayude a construir la paz.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
Acerca de Card. Antonio Canizares 211 Articles
Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014